Skip to main content
Internet Archive's 25th Anniversary Logo

Full text of "Romulo Rossi 1922 Recuerdos Y Cronicas De Antano. Vol 3"

See other formats


I 


ROM U LO F. ROSSI 



lustración da H. Frangolla 


RECUERDOS 

CRONICAS DE ANTAÑO 

UBLICADOS 

k Plaña Hi Pefím Hnos.— Imp 


\ 







R O M U L O F- R O S S I 


RECUERDOS 

Y 

CRONICAS 

DE 

A N T A N O 


PUBLICADO BN 
"LA JMAflANA” 


lln«. Imf 

M'»M ÜVIM «» 


OBRAS DEL MISMO AUTOR 

RECUERDOS Y CRÓNICAS DE ANTAÑO Tomo I 

EPISODIOS HISTÓRICOS (Cruzada Libertadora — Bombardeo y Toma 

de Paysandú) Un Tomo 

RECUERDOS Y CRÓNICAS DE ANTAÑO Tomo II 

DE LOS TIEMPOS HEROICOS Publicado en «La Mañana» 

EPISODIOS TROYANOS— (En los días de la Guerra Grande) 


Publicado en folletín en «El Diario» 



íOMULO F. ROS SÍ:"', 




¡AURA SI, ALCANCE NMEN UNA DIVISA! 


Varias han sido las personas que, 
al leer lo que escribiéramos en el 
penúltimo número bajo el epígrafe 
de “Los pardos no tienen palabra 
de honor”, nos pidieran que re- 
firiésemos la segunda etapa del 
viaje de regreso a la capital, rea- 
lizado por el coronel don Bernabé 
Rivera y su pequeña escolta, tra- 
yendo prisionero al pardo Luna. 

Defiriendo a tal exhortación, tra- 
taremos a renglón seguido, de ha- 
cer partícipes a los lectores, del 
fruto de nuestras investigaciones. 


Los viajeros, hicieron 'noche al 
abrigo de I 09 montes del Santa Lu- 
cía Chico; y mucho antes de que 
las barras del nuevo día mostraran 
sus trazos sobre el firmamento, la 
columna precedida por Rivera, el 
viejo teniente y el pardo Luna, que 
marchaba ahora libre de toda tra- 
ba, había dejado ya a su espalda, 
un tendal de leguas. 

— Con la fresca dá gusto viajar, 
mi coronel. ¿No encuentra? 

— Así es, Luna; — pero hay ve- 
ces que las necesidades nos impo- 
nen Ja obligación de tener que 
marchar, como ayer, bajo los ardo- 
res de un sol rajante. . . 

— Mesmo, — asintió el teniente. 

— Pero hoy, prosiguió diciendo Ri- 
vera, el viaje lo haremos en forma 
más descansada. El Santa Lucía 
Grande, nos ofrece un buen lugar 
para almorzar y hacer una siestita. 
Y de allí a Montevideo, nos queda 
un paso. Esta misma noche podre- 
mos hablar con Fructuoso. 

— Estoy deseoso de estar .frente 
a don Frutos, pa saber que es lo 
que me acomulan . . . 

No vamos a relatar aquí la con- 
versación que sostuvieron en tal 
ocasión el general Rivera y el par- 
do Luna, por cuanto la amenaza 
del estallido de la revolución habla 


desaparecido, dado que, el Presi- 
dente, al tanto de los trabajos, hi- 
zo que aquella se aplazara para 
mejor oportunidad; pero si debe- 
mos decir que aunque Luna -no ne- 
gó sus. simpatías por Lavalleja, dió 
su “palabra de honor” de que él 
era ajeno al movimiento subversi- 
vo que se había tramado. 

— Y a tí hay que creerte, añadió 
Rivera riendo, a la vez que se res- 
tregaba nerviosamente uua contra 
otra las palmas de las manos, — se- 
ñal inequívoca de que estaba con- 
tento, — cuando empeñas tu pala- 
bra de honor. 

Ahora solo falta que me prome- 
tas que no has de salir de Monte- 
video sin que yo lo sepa. Y mien- 
tras estés aquí, nada te habrá de 
faltar. 

— Acetao, Presidente. 


Cuatro o cinco meseg después de 
los sucesos que dejamos esbozados, 
el 15 de Junio de 1832, caía para 
siempre en los campos regados por 
el Cuareim, en Yacaré Cururú (pa- 
labra indígena que quiere decir; 
cocodrilo sapo), víctima de la saña 
de los últimos charrúas y de su im- 
petuoso arrojo, el coronel Rivera. 
Y un mes más tarde, o sea en Ju- 
lio estallaba la revolución que tan 
bién había olfateado la perspicacia 
del primer magistrado. Luna, fiel 
a su palabra, permaneció desde ese 
día al lado del Presidente, que le 
llevó a campaña, sin que aquél, ci- 
ñera sobre su sombrero, la divisa 
de los servidores del gobierno, — 
por cuanto como él mismo se lo 
dijera al general, era partidario de 
Lavalleja. 

Y aquí viene la anécdota: 

A raíz del .pronunciamiento del 
general Garzón, cayó en manos de 
las fuerzas revolucionarias un ofi- 
cial riverista, que don Frutos tenía 
especial interés en rescatar; — y 



— fí- 


ele acuerdo con tale^ anheles, hizo 
proponer a los contrarios, un can- 
je de prisioneros dando en cambio 
a Luna, que había prestado su asen- 
timiento para ello. 

El emisario encargado de hacer 
la proposición al jefe revoluciona- 
rio volvió al campamento guber- 
nista, con la noticia de que aquél 
no aceptaba el canje. 

Y fué entonces que el pardo Lu- 


na a quien Rivera -dispensaba el 
trato que daba a sus oficiales y 
que se encontraba presente cuando 
se trajo la noticia de su rechazo, 
exclamó indignado: 

— ¡Aura si, alcancenmen una di- 
visa! 

Y desde ese día, otro Luna, au- 
mentó el número de los oficiales 
del conquistador de las Misiones. 


CEMENTERIOS, VELORIOS Y LUTOS 

LOS PRIMITIVOS CAMPOS SANTOS Y CEMENTERIOS. — HISTO- 
RIA DE LOS MISMOS. — REGLAMENTACION DE LUTOS. — 
VELORIOS Y ENTIERROS DE “NOTA”. — SE ALQUILA 
UN ATAUD. — LA CAMILLA DE SAN FRANCISCO. — 

LA HISTORIA DEL CENTRAL. — EL BRITANI- 
CO. — LA LUZ .MALA. — EPITAFIOS 


Par Real Cédula 

Por Real ‘Cédula de Octubre de 
1752, se ordenó que en los entie- 
rros de adultos, el féretro estuvie- 
ra “forrado exteriormente de bayeta, 
paño, ú holandilla negra, con cla- 
vos pavonados y gal ó.n negro, tam- 
bién”; — y que, en cuanto a los 
cajones para párvulos o “angelitos'* 
se forraran de tafetán -doble” y del 
color que más agradara a los deu- 
dos... o al cajonero fúnebre. 

En lo que se refiere al “velorio”, 
sólo podían colocarse en el túmulo, 
doce hachas o cirios. Y en las tum- 
bas, donde se solían colocar velas 
en la noche del entierro o en los 
aniversarios de la muerte, se con- 
sentían hasta cuatro velas encen- 
didas. 

Cuando la dominación portuguesa.... 

La dominación portuguesa modi- 
ficó las ordenanzas áobre los velo- 
rios y entierros, pues desde esa 
época se consintió que los ataúdes 
se forraran con géneros -de mejor 
calidad, como así también que el 
claveteado de aquellos se hiciera 


con tachuelas amarillas y que el 
galón fuera plateado o dorado. 

Por entonces, el velorio que más 
impresionó a la población, por lo 
rumbo-so, fué el de la señora del 
general Maggé, que se velo en el 
“Fuerte**, enlutándose totalmente 
el piso, paredes y techo de la capi- 
lla ardiente. 

El entierro, como podrá imagi- 
narlo el lector, guardó relación 
con el velorio, puesto que con gran 
pompa, el cadáver de la señora Ma- 
ggé fué trasladado hasta la Matriz, 
— siendo inhumado junto al altar d e 
Santa Catalina; y dos años después 
se exlhumaron sus restos con el 
fin ^e trasladarlos a Portugal. 

El entierro de doña Dolores Ori- 
be, qúe había casado con el briga- 
■ o- Cálhao; — como asi también 
el del brigadier Márquez realizados 
en 1824, revistieron igualmente 
proporciones de verdaderos aconte- 
cimientos. 

Y a poco de regir el gobierno 
patrio, otro deceso que dejó recuer- 
do imborrable en todos los habitan- 
tes de Montevideo, fué el del señor 
Bustamante, cuya casa de la calle 



7 — 


San Joaquín, se enlutó extraordina- 
riamente, regalándose después a lo s 
pobres el género empleado en esta 
operación y que por cierto sumaba 
un buen número de metros. 

Mortajas y entierros 
Como ya lo hemos dicho en el 
tomo 1 de "Recuerdos y Crónicas 
de Antaño", ,fué costumbre hasta 
1840, amortajar los cadáveres de l a 
gente pudiente, con hábitos d¡e los 
frailes del Convento de San Fran- 
cisco, — hábitos que mayor precio 
tenían cuanto más viejos eran. 

Antes de procederse a la inhu- 
mación de un cuerpo, éste er a lle- 
vado hasta el interior del templo, 
(Matriz o San Francisco) en donde 
se decía la “misa de cuerpo presen- 
te”, ceremonia que se realizaba de 
noche, — generalmente, — con una 
procesión en la que los asistentes 
portaban faroles y cirios encendi- 
dos. 

Cumplido el piadoso deber del 
entierro, que exigía una erogación 
por derechos de sepultura, de “cua- 
tro reales”, los deudos eran acom- 
pañados hasta sus casas, de donde 
despedían a los acompañantes des- 
pués de haberlos obsequiado con un 
pocilio de chococlate y biscochuelos. 

¡Cuánto enterratorio! 

Entre los cementerios o “campo 
santos” que h a tenido Montevideo 
en épocas lejanas figuran los de la 
“Matriz Vieja” y el del primitivo 
“Convento de San Francisco”, ubi- 
cados ambos en las manzanas que 
forman las calles Ituzaingó, Rincón, 
25 de Mayo y Treinta y Tres; — el 
de la “Matriz Nueva”, calles Saran- 
dí e Ituzaingó, el de “San Francis- 
co", en su segunda etapa, Zabala y 
Piedras; — el del Hospital de Cari* 
dad, el del Fuerte; el del Reducto; 
el de Andes entre Durazno e Isla de 
Flores; el del “Peñarol Viejo”, 
fundado allá por 1790 ein campos 
conocidos por de Piedra Cueva que 
contaba con un oratorio y algunos 
nichos que, aunque maltrechos se 
conservaron hasta no hace muchos 
años; — el de la Unión, que con el 
correr del tiempo habría de quedar 
anexado al del Buceo, fundado por 
Oribe cuando la Guerra Grande; y el 
Británico, en 18 de Julio, Ejido, 


SantiagiQ de Ohi'le y Soriaro, conoci- 
do comúnmente por Cementerio In- 
glés.. 

En lo que se refiere al Cemente- 
rio del “Peñarol Viejo”, debemos 
agregar que en 1888 la Junta E. 
Administrativa dispuso que se jun 
taran todos los restos, para que se 
depositaran en un osario común, 
operación que se realizó en 1913, 
bajo el contralor del actual Direc- 
tor de Cementerios señor Alfredo 
D. Rodríguez, distinguido funciona- 
rio que no a ha proporcionado un 
buen caudal de datos para e-:ta cró- 
nica. 

En la remoción de tales restos 
se encontraron botones de casaqui- 
llas militares y retazos de géne- 
ros de colores vivos que sirvieron 
de franjas a pantalones, detalles 
que, al decir de vecinos, probaban 
que esos muertos corre ipondían a 
algunos oficiales y soldados espa- 
ñoles que sucumbieron en la Bata- 
lla de Las Piedras y que fueron 
inhumados durante la retirada, en 
dicho enterratorio; o bien, a algu- 
nos oficiales de Artigas, que poco 
tiempo después tuvo también allí 
su campamento. En camb’o, otros 
afirmaban que esos restos huma- 
nos correspondían a oficiales y sol- 
dados de las fuerzas sitiadoras de 
Oribe, cuando la Guerra Grande, ya 
que hasta por allí dominaban ©us 
huestes. 

San Francisco, “El Fuert®’ y “Juan 
Soldado” 

Los franciscanos habían habilita- 
do una parte del corralón para se- 
pultar a sus compañeros de comu- 
nidad y a los menesterosos; como 
asimismo el interior de la iglesia, 
el corredor del Norte y el atrio, 
para 1^. gente de posición 

Los militares eran inhumados 
dentro del Fuerte, (lo que es hoy 
Plaza Zabala) ; y los que fallecían 
en el Hospital de Caridad, no exi- 
gían tampoco mayores molestias 
para encontrarles el descanso eter- 
no .puesto que sus restos hallaban 
féaál ••omodo en un terreno batidlo 
contiguo, que había cedido a tales 
efectos, don Juan Fernández, co- 
nocido también por “Juan Sol- 
dado”. 

Conviene decir igualmente, que 



8 


dentro del reducido revinto de la 
Matriz Vieja, cuyas características 
referimos en el primer tomo de 
“Recuerdos y Crónicas de Antaño”, 
se siguió sepultando a personas cíe 
distinción social, hasta i 7 Di, en 
cuya fecha el cura de nicho tem- 
plo, muy atinadamente, hizo cons- 
truir un “campo santo” contiguo y 
hacia el Sud, resgua’ : iio por un 
cerco de piedra, no permitiendo 
“más enterratorios dentro de la 
Iglesia”, lo que dió lugar a que se 
conducta fuera injustamente cen- 
surada por los feligreses. 

Lia invasión inglesa 

Nunca se imaginaron nuestros 
mayores que pudieran ve.- tantos 
muertos juntos,, como cuando acae- 
ció el asalto y toma de Montevideo 
por los ingleses. 

En tal ocasión, hubo la necesi- 
dad de utilizarse todo el corralón 
de San Francisco; y dado que el 
tiempo apremiaba y como quienes 
mandaban eran los br tánicos, se 
abrían fosas con capacidad para dos 
personas, siendo alg_nas de aque- 
llas ocupadas por un protestante y 
un católico, con no pocos santigua- 
dos de las beatas, que vieron en 
ello una herejía y una profana- 
ción de parte de los invaso' es 

El “Campe santo” de extramuros 

El aumento de la población tia- 
jo como consecuencia lógi-a ei au- 
mento de la mortalidad; y por ello, 
un buen día del mes de Diciembre 
de 1807, el Cabildo dispuso muy 
cuerdamente: que en consideración 
a la corta extensión de los terre- 
nos en donde se enterraban ios ca- 
dáveres dentro de la ciudad, se 
construyera un “campo santo” en 
extramuros, librándose rara el 
efecto mil pesos, con calidad de re- 
integro por el ramo de fábrica de 
la Iglesia.” 

Y así fué cómo surgió en 1808 
un cementerio en lo que es hoy ca- 
lle Andes entre Durazno e Isla d~; 
Flores, y antes “extramur .«?” con 
frente al Sud y “sobre la cósta dei 
mar”, en terreno que había sido 
propiedad de. un señor apellidado 
Aguiar y cuya área, a ojos de Luen 
cubero, podríamo s decir que era 


de media cuadra de frente por una 
de fondo. 

En la reglamentación de ese ce 
menterio se establecía que las fosas 
■debían tener siete cuartas de largo 
por cuatro de ancho y otras cuatro 
de profundidad. Y de ésto es, pre- 
cisamente, que nació el refrán que 
tanto empleaban nuestros mayores, 
cuando decían que siete cuartas de 
tierra a nadie faltaban. 

Don Pablo A. Dugrós, nos ha 
afirmado que en 1850 vió allí 
a raíz de un gran aguacero, restos 
humanos que quedaban al descu- 
bierto con el arrastre de las aguas. 

Este Cementerio contó con un 
sepulturero presupuestado que an- 
tes denominaban “camposante -o”, 
cuya asignación mensual era de 8 
pesos. 

Sepulcros y epitafios 

Los sepulcros que más llamaron 
la atención en la necrópol's que 
nos ocupa, fueron los de doña Bár- 
bara Menéndez de Barreiro y el de 
don Antonio Gurméndez; y la gen- 
te antigua, muy aficionada a los 
epitafios rimbombantes, habrá en- 
contrado sin duda muy puesto en 
razón, el que llevaba el primero v 
que decía así: “Aquí yacen los res- 
tos de la reina madre doña Bárbara 
Menéndez de Barreiro”. 

Podrá imaginarse el lector el mar- 
tirio que constituiría para los que 
.concurrían a los entierros en el nue- 
vo “campo santo”, la entonces lar- 
ga “pateada” que tenían que dar pa- 
ra llegar a Andes y Durazno, des- 
pués de tener que cruzar, luego de 
franquear el portón de la Cindade- 
la, numerosos zanjones y de andar a 
campo traviesa por el despoblado cu- 
bierto de molestos abrojales, ortigas 
y altos cicutales; y muchas veces, en 
invierno, chapuceando barro, ya que 
por entonces los vehículos eran es- 
casísimos. Los ataúdes Se transpor- 
taban sobre los hombros, y no habrá 
sido difícil que en más de una oca- 
sión hayan llegado hasta su último 
destino sobre una modesta rastra de 
madera o de cuero. 

Alquiler de ataúdes 

Antiguamente, a un pobre diablo 
que no tuvo en vida “en que caerse 
muerto”, se le llevaba a la fosa sobre 
una camilla del convento francisca- 



no en “cuerpo gentil”, vale decir, 
sin ataúd; y como siempre ha habi- 
do gente que le gustara “figurarla”, 
aunque fuera a medias nada más, 
también por entonces habían deudos 
que alquilaban por un peso un fé- 
retro en el Hospital, para el trans- 
porte del difunto hasta el cemente- 
rio, en donde se le inhumaba sin el 
cajón, el que volvía al Hospital has- 
ta qué se presentaba otro cliente que 
reuniera idénticas condiciones. 

El “campo santo” que nos ocupa, 
y que pasó a la posteridad con .la 
denominación de “Cementerio Vie- 
jo”, prestó sus importantes servicios 
durante veintisiete años, hasta que 
en 183'5 se inauguró el “Cementerio 
Nuevo”, hoy conocido por “Central”, 
al lado de los Mataderos o Corrales 
de Abasto que proveían de carne a 
la ciudad 


Cementerio Central 

El 10 de Octubre de 1835, el en- 
tonces Presidente de la República, 
G-eneral don Manuel Oribe, dictó un 
largo decreto, cuyo introito decía 
así: “Montevideo, Octubre 10 de 

1835. Instalado de nuevo el cemen- 
terio de esta capital y siendo nece- 
sario un reglamento que metodice 
su servicio, conservación y cuidado, 
el Gobierno ¡ha acordado y decreta 
se observen provisoriamente los ar- 
tículos siguientes:” (Siguen más de 
treinta artículos). 

Entre otras cosas, se establecía 
qu e al Jefe P. y de Policía incumbía 
intervenir en todo lo relativo a ce- 
menterios, disposición que rigió has- 
ta Junio de 1858, en que tales co- 
metidos pasaron a depender de la 
Junta Eco. Administrativa, o sea de 
la autoridad municipal . 

Que la Jefatura de Policía queda- 
ba facultada para construir nichos, 
con el fin de enajenarlos después 
por la suma de cuarenta pesos. 

Qu<» se percibiera por concepto de 
derechos de sepultura la suma de dos 
pesos, haciéndose, naturalmente, sus 
excepciones para los pobres, clase 
militar, etc., etc. 

Que se prohibía desde esa fecha el 
enterramiento en iglesias y campo- 
santos. 

Y finalmente: Que se construye- 
ran tres carros fúnebres, de 1.a, 
2.a y 3.a categoría, para la con- 
ducción ds los cadáveres, estable- 
ciéndose para los de primera la su- 


ma de $ 16.00. Los pobres, cuando 
no lo eran de solemnidad, sólo abo- 
naban $ 4.00. 

El primer nicho fue adquirido por 
el general Oribe, mediante la suma 
estipulada por el decreto que comen- 
tamos, y el primer cadáver que fué 
a nicho correspondió a doña Josefa 
Oribe de Contucci. 

El Cementerio Inglés 

La necrópolis conocida por “Ce- 
menterio, Inglés”, y cuya verdadera 
denominación era la de “Cementerio 
Británico”, y que ocupaba el área 
comprendida entre las calles 18 de 
Julio, Santiago de 'Chile, Eljíido y So- 
riano, data de 1837. 

El terreno fué vendido al ministro 
británico, “representante de los re- 
sidentes ingleses”, por el señor Juan 
Hall, el 14 de Abril de 1828. 

Y se ex&lica la actitud de los in- 
gleses porque, como ya lo hemos di- 
cho en el transcurso de esta cróni- 
ca, los “camposantos” eran de perte- 
nencia de los católicos, que se re- 
s stían a brindar la “última hospita- 
lidad” dentro de sus enterratorios a 
los protestantes, a quienes conside- 
raban como herejes. 

Este cementerio subsistió dentro 
de la ciudad hasta Ii8'.87, y todos los 
que en aquella época tenían ya dis- 
cernimiento, habrán de recordar que 
sobre sus cuatro frentes estaba cer- 
cado de verjas; que en el interior 
habían jardines y árboles, y que tres 
o cuatro avestruces, en los últimos 
años, recorrían también el amplio 
perímetro del cercado. 

Durante el gobierno del general 
Santos y previo acuerdo con el go- 
bierno británico, el Parlamento Na- 
cional, por ley del l.o de Octubre de 
1884, autorizaba la expropiación de 
esta necrópolis, con el fin de que en 
ese mismo terreno se levantaran edi- 
ficios para los poderes públicos, co- 
sa que todavía está por verse; y en 
ese mismo día se dictaba otra ley 
por la cual so expropiaba en el Bu- 
ceo el terreno en el cual se levanta 
hoy el Cementerio Británico. Y en 
cumplimiento de las expresadas leyes 
se iniciaron el 13 de Octubre de 
1887 las exhumaciones en grande 
escala, correspondiendo la primera 
de aquéllas a los restos de doña Ro- 
sa Monteux. de nacionalidad france- 
sa, y las últimas, según acta, a “los 
restos de un adulto cuva sepultura 
estaba cubierta por una “piedra 



— 10 


sin nombre” y lleva en la urna para 
la traslación de “piedra sin nombre”. 

“Así mismo, — prosigue dicien- 
do el acta final que hemos tenido 
a la vista, — se han exhumado los 
restos, de tres personas cuyas tum- 
bas no contenían datos de ninguna 
especie.” 

Los c^cláver^s en las iglesias 
La costumbre de llevar les cadá- 
veres a las iglesias para oficiarles 
la “misa cuerpo presento”, subsis- 
tió hasta el 18 ‘de Abril de ^1861, 
en cuya fecha el entonces presiden- 
te don Bernardo P. Berro y su mi- 
nistro doctor don Eduardo Acevedo, 
argumentando que porque tal hábi- 
to era contrario a la higiene, se 
prohibía esa norma de conducta, 
estableciéndose que los cadáveres 
debían ser llevados directamente de 
la casa mortuoria al cementerio 

Otras prácticas suprimidas 
Hasta hace unos treinta añus 


aproximadamente, era costumbre 
también que la conducción de los 
ataúdes se hiciera a pulso hasta el 
cementerio, y que, en muchos ca- 
sos, cuando se trataba do párvulos 
o de señoritas el cajón fuera com- 
pletamente d es t ap ad o . 

El que estas líneas escribe, re- 
cuerda haber visto en el cortejo de 
una señorita, que el encargado de 
llevar la blanca tapa del ataúd, du- 
rante todo el recorrido que se hizo 
a ipiie, fuera el novio o* festejante de 
la infortunada joven. 

Otro detalle ingrato, doloroso y 
antihigiénico, que también se ha su- 
primido, es. el que se refería a las 
despedidas que daban ‘los deudos al 
cadáver en el cementerio, con besos 
y abrazos antes de que ol sepultu- 
rero, con una lata conteniendo un 
par de kilos de cal viva, la volcara 
sobre el pecho del difunto. 


DEL NAUFRAGIO DEL «AMERICA» 


COMO SE IDENTIFICARON 

28 CADAVERES 

N 0 entraremos a relatar aquí, ¡jOT 
ser demasiado conocidos, los deta- 
lles del terrible siniestro marítimo 
ocurrido en las aguas del Río de la 
Plata en la noche del 24 al 25 de 
Diciembre de 1870, en que después 
de un incendio estallado a bordo, 
naufragó, próximo a la costa uru- 
guaya, el vapor de la carrera “Amé- 
rica”, que con numeroso pasaje ae 
Buenos Aires, se dirigía al puerto de 
Montevideo. 

Pasemos por alto pues, los deta- 
lles del siniestro, tantas veces (publi- 
cados por la prensa de ambas capi- 
tales del Plata, para referir sola- 
mente los datos que ae refieren a 
la identificación de veinte y ocho 
cadáveres que se trajeron al puerto 
de Montevideo, en la nocihe del 27 
del mi?mo mee y que por estar eu 
completo estado de descomposiciór, 
no era posible reconocerlos, por as 
rasgos fisonómicos o vestimentas. 


Un documento oficial de la épo- 
ca establece lo siguiente: 

“Del cadáver del cajón N.o 1, s' 
sacó un reloj pulsera de oro con 
brillantes, una cadena de oro ou 
broche, un par de cuentas negras y 
una carabana. 

Del id. id. N.o 2, se sacó un r^loj 
de or 0 con cadena de lo mismo, un 
lente, un botón de puño y dos 'la- 
ves. 

Del id. id. N.o 3, se sacó un re- 
loj con cadena y broche,, todo de 
oro. un anillo con tree brillantes, 
uno idem con una esmeralda y dos 
brillantes, un 0 idem de oro, una 
carabana de oro coa amatistas y 
perlas, un arco de la otna carabana. 

Del idem idem número 4 se sacó 
una pistola de doe tiroe, un pañuelo 
con marcas J . V . , un portamonedas 
conteniendo veinte piew o de oro, 
seis idem de plata y tres de cobre y 
una cartera con vario* papóles. 

Del idem idem número 5 se sacó 
dos aros con piedras y un anillo de 
oro . 



— 11 — 


Del idem ídem núm. 6 se sacó un 
botincito y un collar de cuentas ne- 
gras. , 

Del idem ídem num. 7, se saco 
un anillo de oro, se observó ser el 
cadáver de un hombre. 

Del idem idgm núm. 8, s^. sacó un 
reloj plata dorada, un medallón de 
ídem y un par botones de puño de 
monedas norteamericanas . 

Del idem idem núm. 9, se sacó 
una carabana y el aro de la otra. 

Del idem idem núm. 10, nada 
pudo sacársele : se reconoció ser 
mujer. 

Del idem idem núm. 11, idem 
idem idem: se reconoció ser hombre. 

Del idem idem núm. 12, ídem 
idem idem: se reconoció ser mujer. 

Del idem idem núm. 13, se sacó 
un gorro de crochet. 

Del idem idem núm. 14, se 3acó 
dos anillos y pedazo de vestido y se 
le cortó un poco el pelo. 

Del idem idem núm. 15, se sacó 
un anillo: se reconoció ser hombre. 

Del idem idem núm. 16, se le sacó 
un reloj con cadena y un oordoncito 
negro: se reconoció ser hombre. 

Del idem idem núm. 17, se sacó 
un anillo con brillante, uno idem de 
oro que l e faltaba la piedra y otro 
de oro: se reconoció ser mujer. 

Del idem idem núm. 18, nada pu- 
do sacársele: se reconoció ser mujer. 

Del idem idem núm. 19, se sacó 
un anillo paraguayo de oro. 

Del idem idem núm. 20. se sacó 
un par de aros de coral, un anillo de 
mostacilla: se reconoció ser mujer. 

Del idem idem núm. 21, nada pu- 
do sacársele: ee reconoció ser hom- 
bre. 

Del idem idem núm. 22, se sacó 
un botón de azabache para puño. 

Del idem idem núm. 23, nada pu- 
do sacársele: se reconoció ser hom- 
bre. 

Del idem idem núm. 24. se sacó 
un par botones de puño de monedi- 
tas chilenas, dos botoncitos de pe- 
chera, de nácar: 

Del Idem idem núm. 25, se sacó 
547 resos moneda de Buenos Aires. 

Del idem Idem n,úm. 26 se sacó 
un anillo con una chapa grabada 
con el nombre de Juana; un par ca- 
tabana,? con rubíes, dos anillos mos- 
tacilla. 

Del idem idem núm. 27, se sacó 
ana carabana negra, un prendedor 
de oro con piedra negra. 


Del cajón núm. 28, nada dice el 
documento que comentamos . 

Da identificación se hizo en el Ce- 
menterio del Buceo gracias a los 
deudos o amigos de las víctimas de 
la catástrofe, con el siguiente resul- 
tado: 

El cadáver del cajón núm. 1 re- 
sultó ser el de la señora Josefa Vi- 
llar Larrazabal. Sus alhajas fueron, 
entregadas a los señores Acevedo y 
Fauvety . 

Núm. 2, Juan M. Larrazabal. 
Sus alhajas y demás objetos fueron 
entregados a los expresados señores 
Acevedo y Fauvety. 

Núm. 3, María Celina Delarrue. 

Núm.. 4, por las cartas y cédulas 
de empadronamiento que se le en- 
contraron resultó ser el del señor 
José Villardell, español de 32 años 
de edad, sin que nadie s,e hubiera 
presentado a reclamar sus objet03. 

Núm. 5, niña María Onetto. Los 
objetos fueron entregados a don 
Leopoldo Pisano. 

Núm. 6. niña Carolina M. Beccar. 
Los objetos fueron entregados a don 
lorenzo Fiorini. 

Núm. 8. don Gabriel Delarrue. 
Las alhajas fueron entregadas al 
señor L. G. Ghevalier. 

Núm. 9, morena sirvienta del se- 
ñor Beccar. Los objetos fueron en- 
tregados al señor Piorini. 

Núm. 13, don José Causi. El go- 
rro de croché que se le sacó, fué 
entregado al señor Dasorl. 

Núm. 14, señorita Carmen Pisa- 
no. Las alhajas y pelo fueron entre- 
gados al señor Leopoldo Pisano. 

Núm. 19, maquinista don Enrique 
Froari . El a.n ; llo se le entregó al 
señor Jorge West, quien pidió el ca- 
dáver para darle sepultura en el Ce- 
menterio Inglés. 

Núm. 22, Julián Arooena. Los 
botones para los puños, le fueron 
entregados al «señor Artagaveytia . 

Núm. 24. don Domingo Ortiz. 
Los objetos fueron entregados al se- 
ñor J. Guanes. 

Núm. 25. ingeniero don Pedro 
Beare. El dinero fué entregado al 
señor Juan F. Thomnson. Se Inhu- 
mó en el Cementer’o Inglés. 

Núm. 27. señorita Ana Maoke.v . 
Piio alhaja? se entregaron al «señor 
Fulrron . 

En la humanitaria, cuán poco 
agradable misión a que nos hemos 
referido, intervinieron en una forma 



-- 12 — 


digna de todo elogio, el entonces di- 
rector de Cementerios, señor Alfre- 
do 'I/Elgeré, el receptor señor César 


Dupont y señores Martín Almeno» 
Pablo Bonavía, Elíseo Navajas, José 
Martinotti y Carlos S. Viana. 


LAS BOVEDAS 

SU CONSTRUCCION — CARACTERISTICAS — DESTINO DE DA 
MISMA — UNA CATASTROFE — NOS QUEDA EL RECUERDO. 


El macizo de edificación que pa- 
só a la historia con la denomina- 
ción de “Las bóvedas’’ ocupaba la 
manzana s que comprenden las ca- 
lles 2 o de Agosto, Juan Carlos Gó- 
mez e Ituzaingó, — y como fondo, 
e: mar. 

Su construcción se remonta a los 
años 1789-90; y ella se debió a una 
decisión del gobierno español, que 
la destinó a polvorín, depósito de 
víveres y cárcel militar. 

Era aquel, un edificio aboveda- 
de, con paredes de piedra, ladri- 
llos y cal, — a macho-martillo, 
como decían los antiguos; , — < cu- 
yos últimos vestigios, hubo que há- 
denos saltar a fuerza de barrenos, 
dada la solidez de sus materiales. 
Cada bóveda medía diez y seis va- 
ras de largo, por seis y pico de 
ancho y cuatro de altura. Las pa- 
redes eran de piedra, macizas y de 
tree varas de espesor, hasta una 
altara de dos varas, en donde se 
i-; iciaba la bóveda formada con la- 
drillos °in revocar. 

Las puertas que respondían en 
6u estética y solidez a la obra de 
albíxñileria, estaban dotadas del 
imDresc ndible ventanillo y de un 
g an cerrojo, que se cerraba por 
el lade de afuera. En cuanto al 
piso, ‘o constituían grandes plan- 
chas da piedra. 

En a centro de la construcción, 
sohie lo que es hoy calle 25 de 
Agosto y formando martillo, se le- 
vantaba el local destinado al Cuer- 
po de Guardia y la escalera de 
p.edra rué daba acceso al terraplén 
, ue cubría las bóvedas; — y al 
fondo, éstas' .que constituían la pri- 


sión, con sus dobles rejas de grue- 
sos bai rotes de hierro. Allí estu- 
vieion presos en 1811, cuando el 
primer pronunciamiento, p or cons- 
pirar contra la tutela de España, 
el cura párroco de Paysandú, don 
SPverio Antonio Martínez, su te- 
niente don Ignacio Mestre y otros 
pulí iotas, que fueron sorprendidos 
con las armas en la mano, en “Casa 
B1 altea” de aquel departamento, 
por el capitán de navio español Mi- 
chelena quien los aprehendió des- 
pués de larga resistencia. El pa- 
triota Francisco Bicudo quíe era 
también de los conjurados y que 
más tarde muriera en acción de 
guerra defendiendo a Paysandú 
contra los portugueses, fué el úni- 
co qu" pudo escapar a la acción 
do Michelena. 

“Las Bóvedas” cuya construcción 
se' llevó a término bajo el contra- 
lor y vigilancia de los sobrestantes 
don Vicente Garzón y don Joaquín 
Correa, — a quienes el gobierno 
colonial adjudicó como recompensa 
a sus trabajos, un solar a cada 
utio de ellos por esas inmediacio- 
nes, sirvieron además como cuartel 
cuaudo babía exceso de tropas, co- 
mo hospital transitorio y como re- 
fugio para las familias, cuando la 
piara era bombardeada por los por- 
tugueses o por los ingleses, que 
taní.p lo codiciaban. 

Y allí mismo también, se reunid 
en la víspera del combate del Car- 
da! (Enero de 1807), el “Cuerpo 
del Comercio”, en sus preparativos 
para salir a oponerse a la invasión 
inglesa en cuya acción de guerra 
sucumbió el oficial de tal unidad — 



13 


cf íisti luida por soldados ciudada- 
nos, don Francisco Antonio Maciel. 

£P de Febrero de 1815 y en 
circunstancias en que se arrojaban 
precipitadamente al mar y a pa- 
ladas, ñor los argentinos, la pól- 
vora y municiones allí depositadas, 
que no podían llevarse por falta 
material de tiempo cuando Soler 
evacuaba esta plaza con las tropas 
de Buenos Aires para que la ocú- 
pala Otorgués, — parece que el 
roce del acero de una de las palas 
contra las piedras del piso, produ- 
jo chispas que, comunicando con 
el material inflamable, dió lugar a 
tan formidable explosión, que vola- 


ron tres dependencias de "Las Bó- 
vedas”, con un buen número de 
■» ¡«.urnas. 

El correr de los años dividió 
aquella construcción, ,que pasó a 
ser de propiedad de particulares, en 
varias partes, que se destinaron a 
ba: racas, una de las cuales, que 
coi servaba todavía las mismas ca- 
racterísticas que le dieron su nom- 
bre ,se le conocía con la denomi- 
nación de "Barraca de las Bóve- 
das”, cuyo dueño, si mal no re- 
cordamos, era el señor Francisco 
Sienra. 

Hoy no queda de todo aquello, 
nada más que el recuerdo. 


“LA LAGUNA” 

SU UBICACION. — COMO ERA EL BARRIO. — FAMILIAS CO- 
NOCIDAS. — LLEGAN FUERZAS FRANCESAS. — SE LE- 
VANTA "EL TERREMOTO”. — DURANTE UNA SUS- 
PENSION DE ARMAS. — LOS CORONELES DU 
CHATEAU Y CESAR DIAZ. — EN CASEROS. 


La ubicación del barrio 

Con la denominación de “La La- 
guna” existía allá, a mediados del 
siglo pasado, un barrio en los enton- 
ces suburbios de la ciudad, que de-: 
bió su nombre a una laguna que 
formaban las aguas pluviales que 
corrían hasta, embalsarla, por zan- 
jones y barrancos, en el perímetro 
de terreno que hoy encierran las 
manzanas comprendidas dentro ae 
las calles Soriano, entre Convención 
y Río Branco y San José y Ca- 
nelones. 

Familias conocidas 

Vivían entonces por aquellas inme- 
diaciones varias familias cuyos ape- 
llidos son bien conocidos. En primer 
término citaremos a la de Bergerós, 
cuyo jefe', el valiente capitán de la 
Legión Francesa durante la Guerra 

Grande, era abuelo del actual 
Presidente de la República don Jo 3 é 
Serrato. Las de Herrán y Nicola en- 
tre cuyos descendientes se encuen- 


tran los médicos que llevan esos 
nombres; y las de Lausuq, Treitivo, 
Boucau y Laugairou, esta última do 
la que desciende el conocido marti- 
liero don José L. Ls.ugarou y de 
cuya madre, doña Margarita, vasca 
de pura cepa, buena y servicial, nos 
hablan con cariño quienes la cono- 
cieron y trataron. La quinta de Pit- 
taluga, cercada de pitas y cuyos 
fondos llegaban más o menos hasta 
la calle Durazno. El conventillo de 
don Angel, el viejo almacén de Re- 
cayte con su poste rara que se ata- 
ran a él los caballos de los parro- 
quianos y otras pocas fincas más, 
completaban la edificación del ba- 
rrio de ‘La Laguna”. 

Formando polígono 

Los trabajos que se llevaron a 
término para aplanar el perímetro 
que hoy forman las calles San José 
y Soriano, desde Cuareim y Río Ne- 
gro, que como ya lo hemos dicho, 
estaba lleno de zanjones y barran- 
cas, estuvieron a cargo de unas 



— 14 — 


fuerzas francesas que mandaba el 
coronel Du Chateau, para la forma- 
ción de un polígono destinado a 
ejercicios militares de las mismas 
fuerzas. 

Este pequeño ejército extranjero 
que sumaba mil quinientos hombres, 
llegó a Montevideo en el mes de 
Agosto de 1850 y no en Abril como 
lo dicen algunos historiadores, en 
virtud de una decisión de la Asam- 
blea Nacional de Francia que, gra- 
cias a las gestiones del coronel Mel- 
chor Pacheco y Obes y ante los suce- 
sos que asolaban a ambos países leí 
Plata y partidaria como era de una 
acción armada contra las fuerzas de 
Rosas y de Oribe que sitiaban esa ca- 
pittal, determinó esa actitud. 

Estas fuerzas 'qule procedían del 
Africa, en donde la próxima Fran- 
cia imperial tenía pendientes tam- 
bién sus asuntos bélicos, fueron 
transportadas hasta este puerto en 
tres fragatas de tres palos y alo- 
jadas en los cuarteles que existían 
en las calles Andes entre Soriano y 
San José, y Daymán entre 18 y Co 
lonia. 

"El Terremoto” 

Esos mismos soldados europeos, 
levantaron también un baluarte en 
la Playa Santa Ana y un parapeto 
de tierra que servía de espaldar pa- 
ra los ejercicios de tiro y que, cual 
promontorio, se levantaba en uno de 
los extremos de la ensenada que es- 
tá frente a la Escuela de Artes y 
Oficios, (calles San Salvador, Minas 
y Gonzalo Ramírez), parapeto que 
fué bautizado desde entonces, con el 
sugestivo nombre de “El Terremo- 
to” y así fué conocido hasta treinta 
años atrás. 

Una prevención de Oribe 

En plena Guerra Grande y duran- 


te un armisticio a cuya tregua se 
llamaba criollamente por aquellos 
buenos tiempos “suspensión de ar- 
mas”, el coronel Du Cbateau ofre- 
ció a la población de Montevideo el 
espectáculo de un simulacro de com- 
bate entre las fuerzas de su coman- 
do que, a tales ©fe'ctos fueron divi- 
didas en dos partes: una que par- 
tía del saladero de Ramírez (Bando 
Réus del Sur), y la otra de “Los 
Sauces”, monte de esos árboles que 
se levantaba en el área que ocupa 
el “Parque Hotel”. 

El general Oribe que al igual de 
Rosas miraba con no poca ojeriza a 
los franceses y conocedor del pro- 
grama a desarrollarse envió a la pla- 
za sitiada a un emisario para pre- 
venir que las fuerzas en operación ?s 
no fueran a. irse sobre la línea (zo- 
na neutral que en esa latitud ocu- 
paba el área que hoy forma el es- 
pacio comprendido entre las calles 
Patria y Paullier, aproximadamen- 
te), porque él, abriría el fuego con- 
tra las mismas. 

Felizmente, para los habitantes de 
Montevideo, el programa pudo des- 
envolverse sin ninguna incidencia 
enojosa. 

César Díaz y Du Chateau 

Du Chateau se hizo, durante su 
estada en ésta, gran amigo del en- 
tonces coronel César Díaz; y tan ín- 
tima fué aquella relación, que, cuan- 
do el jefe uruguayo fué a cubrirse 
de gloria en los campos de Caseros, 
contribuyendo con el esfuerzo de dos 
mil cien orientales al derrocámien- 
to de la tiranía de Rosas, el coro- 
nel francés, como simple acompa- 
ñante, quiso compartir con el biza- 
rro jefe del ejército oriental, aque- 
lla oampaña que dió por tierra con 
el poder omnímodo del funesto man- 
datario argentino. 



COMO SURGIO EL HOSPITAL MACIEL 

UO QUE NOS DIJO UN NIETO DEL FILANTROPO. — ALGUNOS DA- 
TOS DESCONOCIDOS. — EL PRIMITIVO Y ACTUAL HOSPITAL. 


Don Julio Maciel, viejo jubilado 
de Aduana y nieto del “Padre de los 
Pobres” don Francisco Antonio Ma- 
ciel, nos ha relatado el origen del 
Hospital de Caridad, cuyas refe- 
rencias recogió de labios de sus pa- 
dres y tíos, hijos que fueron de 
aquel filántropo, del cual nos he- 
mos ocupado ya, en los dos tomos 
anteriores de “Recuerdo y Crónicas 
de Antaño”. 

Nuestro informante que ya ha 
cumplido sus 74 años de edad, lar- 
go tirón de vida, que no ha aba- 
tido en los más mínimo la gallar- 
día del cueiiU'O ¡y d'ell espíritu ¡de 
quien tan bien los lleva, es hijo de 
d n Vicente Maciel, el hijo postu- 
mo de don Francisco Antonio, de 
Ior veinte y tres que hubo el filán- 
tropo en su matrimonio. Y don Ju- 
lio, a su vez y por no ir muy a la 
zaga de su ilustre abuelo, pue'ae 
vanagloriarme con el nada despre- 
ciable numero de diez y ocho des- 
cendientes. 

— ¿Podría decirnos, don Julio, 
cómo nació en sus antepasados la 
idea de establecer un hospital? 

— Va usted a saberlo. Mis abue- 
los vivían en la calle Sarandí entre 
las de Misiones y Zabala, en el área 
en donde hoy ejerce su ••omercio 
una papelería; — y ellos tenían por 
costumbre, dar de comer a los po- 
bres, de mañana y de tarde. Al to- 
que de una campana colocada jun- 
to a la puerta de calle, los indigen- 
tes que por allí merodeaban a la 
espera dei llamado, penetraban al 
local en donde se les servía por los 
esclavos, la comida, mientras que 
don Fran cisco Antonio y mlsia Jo- 
sefa, su digna esposa, vigilaban que 
nada faltase a los desvalidos, en- 
tré los auales figuraba un anciano, 
qu<» había despertado hondas sim- 
patías a los dueños de casa. Un día 


faltó el huésped preferido; y tal 
circunstancia movió a niisia Josefa 
a que preguntara: 

— ¿Has notado, Francisco Anto- 
nio, que Jesue hace ¿res días falta 
el viejito? 

— E's verdad. 

— ¿No estará enfermo? 

— Tal vez. . . 

— ¿ Y si indagásemos respecto a 
su suerte?... 

— ¡Naturalmente que lo indaga- 
remos! . . . 

Y como de la Investigación resul- 
tara que efectivamente el pobre 
desvalido se encontrara enfermo, 
los esposos Maciel resolvieron lle- 
varlo a su casa, en donde le dis- 
pensaron los más solícitos cuida- 
dos. 

El primer paso ya estaba dado 
La casa de Maciel no era única- 
mente el hogar en donde los nh^n- 
¿tonuidois de la süeirte poldiríain s.axaia v 
si hambre. Los enfermos encontra- 
rían también allí, el albergue pro- 
tector y las rudimentarias medici- 
nas d.e la época, proporcionadas por 
una dama llena de virtudes, que loa 
colmaría de bondades. 

Después, fueron llegando más 
enfermos, tantos, que entonces don 
Francisco Antonio Maciel, se decL 
dió a levantar, con el auxilio dei 
Cabildo, el primer Hospital de Ca- 
ridad, en humilde rancho que 
levantó dentro del área que hoy 
ocupa el que todos conocemos, con 
la denominación de Hospital Ma- 
clel. 

El establecimiento de caridad 
que hemos descripto, funcionó du- 
rante treinta y siete años; y la pie- 
dra fundamental del actual fué co- 
locada en Abril de 1825, pocos días 
después del desembarco de los 
Treinta y Tres Orientales, en las. 
playas de la Agraciada. 



UN GUAYAQUI DE RIVERA. 

DON ZENON LAERMAGA. — SE VIDA. — SU INICIACION EN EL 
SERVICIO DE LAS ARMAS. LAS CAMPAÑAS REALIZADAS. — - 
GENTE CONOCIDA. — LO QUE LE QUEDA 


Una dama filantrópica cuyo úni- 
co pensamiento es hacer el bien a 
6us semejantes y en manera muy es- 
pecial a la niñtí desvalida, ya reco- 
giéndola en ? albergue o ya soste- 
niendo a su exclusiva cuenta, una 
escuela modelo en la sección de San- 
ta Rosa del Departamento de Cane- 
lones, — en una palabra, la señora 
Bernabela Cedrés, viuda del extinto 
general don Melitón Muñoz, nos co- 
municó días atrás, que en su casa se 
encontraba un anciano que había si- 
do “guayaquí” de los ejércitos del 
general Rivei.x y que talvez fuera 
el único sobreviviente de aquellos 
valientes niños que formaron como 
soldados en 'as filas de las huestes 
del fundador del Partido Colorado. 

Don Zer.ón Larrañaga 

Zenón Larrañaga, que es nuestro 
hombre de ho/, criollo habitante de 
San Ramón, ha cumplido con toda 
gallardía, sus noventa y cuatro años 
de edad y es hijo de orientales. 

Criollo de ley, fuerte, de excelente 
memoria, coa casi toda la dentadu- 
ra, no obstan!.-; churrasquear toda- 
vía de mañana j de noche, descien- 
de de vascos españoles. Su abuelo, — 
militar de los ejércitos reales, — 
fué de los primeros habitantes que 
tuvo Montevideo; — y como recom- 
pensa a sus vicios, el “reino de 
las Españas”, lo donó en lo que es 
hoy San Ramón, un hermoso lote de 
campo comprendido desde la Barra 
del Tala, al Santa Lucía, — de cos- 
ta a costa, terminó diciéndonos el 
viejito Larrañaga. 

— ¿Y que lo ha quedado de todo 
eso? . . . .¿ 

— Nada, m : amigo. Nadita mas 
que el recuerdo y mis 94 años. Ya 
voy pa 95¡¡ 


!Que se cree? Y lo apruebo con 
mi fé de bautismo, que la saqué pa 
escrebirme! Y no obstante tantOB 
añares, creaime, — entoavía no estoy 
como pata al horno... 

— ¡Cómo, como pata al horno. . . ? 

— ¿No colije? Meta una pata de 
carnero al horno y vá a ver como le 
queda. Arrollada. Yo creo que has- 
ta que me mu w ra voy a ser como el 
junco. Derechito. 

— ¡Que Dios lo oiga, viejo, y que 
nosotros lo veamos. 

— Gracias, m’ amigo. 

Guayaquí 

— Nos han dicho que Vd. fué gua- 
yaquí de Rivera. 

— 'Supe serlo 

— ¿Empezó a servir? ....? 

— A los on<*c años, como guaya- 
quí, en el escuaadrón que mandaba 
el canario Nicasio Borges, que por 
entonces era alférez teniente. Esa 
unidad del ejército era formada por 
chiquilines de diez años para arriba, 
hasta de diez y seis, mas o menos. 
Cuando el “guayaquí” había endu- 
recido el músculo, cuando el brazo 
del niño soldido podía hacer estre- 
mecer la tacuara de la lanza en for- 
ma vibrante, y lancear, — cuando 
era considerado como un hombre de 
empuje, se le sacaba del escuadrón, 
para integra * los regimientos que 
formaban los gauchos de pelo en pe- 
cho. 

— Y eran te dos muchachos blan- 
cos de color? 

— De toda laya ¡ ¡ ¡ Lo que mas 
había eran indios y cruzados. Algu- 
nos negros vambién, y los menos, 
blancos. .... 

— Cómo fué que empezó a servir 
tan muchacho? 

— Vea, amigo. Toda mi familia era 




j 51 autor de estas crónicas recogiendo de labios del señor Valdenegrov 

su interesante . información 


blanca oribista: — ya mí, desde 
muy gurí, me dió por decir que era 
■colorado. 

— ¿Y porqué. 

— Yo que s§. Me díó por ahí. Tai- 
vez porque me gustara el color. . . 
Talvez por las mentas que oía del 
general don Frutos. . . Yo no sé¡ ¡ 
-Juí colorado den de que gatié. . . De 
antes, en una revolución, se arriaba 
con todo. Chicos y grandes. Todos 
servían. Y yo, p» servir, quería ha- 
cerlo con los míos. Y aprovechando 
que Borjes era del pago y amigo de 
mi familia, me Juí con él, antes que 
me arriaran los contrarios. 

Servicios que prestaban 

— ¿Que servicios prestaban en el 
ejército los guayaquises? 

Cuidar las caballadas: concurrir 

a las carneada r para ayudar a ata- 
jar el ganado, cuerear, matar a ve- 
ces y llevar la carne a los fogones. . 
En fin: de todo un poco. Las bata- 
llas las presenciábamos desde leji- 


tos, ande no llegaran los chumbos, 
que antes no alcanzaban muy lejos; 
— y cuando el enemigo después de 
un encuentro daba grupas, cuando 
volvía la espalda en plena retirada, 
nos mesturaban con los grandes y 

asina, entreverados, los cauchos nos 

chumbaban como a perros y dando 
alaridos como indios, blandiendo 
también las chuzas con nuestros bra- 
zos de nifios, y a fuerza de ver todos 
los días correr tanta sangre, con el 
corazón endurecido, nos entreverá- 
bamos con los one huían y metíamos 
fierro que daba miedo, . . . 

¡Que se cree! .... 

Con los cuentos que oíamos a los 
grandes, en l^s fogones, de hazañas 
de otros guayaauises, tratábamos en 
estas carnicería» de superarnos los 
unos a los otr.>s. con actos de auda- 
cia. 

— ¿Y en esos momentos nunca sin- 
tieron miedo? 

— ¿Miedo d-j que? 

— De que lu.s chucearan también 

2 



a ustedes, o que después, durante 
las horas del sueño, se les presenta- 
ra el “finao ’..... 

— ¡Pero, no íe he dicho, mi ami- 
go, que nos soltaban mesmo, como 
si juésemqs perros, cuando el enemi- 
go juía? 

El cristiano es bicho muy ruin 
cuando juye. No atina mas que a dis- 
parar, sin tin > y cada vez mas lige- 
ro. . . 

Y pa mayor garantía, marchába- 
mos entoavía apareados con los mili- 
cos viejos. Aumentábamos el bulto 
y metíamos mú* bulla, llevando con 
ello mayor confusión a las filas ene- 
migas. Y de pase aprendíamos a lan- 
cear sin jugarnos mayormente el pe- 
llejo, que era lo que realmente se 
quería de nosotros . . . 

— ¿Y después de una acción así, 
no sentían escrúpulos, remordimien- 
tos? 

— Mire, mocito. Antes no habían 
escuelas, no habían maistros que nos 
enseñasen lo bueno y lo malo. No 
había nada. La escuela era la Natu- 
raleza. Y en todos los .pagos no se 
hablaba mas que de guerras* de ma-’ 
tanzas. La vida era fácil, pero pe- 
rra. En dond? quiera se carneaba 
un animal pa comer; — y nosotros, 
dende los primeros años, dende que 
gateábamos, humedecíamos nuestros 
pieses en ia tibieza de la sangre que 
escapaba a borbollones de la res re- 
cientemente sacrificada pa sacarle 
unas achuras pa comer. . . 

— De modo que iban a la guerra 
ya hechos .... 

— Así es, sañoi ¡Era el Destino! ! ! 

Profecía de Rivera . 

— ¿Cómo trataban a los guayaqui- 
ses? ... 

— Como a milicos; y euando había 
que castigar nos daban leña con sa- 
bles o con varas. Es natural; éra- 
mos todos muchachos; y como a ve- 
ces hacíamos alguna judiada, nos 
castigaban en la forma que ya le he 
dicho, o bien metiéndonos en el cepo 
de lazo. . . . 

Rivera nos trataba siempre con 
cariño ; pero # él no estaba mas que 
un ratito con nosotros. El canario 
Borges, también era muy bueno. Pe- 
ro, en cambio, nabía un oficial indio. 


Izquierdo de apelativo, que era muy 
corsario, muy apaleador . . . 

Y créame. En la pelea, era maula- 
zo, el muy indino!!! 

— ¿A que hombres de figuración 
conoció Yd. en el ejército? 

——A todos. A Flores lo conocí de 
capitán si mal no recuerdo; y Rivera 
tenia por él grandes simpatías. Re- 
cuerdo que una tardecita, estando el 
general hablando con unos jefes, pa- 
só Flores a caballo muy cerca del 
grupo, circunstancia que dió lugar a 
que don Frutos dijera a sus oyentes, 
sentenciosamente. 

— Ese indieeito vale y vá a dar 
trabajo. . . 

Con olor a pólvora 

— .Recuerda usted algunas accio- 
nes de guerra on las cuales le haya 
tocado actuar ! 

— Cuando la Guerra Grande, con- 
tra gente de Oribe, en la costa de 
Pando. Nos tuvimos que retirar, por- 
que nos doblaban los blancos. En 
Maldonado tuvimos sitiado al coro- 
nel don Gervasio Burgueño, pero co- 
mo no teníamos mas que lanzas de 
"palometa” no pudimos hacer nada. 
Nop retiramos ante los refuerzos que 
había mandado Oribe en socorro de 
la plaza. 

* — Y las lanzas de "media luna”? 
— Esas eran de lujo; y sólo las lle- 
vaban los oficiales. Algunas tenían 
como complemento unas virolitas de 
fierro, para que metieran ruidito . . . 

En el Paso de Mejorana, sobre el 
Vejiga, una fuerza oribista manda- 
da por Juan Ramón Suarez, deshizo 
una nuestra como de- 160 hombres, 
que mandaba ti coronel don Fran- 
cisco Tajes. Como la cosa se puso 
fea desde el principio, nos hicieron 
retirar a los guayaquises, buscando 
la incorporación del grueso del ejér- 
cito de Rivera, mientras el jefe colo- 
rado seguía peleando en retirada. 

Eq Quinteros 

Cuando la i evolución ae Cesar 
Díaz, ‘ya’efá bficiál a "dedo”; y ser- 
ví con J-uan Jn -é Poyo, que era veci- 
no y a guien mí< padre, no obstante 
ser de pelo contrario, le prestó cua- 
renta onzas para la patriada; — y 
con él me encontré en el ataque a 
Montevideo, llegando hasta lo que 



— 19 — 


es hoy Plaza Cagancha, en cuyo pun- 
to mataron al mayor Macedonio Fa- 
rías cuando saltaba la trinchera que 
allí habían Ifvantado los blancos, 
con baricas,. Fu esa oportunidad de- 
jamos escapar ti triunfo, que lo te- 
níamos en la mano; y pa purgar el 
mal, nos internamos en la República 
En Cagancha, peleamos así (y cierra 
el puño, entuc'asmado) ; — y triun- 
famos. Y de allí, marchamos hasta 
Quinteros, en donde nos atajó el in- 
dio Medina que se había vendido a 
los blancos. . . 

Yo formaba parte en esos momen- 
tos, de la vanguardia, de la que eran 
jefes Enciso y Castro, quienes, al ha- 
cerse el pacto, habían quedado sepa- 
rados del resto del Ejército, por el 
Paso de Quinteros. 

Cuando Cejar Díaz les mandó avi- 
so de que había celebrado un pacto 
con Medina, ellos se enojaron y yo 
les dije que pasaría para el otro la- 
do, para incorporarme a las fuerzas 
del coronel Poyo, a lo que, se opusie- 
ron terminantemente Castro y Enci- 
so, diciéndome: 

— ¡Pero, que vas a hacer mucha- 
cho! .. . ¿Estáo loco? 

Si pasás pai otro lao le van a de- 
gollar los blancos. No creas en pac- 
tos. 

Y ante ese razonamiento, senté 
el garrón. 

Momentos después emprendíamos 
la marcha rumbo al Brasil, dejando 
al grueso del ejército revolucionario, 
que se había entregado confiando en 
el valor de un compromiso de honor 
tan sangrientamente violado. 

— ¿Marchaban apurados? 

— No, señor. Tranquilamente Iba- 
mos carneando a las horas... Los 
gubernistas quedaron engolosinados 
con los pobres que se les entregaron 
en el Paso y que constituían la casi 
totalidad del ejército revolucionario. 

Cruzada . Libertadora , 

Años desoués, serví también en 
la Cruzada Libertadora, bajo las ór- 
denes del coronel don Feliciano Vi- 
dal, .de Canelones; y ya con el grado 
de teniente, pero siempre a “dedo”. 

Cuando no.* aproximábamos. *a 
Montevideo y el mismo día que- hi- 
rieron a Fausto Aguilar cerca .de 
Las Piedras, me ligué un balazo 


en la rodilla irauierda y un lanzase 
que, entrándome por el brazo dere- 
cho, — arriba — me salió por la es- 
palda. En esa campaña, me encon- 
tré en Coquimbo, toma de la Florida 
y Paysandú. 

En la del 70 

Cuando la de Timoteo Aparicio, 
en el 70, volví a servir con Felicia- 
no Vidal, — 'hombre guapo, — en- 
contrándome e. la Batalla del Sau- 
ce. Ya nos ha oían redotao; — pero 
como los blancos en vez de perse- 
guirnos enseguida de vencernos, em- 
pezaron a rooar el parque, el gene- 
ral Goyo Suarcz, seguido de Melitón 
Muñoz, que ere, un buen lancero, de 
Cayetano Montero, del célebre Pan- 
cho Chingólo, que vive en “La Ram- 
bla” (San Ramón) y de otros mu- 
chos mas qu o no recuerdo, nos gri- 
taron dándonos coraje y rehaciéndo- 
nos y cargando, nos tocó vencer des- 
pués de ruda brega. 

En la de Tricolor 

En la de Tres Colores (Tricolor) 
supe servir con el portugués Mandu- 
quinha Carbajal, de Minas, — un 
loco’ dé guapo ese bárbaro — pelean- 
do en la Costa del. Avestruz y en Ce- 
rros Colorados. En la Cañada Bra- 
va, en donde terminó la revolución, 
me tocó pelea!: fuerte, al lado de Me- 
litón Muñoz, que recibió un feroz 
hachazo en la cabeza. 

En la del Quebracho no la corrí, 
aunque me presenté a las autorida- 
des de Canelones. 

97 

Con el indio Aicoba hice la del 97; 
pero no ganamos pa sustos Los 
blancos nos llevaron de calle, por 
delante, en la Capilla del Sauce, de 
Illescas, dispersándosenos la gente. 
Y entóayía estabámos con el Jesús 
en la boca, — agregó riendo de bue- 
na 'gaña el viejo 1 Larráñaga, — 
cuando a los dos días nos volvieron 
a pegar otra felpiada bárbara. ¡Ya 
era mucho disparar aquello! . . . Nos 
habían agarran cortados . » . 

I»»* -'i 

■ .Guando la de 1904, me'tocó hacer 
*la 'patriada con el general 'Benaven- 
tJe, ¿peleando eñ Tarariras; 'cuya ac- 



— 20 — 


ción me resulté un aguacero de ba- 
las. Allí nos voltearon muchos sol- 
dados ... 

Yo, que servía bajo las inmedia- 
tas órdenes del coronel Klinger, du- 
rante el fueg"», hacía mis disparos a 
los blancos en compañía de un ofi- 
cialito rubio de Montevide, guareci- 
dos los dos detrás de un peñasco 

Foguiado viejo, le reculaba el bul- 
to a las balas pa que no me lo chum- 
biaran al divino botón ¿No encuen- 
tra? 

— ¡Claro, viejo!! 

— Guapito el muchacho y falto 
de riflexión, se asomaba toreando 
al ñudo, por lo que yo le decía repe- 
tidamente. 

Mire mozo; — no se asome tanto 
que lo van a crestiar. . . Mire que 
sabe mas el diablo por viejo, que 
por diablo . . . ! ! 

Y. . . mesmamente, lo crestia- 
ron ... ! ! 

Yo lo agarroé de una pata y tiran- 
do, tirando, lo acomodé atrás del 
peñasco a mi lado y lo salvé. 

Talvez ande po ay el hombre . . . 

A falta de papeles picanazos 

— Bueno amigo, le dijimos; — ya 
hemos hablado bastante de patria- 
das. Cuéntenos algo de su vida. 

— ¿Y qua les puedo decir? 

— ¿Cuantas veces se ha casado? 

— Dos. Del segundo matrimonio 


la hija menor tiene once años. Vivo 
en San Ramón, trabajo con guasqui- 

tas, de trenza dor, a ratos; y 

otros, los deruco al cultivo de la tie- 
rra. Realizo jornadas de siet 3 y ocho 
leguas a caballo holgadamente. An- 
dar a caballo, es para mí, uno de los 
placeres mas grandes de la vida,, 
porque me recuerda mis días de ju- 
ventud en que mordía el cartucho y 
atáscábamos la carga de pólvora 
golpeando la culata de la tercerola, 
en la cabezada del basto porque no 
podíamos perder el tiempo, tratan- 
do de encajar la baqueta en el caño 
del arma, en el rudo galopar del ca- 
ballo. 

—Díganos una cosa. ¿Vd. nunca 
gestionó que le reconocieran su gra- 
do militar? 

—Nunca. Porque nunca precisé 
del Gobierno para vivir. Ahora que 
estoy viejo, he perdido todo. . . To- 
dito 

— Vd. podría justificar sus servi- 
cios? 

— De las últimas patriadas, estoy 
seguro que existen constancias en el 
Estado Mayor del Ejército, porque 
se nos apuntaba. De las más vie- 
jas, no sé, porque nunca me ocupé 
de esos detalles. Pero sepa, señor, 
que si alguno llega a poner en duda 
todo cuanto le he dicho, pronto es- 
toy a mostrarle los picanazos que 
llevo en mi osamenta. . . . 


DOCUMENTOS DE NAVEGACION 

UN PESPAOHO DB 137 ASOS. — TERMINOS REI. CONTRATO 


El señor Juan M. Gorierto, pres- 
tigioso comodoro del Yacht ‘Clnib 
deil Uruguay, deseando contribuir 
también al esfuerzo que desde lar- 
go tiempo atrás venimos realizan- 
do por la divulgación de Tas cosas 
viejas de los pueblos del Río de 
la Plata y que por diversidad de 


motivo^ han escapado a la historia 
escrita, nos ¡ha obsequiado con un 
precioso documento, expedido en 
Buenos Aires, que cuenta con la 
friolera de ciento treinta y sálete 
años. 

Dice asf: 



— 21 — 


t 

“Conocimiento para el despache 
de las naos que van a los reynos 
de Castilla”. 

Digo yo, idon José JBuistamaate y 
Gayón, — Maesitiro que soy de da 
Fragata nombrada, la Menorca, que 
al presente está surta y anclada em 
este Surgidero, y próximo para con 
el favor de Dios, hiacer viaje a los 
Reynos ¡de Castilla: Otorgo, y con- 
fieso habar recibido y cargado den- 
tro de la dicha mi Nao, deibaxo de 
cubierta de ella de don Nicolás del 
Campo por su cuenta y riesgo nus- 
beciemtos veinte y sais cueros al 
Pelo con la marca del margen. (P. 
20. — E. y otros. D. a fuego). 

Y de ellos me doy por entrega- 
do a satisfacción, y me obligo, lle- 
vándome Dios N.o Sr. a salvamen- 
to con iddcJha mi Nao al Puerto de 
CalÉz, u otro donde se diere por 
cumplido el Registro, de entregar- 
le a vos, y en vuestro nombre, se- 
gún costumbre y estilo a don Do- 
mingo Ferry ausente a su Poder. 

Y habiendo hecho mi fiel entre- 
ga, según y como debo, se me ha 
de pagar por su flete, lleva y con- 
dución a diez Reales vellón cada 


treinta y cinco libras sin respon- 
der por averías. 

Y al cuimplimi embo de lo qiue di- 
cho es, me obligo en toda forma de 
derecho: Y para que conste firmé 
4 de un tenor, para cumplir el uno. 
Que es fecho en la ciudad de Bue- 
nos Aires en qiuínse a Julio de mil 
setecientos deheuta y ociho. 

José Bustamante Gayón. 

(Hay una rúbrica grande y coim- 
plicada). 

Como podrá haberlo apreciado 
el lector, las ifaltas de ortografía 
en el documento ique hemos trans- 
cripto “desde la cruz a la rúbrica” 
son escasísimas; y ello se debe a 
que se trata d'e un formulario im- 
preso, que fuera de toda duda lle- 
varían los capitanes de barcos, ma- 
rinos que solo llenaban a ipluima su 
nombre, el de la nave, los ,del car- 
gador y consignatario, cantidad y 
clase del cargamento y precio del 
flete. 

Es de suponerse, que por falta 
de palabrerío no habrían de pro- 
ducirse conflictos: y mucho menos 
oom aquello de que el lobo de mar, 
para la mejor garantía del cumpli- 
miento de sus obligaciones firma- 
ba cuatro documentos de un mis- 
mo tenor, para cumplir el uno”. 


LAS ACADEMIAS 


SOIJB T GLORIA — LA DEL PICA FLOR Y OTRAS — A DOS VIN- 
TENES LA MEDIA PIEZA — POLKA EL FERRO-CARRIL — 
CUADRILLAS MADAME ANGOT — EN EL “BUFFET” — SE- 
RENOS Y MILICOS — LA PARDA DEOLINDA — LAS MILON- 
GAS — HACIA LOS BARRIOS BAJOS. 


Escribimos esta crónica, para los 
“Jóvenes” que hayan cumplido los 
f5 años por lo menos. 

¿Cabaret? ¿Pigall? ¿Dancing? 
¡Que es éso!!!! 

Digan ustedes que fueron “mu- 
chachada pierna”, si hubieran oído 


entonces cualquiera de esas pala- 
bras extrangeras para denominar un 
local de reunión destinado a halle 
de gente alegre, si no habrían reído 
de buena gana, al escuchar los nom- 
bres que se querían dar a las muy 
criollas “academias”, en las cuale* 



— 22 — 


Vds. supieron lucir sus Habilidades 
de danzarines milongueros. 

Haciendo nómina 

Mas de un abuelo que nos lea, ha- 
brá de recordar con inafable placer, 
las academias de José Fernández, 
que funcionó en Treinta y Tres y 
Reconquista, y que “hasta alfomhra 
tenía”. La célebre “Solís y Gloria”, 
del catalán don José, hombre mo- 
rrudo, con 'p(1p ■'"i t ■- ; j.., ... 

frente al Mercado del Puerto, re- 
genteada por el “ corno a” I-íigmio, 
bajo de estatura, pero grande en va- 
lor personal, bien probado en cuan- 
tas ocasiones se le presentaron. 

La academia “Solís y Gloria”, que 
era la más popular de todas y la 
preferida por cuanto marinero y mi- 
lico había en Montevideo, contaba 
además con salas de ruleta, de blan- 
ca y negra, de "batifondo” o sea “31 
al billar, bancada”, etc. etc. 

Uno de los varios informantes con 
quienes nos hemos entrevistado pa- 
ra escribir esta crónica nos decía 
con no poco entusiasmo, que en “So- 
lía y Gloria” se extren ó la polka ti- 
tulada “El Ferro Carril” del maes- 
tro Caneschi, — italiano, — cuya 
música, reforzada con cacharros, la- 
tas y fierros, imitaba a las maravi- 
llas, un tren en marcha, “con pito y 
todo” 

Igual éxito alcanzaron las cuadri- 
lias de pausa- 

ban el delirio entre los danzarines, 
quienes tomando en alto, los extre- 
mos de los dedos de la r mano dere- 
cha de la dama cuando llegaba el 
momento ^ ° nn 

ademán como si fueran a producir 
la rotación de la compañera, que sa- 
lía entonces como un remolino, has- 
ta la fila opuesta, de la que volvía 
en idéntica forma y vertiginosamen- 
te hasta la suya, en interminable 
espiral. Y cuanto más vuelta daba la 
“ninfa” y cuanto más hacía inflar 
por la acción del aire sus enaguas 
almidonadas, por mejor bailarina se 
le reputaba. 

Próxima a la de “Solís y Gloria 1 ', 
funcionaba la “Del Triunfo”, de la 
popularísima vieja Sixta, madre del 
renombrado taita Cecilio, elemento 
prestigioso de los bajos fondos. 

En Perez Castellanos, entre Cerri- 


to y Piedras, recibía a sus contertu- 
lios la muy mentada de la “Negra 
Brasilera”, local frecuentado por la 
flor y nata de la muchachada y que, 
aparte del baile, ofrecía también sus 
salones para que se despuntara el 
vicio del juego. 

En Cerrito y Maciel, brindaba la 
de la vieja Rufina, su buena volun- 
tad para entretener a sus marchan- 
t,p, “i>ii¡ca -.flor”, en Mercedes 

y Rondeau, que era la que se lleva- 
ba la palma, al decir de otro infor- 
mante, era regenteada por el porte- 
ño Valentín, homore simpático, de 
rrn n yerba y dicharachero, que sa- 
!r'a hacera? epumar por la clientela. 

Entremos a la academia 

Estos locales de baile y de juego, 
eran frecuentados por mujeres de vi- 
da airada; y é lo constituían amplios 
í ' J l^nv ,*;> -"cMliano v adorno 
que unos largos bancos de pino sin 
pintar, arrimados a las paredes, las 
cuales ostentaban de trecho en tre- 
cho ~ r i -v 0 '-. p 7) ^rdían unas 

bolsitas de género, propiedad de las 
bailarinas y que se destinaban a 
guardar las latitas que les entrega- 
ba. el mayorengo, regente, o basto- 
nero, — que los tres nombres se le 
daban — cada vez que percibía del 
danzarín el importe del derecho al 
baile, pago que se hacía siempre al 
iniciarse la pieza y a la mitad de la 
misma. 

Antes de que la banda de música 
rompiese en una milonga, (enton- 
ces el tango no lo bailaban más que 
los negros en los candombes) — en 
una habanera, en un vais o en una 
cuadrilla con nn pía- 

tito, recogía de cada bailarín, la su- 
ma de dos vintenes, dando a la com- 
pañera del mismo, al igual de como 
se procede en las esquilas, una lati- 
ta que representaba “un vintén”, fi- 
cha crn n *bn ° p iq hesita de 

su dueña, quien, terminado el baile, 
realizaba la conversión, por dinero 
contante y sonante. A la mitad de la 
pieza, el bastonero gritaba: 

“¡Páre la música”, — y ejecuta- 
da la orden, volvía a pasar con su 
plátito, para recojer otros dos vin- 
tenes, de cada bailarín. 

—¿De manera, — inquirimos, — * 
que cada pieza demandaba a un bal- 



— 23 


larin, un desembolso de cuatro vin- 
tenes? 

— Ni más ni menos. — Pero ha- 
bía quien se conformaba con bailar 
nada mas que media pieza, por vez. 

En cambio, la entrada al local era 
completamente gratis. 

— ¿Sistema de alumbrado? 

— ¡Oh! ¡Bastaban dos o tres lám- 
paras a petróleo, que colgaban de 
alambres que; sujetados en el techo 
pendian en el centro del salón. 

Milicos contra serenos 

Aparte de los incidentes persona- 
les que se producían dentro de las 
academias y que en la generalidad 
de los casos no pasaban a mayores 
porque se registraba a todo el que 
penetrase a esos locales para reti- 
rarle las armas que portasen, — se 
producían también en vía públi- 
ca, grandes batallas campales entre 
“los serenos”, — a los que llamaban 
por la linterna de que iban provis- 
tos “biohitos de luz”, — y los mili- 
cos de los cuerpos de línea, que en 
estado de embriaguez casi siempre, 
promovían grandes desórdenes. 

Y la situación se complicaba ma- 
yormente, porque era costumbre in- 
veterada en aquellos tiempo--. •• qui- 
los jefes de las unidades militares 
recomendaran a sus soldados, que 
jamá'\ tr - entregaran presos a un 
guardia civil o a un sereno, porque 
consideraban un desprestigio para el 
uniforme, ver a un soldado del Ejér- 
cito sometido a la autoridad policial. 

El milico de línea que se entrega- 
ba man '.revente, era un urania; y un 
en el cuartel se le ajustaban después 
las cuentas, aplicándole una buena 
paliza. 

Ebrio o en estado normal, debía 
resistirse abiertamente, con armas o 
sin ellas, £ todo elemento policial; 
y si era posible, continuar peleando 
en retirada, buscando la dirección 
del cuartel, desde donde surgiría 
quien lo protegiera. . . . 

— Nosotros, — decían los mili- 
cos, — hacenos la pata ancha, ande 
cuadre 

Lógico es suponer también que, 
entre el cueipo de serenos, — que 
era la policio nocturna, — hubiera 
gente de "peo en pecho”, pues mu- 
chos de sus componentes, ya habían 


pertenecido a los cuerpos de línea. 
Entre estos guardianes del orden, fi- 
guraba una yunta brava, constitui- 
da por dos gallegos, que por lo gua- 
pos, resultaban dos fieras. Iglesias 
y Avalos, que tales eran sus apelli- 
dos, tenían sus paradas en Pérez 
Castellanos y Piedras; y Cerrito y 
Maciel, respectivamente. Grandes y 
buenos amigos, se prestaban mutua- 
mente amplia y decidida protección 
en los casos mas peligrosos y siem- 
pre se hicieron respetar, del elemen- 
to maleante y de los milicos pen- 
dencieros. 

Una vez que se armó una gresca 
interminable, Iglesias tuvo que ma- 
tar a un cabo del temible 5 o. de Ca- 
zadores, recuperando a los pocos 
días su libertad. 

— ¿Y como peleaban los serenos? 

— A machete, nue - esgrimían ccn 
la derecha, mientras que la linterna 
que portaban con la mano izquierda, 
enfocaba la cara del ene"' lio. qro, 
encandilado, cerraba los ojos y erra- 
ba sus golpes. Y como entonces el 
alumbrado público dejaba mucho 
que desear, los efectos üe la linter- 
nita resultaban sumamente eficaces, 
para que los serenos, a su vez, pu- 
dieran dominar al infractor. 

La parda Deolinda 

Era por entonces estrella de pri- 
mera magnitud, una parda blanca, 
arrogante y hermosa, llamada Deo- 
linda, — quien — por su bravura, 
se las tenía tiezas con el más pinta- 
do, empezando por el propio comi- 
sario seccional. Muy solicitada la 
parda y sumamente celosa, no me- 
nos de diez y seis Tenorios que se 
rindieron a sus encantos, pagaron 
tributo a sus veleidades amorosas, 
con un soberano tajo en la cara. 

Diestra en el manejo del cuchillo 
que no se le caía nunca de la liga, 
en el momento preciso lo esgrimía, 
para trazar un chirlo sobre una de 
lag mejillas del infiel, que quedaba 
así marcado indeleblemente para to- 
da la vida. 

Se hizo tan peligrosa esta mujer, 
que el Jefe P. y de Policía de la Ca- 
pital en época de Santos, Don Apo- 
linario Gayoso, la deportó “manu 
militare” a Buenos Aires, en donde 
prosiguió su vida de hampa. 



— 24 


En el buffet 

— Antes, — nos afirmó otro vie- 
jo de setenta y tantos años y que os- 
tenta como trofeo de guerra la ci- 
catriz de un soberbio hachazo que 
recibiera en noche Toledana, llevá- 
bamos a las mujeres al mostrador 
del boliche instalado dentro del lo- 
cal; y allí mismo, sin mesita ni nin- 
gún otro firulete, le pregutábamos: 

— ¿Qué tomás, china? 

— Un porrón de cerveza, o una ba- 
nanita en caña, o un pigulo, o un 
puchero... nos contestaban, y de 
ahí no salían, porque no habían co- 
sas mas finas. 

— 'Pero comían allí también? 

— No, hombre. Puchero le llamá- 
bamos a duraznos enteros, en ca- 
fia .... 

— ¿Y el “pigulo” que era? 

— 'Los cubitos de guindas en ca- 
ña 

Rotissaríes 

Otro ex-"académico”, entusiasma- 
do con sus recuerdos y que concu-ría 
a los bailes llevando un par dé al- 
pargatas en los bolsillos para danzar 
con mayor comodidad, nos afirmó 
que entonces — sí, — se divertía la 
muchachada, con un ¡pequeño desem- 
bolso de dinero. — Muchas veces, — 
prosiguió diciéndonos, — después 
del baile que terminaba de una a 
una y media de la noche, empren- 
díamos la marcha hacia Santa Tere- 
sa, hoy Recinto, en donde vivía la 
aristocracia de la gente de mal vi- 
vir; — y de paso tomábamos por un 
vintén el “aperitivo”, constituido por 
una bananita o una naranjita, con 
vino blanco flojito, en lo del muy 
mentado “Piohín”, especialista en es- 
tas manifestaciones de la química al- 
cohólica, cuyo boliche noctámbulo, 
funcionaba dentro del Mercado Cen- 
tral. 

Y cuando el estómago no daba 
para mas, un vaso de leche en el 
tambo de Marcelino, de la calle Al- 
zaibar, tíos dejaba como uuevos. 

— ¡ Qué épocas sublimes, aque- 
llas, mi buen amigo! ! La muchacha- 
da de entonces no era de “formalli- 
nes” como la de ahora. . . . 

Champán, champán. Champán!! 

jCualquier día! ¡Ni en affiches 
veían jas mujeres esas botellas!! Y 


como el auto no se había inventado, 
todavía, se marchaba a “patacón por 
cuadra”. 

— ¿Y comidas? 

— ¿Comidas? Vá usted a verlo. 
Había un puesto por los alrededores- 
del, Mercado Central. — sobre Yer- 
bal — en donde hacían un “friyé” 
que era una especialidad. ¡Qué cosa 
mas rica era ese friyé ... ! ! 

— Y era 

— Una especie de buñuelos a 
base de harina, perejil picado 
y cebollina. Solíamos comer pesca- 
do frito, también ... Y otras veces 
cuando queríamos nutrirnos con 
cosas más sólidas, íbamos al alma- 
cén del .gallego Matías, un buen 
hombre — instalado en Santa Te- 
resa y Misiones, que cuando andá- 
bamos “cortados”, nos prestaba 
plata. Allí, a cambio de unos vin- 
tenes, nos servían chorizos y hue- 
vos fritos, sin otra ceremonia que 
un pedazo de ¡papel de astrosa a 
guisa de mantel sobre la burda me- 
sa de pino, otro .papel de astraea 
por servilleta; y ¡por silla, un tabu- 
rete. 

Como cada oasa tenía su espe- 
cialidad, la preferida en las noches 
crudas de invierno por nosotrqs, — 
para el café — era la de Mateo, 
ubicada en la calle Juncal y Yer- 
bal, muy frecuentada también por 
payadores, que se daban allí cita 
para cantar milongas de contra- 
punto. 

“Caballeros milongueros 

“La milonga está formada. 

“El que sea más milonguero 

“Que sp atreva v la deshaga. 

¿ Vé Vd.? nos dijo entusiasmada 
el informante. Ese versito que es- 
tuvo muy en boga, se talftreaba y 
se silbaba .por las calles / con una 
musiiqnita así. (Y se puso/ a silbar- 
la) I 

¡Cualquier día iban ai deshacer 
la milonga. .1. . !!!! Si había un 

entusiasme loco por ese ¡baile! ! . . . 

— 'Bueno, interrumpimos. — Que- 
damos en que el café de. lo de Ma- 
teo, era bueno. . . I 

— ¿ Bueno . . . ? Una especialidad, 
crémelo. Superior. ..!!!! 

Allí retemplábamos ¿ cuerpo ^y 
el espíritu, con un “Miriñaque”, 
para combatir el frío. ¡En una pa 
labra: tonificábamos el coraje. 



— Alguna especie de. “cañonazo”, 
sin duda. .|. . . 

— ¡Que cañonaizo ni que ocho 
cuartos! ! . . . . El “miriñaque” era 
um Ibuen café con horchata y anís. 
Riquísimo, — «hé, — delicioso. 
¡Hombre!!! Ya que usted me ña 
¿echo ¡revivir aquellos lejanos días, 
siento la .nostalgia del “miriñaque” 
Y después de quedar durante 
unos seigundos en honda medita- 
ción, el “ ex - académico ” terminó 
diciendo a la vez que paladeaba, 
como si acabara de beber el deli- 
cioso neotar. 

— Ya me lo tomaré en casita. . . 

Payadas y milongas 
El célebre Juan de Nava, de muy 
buena familia, del que tanto se han 
ocupado los diarios y revistas de 
Buenos Aires, llamándole el último 
payador ¡porque ya no quedaban 
mas troveros de sus condiciones y 
que falleció no hace mucho en aque 
lia capital, inició en lo de Mateo, 
su vida de payador, cantando de 
contrapunto, siempre con gran éxi- 
to de su parta 

— Y bien, amigo. Hemos hablado 
de milongas y de payadores. ¿Re- 
cuerda usted, la letra le alguna de 
aquellas, la que estuviera más en 
boga, por ejemplo...? 

— Son macanas, — ché, — son 
macanas. Cosas sin pies ni cabeza, 
que no vale la pena mentarlas . *. . 

— ¡Hombre, hombre, hombre! . . . 
No se nos achique, ahora! ¿Qué es 
eso? 

— A ver. . . Sí. . . Había una que 
empezaba así . Déjeme pensar un po- 
co. ¡Ah, si! Figuraban "damas” muy 
copetudas. . # Oiga. . . 

“Al Paraguay va a marchar 
De paicas, un batallón 
Llevando su dirección 
A los muros de Humaitá. 

De brigadier general 

Marchará Carmen Piojíto. 


Y Máxima Rabanito 

Va de ayudante mayor 

Por ser la paica mejor 

Y amiga del compadrito. 

A Marica Cañonazo 

La .nombraré de teniente 

Por ser la más indecente 

Y acostumbrada a estos casos. 

También marcharán triunfantes... 

. . . triunfantes . . . 

Y se me acabó la cuerda, ami- 
to... Non me ricordo piú... Bue- 
ro, pero para muestra, basta un bo- 
tón. ¿No le parece? 

• — En efecto, y ¿qué más nos pue- 
de decir ¡de las "‘academias”? 

— ¿Le parece poco lo que hemos 
.¡•.ablado sobre el particular? 

¡Qué tiempos aquellos, terminó 
diciéndonos el viejo amigo, después 
de exhalar un hondo suspiro que 
borbotaba reminiscencias. ¡Si daba 
gusto vivirlos . . . ! 

Y icuianido después de haberle es- 
trechado efusivamente la diestra, 
franqueábamos la puerta de su des- 
pacho, oímos que nos decía: 

— Oiga! . . . 

Dimos vuelta, y el "ex académi- 
co”, sonriente, pero con cierto aire 
de severidad, nos hizo el gesto pe- 
culiar de indicar silencio, poniendo 
el índice de su diestra sobre los 
labios. 

— Ya lo sabe, che. Mucha dis- 
creción. No me vaya a meter en un 
lío. Mire que ahora soy una per- 
sona respetable . . . 

Lo miramos signitivativamente; 
y no sabemos si habrá interpreta- 
do lo que quisieron decir nuestros 
ojos, — ya que, — por respeto a 
su reconocida y bien probada hom- 
bría de bien y por respeto igual- 
mente a sus canas venerables, no 
se atrevieron a decir loe labios. 

— ¡“Quedá” tranquilo viejo tibu- 
rón! ... Te guardaremos el secre- 
to. • * 



Origen de las divisas partidarias 

CUAL FUE LA PRIMER DIVISA ORIBISTA , COUORADA, PRIME- 
RO Y BLANCA DESPUES. — RIVERISTAS, PRIMERO, CEBES- 
TE Y LUEGO COLORADA. — PORQUE SE CAMBIARON. — 

EN LA ACCION DE CARPINTERIA 


El ilustre general francés Mangín, 
en la visita que nos hiciera no hace 
mucho, interesándose también por el 
origen de los partidos tradicionales, 
que tanta sangre han costado al país, 
preguntó a un eminente hombre pú- 
blico, qué quería decir eso de blan- 
cos y colorados y como habían sur- 
gido tales adjetivos para '.a desig- 
nación de los partidos que, durante 
casi una centuria vienen dividiendo 
a la familia oriental. Y el interpe- 
lado, hombre de vastísima prepara- 
ción, pero cuyo fuerte no es la his- 
toria, — así en sus detalles nimios, 
— contestó en una forma imprecisa 

El militar francés al hacer públi- 
cas, en su patria, 'las impresiones 
recogidas en Montevideo y al refe- 
rirse al partido colorado ,dijo que 
su nombre se debía al hecho de que 
el general Rivera montara siempre 
un caballo de ese pelo. 

Considerando pues, de interés di- 
fundir los motivos que dieron lu- 
gar a la adopción de divisas por Tos 
bandos contendientes, llevaremos a 
conocimiento de nuestros lectores, 
Jos siguientes datos: 

La primier divisa 

En el año 1836, cuando Lavalle- 
ja auxiliado por Rosas desembarcó 
en las costas del Uruguay para ayu- 
dar a Oribe contra Rivera, lanzó un 
manifiesto estableciendo que venía 
al país, “no a debatir y luchar sólo 
por los intereses orientales, sino en 
nombre de las cuestiones y de la po- 
lítica argentina". 

Los hombres que acompañaban a 


Lavalleja pn esta campaña bélica, 
adornaban sus sombreros con divi- 
sas coloradas, — que tal era la de 
Rosas — , con la siguiente leyenda: 
“Restaurador de las leyes". 

La divisa punzó, fué, consiguien- 
temente, la primera en rodear la co- 
pa de los sombreros de nuestros 
gauchos y la sacaron a luz — precisa- 
mente — los adversarios del general 
Rivera. 

La segunda divisa 

Poco después, el general Oribe, a 
la sazón Presidente de la República, 
por decreto del Ministerio de Gue- 
rra y Marina expedido con fecha 10 
de Agosto de 1836, establecía que 
todos los jefes, oficiales y tropa del 
ejército de línea, las guardias nacio- 
nales de caballería, 'as partidas afec- 
tas a la policía y todos los emplea- 
dos públicos en los departamentos 
de campaña, usaran en el sombrero 
una cinta blanca, con el lema “De- 
fensor de las leyes". 

Se disponía ^ 

do decreto que suscribían Oribe, Pe- 
dro Lenguas, Francisco Llambí y 
Juan M. Pérez, que el Estado Ma- 
yor, Guardia Nacional, empleados 
públicos, etc., etc., “usaran el mis- 
mo lema, que llevarían en una cinta 
visible en los ojales del vestido y en 
formación, en el sombrero". 

No quedaban tampoco exentos de 
la obligación, los ciudadanos no en- 
rolados, a quienes se les imponía el 
uso “del mismo distintivo en los oja- 
les del vestido, como una señal de 



— 27 — 


6U adhesión a las leyes e institucio- 
nes de la .República” . . . 

La divisa blanca, que venía a sus- 
tituir a la colorada que trajo Lava- 
neja, fué la segunda que se vio en el 
país. 

La tercer divisa 

Así las cosas, el general Rivera 
no podía ser menos que Lavalleja y 
Oribe; y dispuso a su vez, que las 
tropas de su mando usaran la divi- 
sa celeste, con el fin de distinguirlas 
de las fuerzas legales. 

La acción del sol y de las Lluvias 
atacó muy pronto el color celeste de 
las cintas ,que quedaron convertidas 
en blancas, dando ello lugar a que 
los soldados riverisfas pudieran ser 
confundidos con los oribistas. 

Blancos y colorados 

En vísperas de la batalla de Car- 
pintería, librada en las costas del 
arroyo del mismo nombre del De- 
partamento de Durazno ,el 19 de Se- 
tiembre de 1836, entre fuerzas re- 
volucionarias mandadas por Rivera 
y el general argentino don Juan. La- 
valle, contra las del gobierno que 
mandaban los generales Juan Anto- 
nio Lavalleja e Ignacio Oribe, este 
último hermano del Presidente, — 
Rivera, que adivinaba que el encuen- 
tro sería sangriento, dispuso, con el 
fin de evitar confusiones en .los en- 
treveros que fatalmente se produ- 
cían en todos los hechos de armas de 
la época, que sus hombres tiraran 
los trapos descoloridos que llevaban 


como divisas y que en su lugar, se 
pusieron tiras de bayeta colorada, de 
los forros de los ponchos patrios, 
que fueron rasgados a tales efec- 
tos. 

Y así, con divisa blanca, unos y 
con colorada los otros, se peleó fie- 
ramente en Carpintería, en cuya ac- 
ción, Rivera completamente derrota- 
do, dejó en el campo de batalla 2 0.0 
muertos, 150 prisioneros y 4,000 ca- 
ballos, buscando ,él y Lavalle sus sal 
vaciones, por las Puntas del Yí, se 
guidos por dos de sus escuadrones de 
caballería que habían conservado su 
integridad. 

Desde ese día, cuando el paisana- 
je tenía que nombrar a los ejérci- 
tos, lo hacía diciendo el de los “co 
lorados” o el de los “blancos”. 

Y tanto se repitió ese dicho, tanto 
rodó por nuestras campiñas y pue- 
blos, que, haciéndose carne, dió lu 
gar a que lo adoptasen como “nom- 
bre de pila”, los dos grandes parti- 
dos tradicionales de la actualidad. 

Aunque parezcan paradógicaa 
nuestras afirmaciones, — < hoy, — los 
colores de los cintillos se han in 
vertido, porque, la verdad de las co- 
sas es que, la pnmer divisa de los 
“blancos”, fué la “colorada”; y la 
de los “colorados”, la “celeste”, cam- 
balacheadas sin mayores ceremonias 
en la Batalla de Carpintería, por la 
imposición de un motivo de índole 
atmosférico. 

¡Y con cuánto calor pro-seguimos 
todavía defendiendo los cintillos! . . 



METAMORFOSIS DEL ALUMBRADO PUBLICO 

VELAS DE SEBO. — ACEITE DE POTRO. . — GAS A BASE TVE GRA- 
SA DE YEGUA. — MAS TARDE DE CARBON DE PIEDRA. 

LA PRIMERA USINA DE GAS. — LA PRIMERA USINA ELEC- 
TRICA. — EL PRIMER RADIO SERVIDO POR LA 
LUZ ELECTRICA. 


Hasta 1795 no tuvo Montevideo 
otro servicio de alumbrado público, 
que -el de la luna, cuando la había; 
y 'creemos que la luz artificial en 
las calles, no habrá sido echada ma“ 
mayormente de menos, por cuanto 

los entonces no muy numeras habi- 
tantes de la ciudad, se recoiglan 
temprano, coimo las gallinas. 

El primer .naso dado hacia esta 
mejora de índole edilie'a, fué co- 
mo lo decimos, en 1795, que don 
Francisco Antonio Maciel, el “Pa- 
dre de los Pobres'’, asociado a don 
Juan de Molina, obtuvo la conce- 
sión en un llamado a licitación for- 
mulado por eil Cabildo, para la rea- 
lización del servicio de alumbrado 
público de Montevideo, a base de 
velas . de sebo, de las llamadas de 
“baño”, de dos tercios de largo y 
que, colocadas dentro de unos fa- 
roles adosados a las paredes por 
pescantes de hierro, eran prendidas 
en los atardeceres, por negros es- 
clavos. 

A aceite de potro 
En los albores de nuestra inde- 
pendencia Nacional, e!l servicio dió 
“un gran paso hacia el progreso”, 
ya que la vela fué sustituida venta- 
josamente por la candileja de acei- 
te de potro. 

A gas de grasa de yegua 
El 18 de Julio de 1854, la ciudad 
inauguró el servicio con ilumina- 
ción a gas, por una empresa de don 
Demetrio Iso/lla, que instaló la usi- 
na, servidla con materiales traídos 
de Europa, en la calle Cerrito, me- 
diante una concesión para la explo- 
tación de lia nueva industria, por el 
término de ocho años, que fué mas 
tarde prorrogada. 

Pero lo que no saben todos nues- 
tros lectores es que la usina en su 


iniciación, generaba el gas con gra- 
de yegua, producto criollo que 
con ei correr de los años, fué susti- 
tuido ventajosamente por el carbón 
de piedra. 

La epidemia de fiebre amarilla 
desarrollada en 1857, dió lugar a 
que no pocos habitantes atribuyeran 
una buena parte del desarrollo de 
la peste a la usina; — y fué enton- 
ces que el gobierno ordenó a la em- 
presa concesionaria, el traslado de 
su fábrica a otro paraje más distan- 
te; — y es precisamente desde esa 
fecha que la usina, que había pasa- 
do a ser propiedad del Barón de 
Mauá, funciona en el local que ac- 
tualmente oouipia de la calle Isla de 
Plores, entre las de Florida y An- 
des. v 

Luz Eléctrica * 

En 1884, Montevideo fué la pri- 
mer ciudiad sud americana y de las 
muy pocas del mundo que gozó de 
los beneficios de la luz eléctrica. 
Don Marcelino Díaz y García, anda- 
luz, instaló una modestísima Usina 
en la calle San José, entre las de 
Florida y Cindadela, dentro de* un 
viejo galpón que hasta poco tiempo 
antes había sido utilizado como ca- 
balleriza. 

Este ensayo de servicio de alum- 
brado público, se hacía exclusiva- 
mente a base de lámparas de arco, 
instaladas en 1 Q Plaza Independen- 
cia; y desde ésta, por 18 de Julio # , 
hasta la calle Arapey, hoy de Río 
Branco. 

Para que se pueda apreciar la po- 
tencialidad de la Usina, diremos 
•que ella era puesta en movimiento- 
por un modesto motor de trillado- 
ra y por un dinamo sistema “Brus”. 

Dado el buen rebultado obtenido, 
él señor Marcelino Díaz y García 



— 29 


«n «1 deseo de dar mayor amplitud 
a su empresa, adquirió por compra 
hecha a los señores García Lagos, 
un terreno ubicado en la calle Yer- 
bal esquina Ibuealiingó, para, instalar 
alllí la primera usina eléctrica sud- 
americana. 

Los muchachos noctámbulos que 
perdían las noches por aquellos ba- 
rrios, habrán de recordar con cari- 
ño, los formidables martillazos de 
las maquinarias en su rudo golpear, 
que se sentían desde leijos, no obs- 
tante la música destemplada de los 
organillos, de los gritos de los ven- 
dedores ambulantes y del bullicio 
constante de la (calle. 

En 1886, Montevideo fue la pri- 
mera ciudad de la América latina 


que hizo el 'servicio de alumbrado 
público a electricidad, ya que, co- 
mo lo hemos dicho anteriormente, 
hasta esta fecha, el servicio se ha- 
cia exclusivamente para I a . plaza In- 
dependencia y dos cuadras sola- 
mente de la calle 18 de Julio, des- 
de el año 1884. 

El prim^ barco con luz eléctrica 

Como complemento, podemos 
agiregar que el primer barco en el 
mundo que navegó iluminado a 
electricidad, fué construido en los 
astilleros del Salto durante l a . épo- 
ca de don Saturnino Ribos y desti- 
nado luego a la línea fluvial entre 
esa ciudad y la de Dueños Aires y 
Montevideo. 


LA MANCA CIBIACA 


Entre l a gente de Oribe, cuando 
la. Guerra Grande, era célebre por 
«ü resistencia para el duro trabajo 
de campo, como así también por su 
valor militar y personal, una china, 
mestiza de india, que en toda su 
vida no usó otra vestimenta que la 
masculina de chiripá y bofa de po- 
tro. 

Ciriaca, que así se llamaba nuestra 
heroína, reunía todas las condicio- 
nes que se exigían a un criollo, pa- 
ra que pudiera llamársele un gaucho 
en toda la línea. Ginetaza, enlaza- 
dora, pialadora y matarife, era in- 
faítable a las carneadas, en donde 
lucía su destreza como buena cuchi- 
llera. 

Este verdadero marimacho que 
servía como "asistenta” del coronel 
Legrí, hecha la paz de Octubre del 
51, no obstante su vestimenta y sus 
hábitos, se casó con un canario que 
arrendaba al ya nombrado coronel, 
la casa de azotea que este poseía en 
la cuchilla existente entre los pasos 
de "Las Piedras” y ”R1 Colorado” 
defl Departamento de Canelones, y 
que se conocía con la denominación 
de "Pulpería de Legrl”. 


Don Pablo A. Dugrós, que cultivó 
el trato de esta “dama”, nos cuenta 
que Ciriaca cambió de vestimenta, 
el día que contrajo nupcias, cuya 
ceremonia se realizó en el pueblo 
de Las Piedras. 

Es de presumirse quien mandaría 
en el nuevo hogar; y mucho más 
si agregamos por mera vía informa- 
tiva, que el canario consorte era uon 
alma de Dios. 

(Cierta noche que Ciriaca se en- 
contraba sola en ;ia casa, sintió que 
forcejeaban una de 'las puertas del 
negocio. 

— ¿Quién es?, — preguntó. 

— Abra, que venimos por com 
pras, replicó uno de los asaltantes 
que, amparados por la soledad del 
lugar y dréyendo que no sería cosa 
muy difícil imponerse a ‘una sola 
mujer, tenían por seguro el éxito de 
su empresa. 

— Estas no son horas para com- 
pras. Y retírensen antea que les 

queme los hocicos, replicó con voz 
enérgica Ciriaca. 

— ¡Ah, china trompeta! — ya ve- 
rás como t’eehamos la puerta abajo. 

Y los forajidos, estimulados por 



la perspectiva de un buen botín, a 
una trataban de eohar abajo, a fuer- 
za de empellones, la puerta que con 
su doble tranca interior, resistía a 
sus desesperados esfuerzos. 

Ciriaca que volvió a sentirse 
“hombre”, trepó armada de dos tra- 
bucos al altillo; — y desde allí, por 
un ventanillo, apuntó en dirección a 
los asaltantes, sonando en la inmen- 
sidad de la noche un formidable es- 
tampido. 

Los gauchos tan inopinadamente 
agredidos, como si lo hicieran desde 
el cielo, abandonaron más que lige- 
ro suis propósitos de asalto y trata- 
ron de buscar la salvación, en los 
lomos de sus caballos; — pero no 
sin que antes sonara otro disparo se- 
guido de un grito de alegría, de do- 
lor, o de rabia, que a todo pulmón 


dejaha escapar la heroíná de este 
relato. 

— ¡No disparen ésos maulas ! 
Vengan, vengan, cañe jo, que Les voy 
a abrir. . . el mate. . . ¡ ¡No dispa- 
ren, sabandijas ! ! . . . 

El último tiro había hecho reven- 
tar el caño del trabuco; y la explo- 
sión destrozó una buena parte de la 
mano derecha a aquella valerosa 
mujer, que ella misma se encargó 
momentos después de amputar con 
su cuchillo de trabajo. 

Desde ese día, se le denominó 
“La manca Ciriaca”, y no obstante 
esta tara capital para una persona 
de su temple, prosiguió campando 
por sus respetos. 

Y haciendo honor a su idiosincra- 
cia, no tuvo descendencia. 

Fué toda un “hombre”. 


De sargento a teniente 


«rosé Bonavia, que murió hace 
ya algunos años con el grado de 
mayor del ejército nacional, era 
hijo de un viejo marino genovés, 
radicado en Montevideo, y que se 
dedicaba al cabotaje. 

Cuando estalló la revolución de 
Flores, que pasó a la historia con 
le denominación de “Cruzada Li- 
bertadora”, nuestro biografado fué 
citado para que formase en carác- 
ter de simple soldado, en las fuer- 
zás del gobierno, que por enton- 
ces era regido por el Partido Blan- 
co. Colorado decidido, no quiso en 
tal ocasión tampoco, escatimar el 
esfuerzo de su persona para el 
triunfo de sus convicciones parti- 
distas; y, con ese anhelo pudo es- 
capar de Montevideo para incor- 
porarle á las huestes del general 
Flores, que merodeaban por el De- 
partamento de Canelones. 

biLiada la plaza de Paysandú, 
que con tanto heroismo se defen- 
diera bajo el' mando superior de 
.Leandro /Gpmez y Lucás Piriz,' le 
tocó al sargento Bonávíá * actuar 
cierto díá en calidad -de artillero, 


en el cantón de la boca calle de 
la esquina de la casa dé Ribero, 
en cuyos fondos fueran fusilados 
más tarde el general Gómez y al- 
gunos de sus compañeros de in- 
fortunios. 

El blanco de los disparos era la 
Comandancia Militar, a la que ha- 
bía que reducir. 

uoyo Suárez, — entonces coro- 
nel, - — que era el jefe inmediato 
de las fuerzas a las cuales perte- 
necía Bonavia y que observaba con 
toda atención las maniobras de su 
subordinado,, exclamó entusiasma- 
do ante el éxito de uno de los dis- 
paros de la pieza: 

— ¡Bravo, alférez Bonavia!!! 

Y . el recientemente ascendido de 
manera tan ¡inesperada, prestando 
mayor atención y mayor serenidad 
ante una lluvia de balas que lo 
auroleabán, volvió a repetir con 
el mismo *’ éxito de puntería, un 
"nuevo disparo, que ‘mereció tam- 
bién estás r palabras del coronel 
Súárez: 

-rBrávo •teniente Bonavia! !! 

' No ; sabemos hasta que grado 



31 


» 


Habría alcanzado allí el ya tenien- 
te Bonavía, si una certera bala que 
le hirió en la ingle, no lo hubie- 
ra tumbado. Mal herido, lo lleva- 
ron a casa de una familia de ape- 
llido Sardo, cuyo jefe era marino 
del cabotaje y gran amigo de los 
padres del artillero, en donde a 
fuerza de cuidados y desvelos, se 
le salvó la vida. 


El teniente Bonavía que por ra- 
zones de sentimentalismo había 
abandonado la carrera militar, se 
reincorporó al ejército muchos 
años después; y durante «el gobier- 
no de Julio Herrera y Obee, des- 
empeñó las funciones de edecán 
con el grado de sargento mayor. 


MEDIO SIGL O ATRAS . . . 

CHINELAS Y GORROS BORDADOS. — LOS BAILES. — LAS NIÑAS 
EN LA SALA. — ‘‘LA PLANCHA”. — EL DUEÑO DE CASA, 
VEIA. — EL AMBIGU. — LAS CUADRILLAS DE LOS 
VIEJOS.*. A CASITA... UNA FRASE DE “EFECTO ’ 


Dev gorrito y chinelas 

En distintas oportunidades nos 
hemos ocupado de reuniones socia- 
les, pero siin detenernos mayor- 
mente con las que se' realizaron 
cuarenta años atrás. 

Potr aquellos días., nuestros bue- 
nos ipapás, en las horas die la tar- 
de, se asomaban a la puerta de ca- 
lle, cubriendo' sus cabezas con un 
gorrito de terciopelo bordado e'n 
oro y de cuya cúpula pendía un 
borlón dte gusanillo de oro; y abri- 
gaban sus cuerpos con u:n rod 'digo- 
te, cuyo espesor servía tantio para 
infierno como para verano. Y en 
vez del botín, 'generalmente de los 
llamados de * elásticos, puesto que 
I 06 de -abrochar sólo los calzaban los 
niños- y l'os “pollos” — unas chi- 
nelas bordadas, 'desahogaban las fa- 
tigas del pile y exteriorizaban a la- 
vez y al igual dei l a gema, las pon- 
derable» cualidades de bordadora 
de una de las niñas de la casa o de 
la “patrona”, o de una abijada. 

Entonces era corriente también, 
que fuera preciadísimo y frecuente 
regalo en la solemnización de un 
santo o pagando una atención, unas 
chinelas o un gorrito de éstos de 
confección casera y que tanto ha 
popularizado Garibaldi en las es- 
lampa® que reproducen su imagen. 

Y había que ver la elegancia del 
garbo de “los viejos” en sus paseos 


por 'la noelra, para lucir mejor, tan 
coqueton-as prendas de vestir y de 
calzar. 

Los bailes 

Los bailes de hoy, difieren funda- 
mentalmente dle 4o© de aquellos 
días. 

La orquesta, era un conjunto ar- 
mónico de instrumentos de cuerda 
y dle madera, sin la malla compañía 
dle los cacharros, pitos y palitroques 
de los qnte en ila actualidad hacen 
de un acto que debiera ser sinfóni- 
co, una -batahola de esas que se ar- 
man en campaña por toda una fa- 
milia oompesina con el fin de evi- 
tar que las mangas de langosta vo- 
ladora se posen sobre los frutales. 

La® niñas en la sala 

Valses, polkas, shotis, mazurcas, 
cuadrillas, lanceros, pericón nacio- 
nal y alguno q|ue otro miilnu'é para 
que.se lucieran los viejos de ver- 
dad, er a «1 repertorio obligado de 
todos líos bailes. 

Las señoritas, no obstante sus 
largas y amplias polleras no cru- 
zaban las piernas, no formaban co- 
rrillos ni se m|eizcllabain en los gru- 
pos de loe hombres, sino que por el 
contrario, desde que llegaban al lo- 
cal y .después de haber pasado por el 
“toilete” para dejar líos abrigos y 
dar a sus peinados el: último reto- 
que, ocupaban las sillas que bor- 



— 32 ^ 


deaban la ©ala; y allí esperaban pa- 
cientemente a que u,n joVe'n las fluye- 
ra a invitar para danzar. Termina- 
da üa pieza, en ¡vez de pro-cederse 
como ahora, que se deja a la com- 
pañera ni biiem siueina el último com- 
pás de la música, en el medio- de la 
sala, se le llevaba adonde hubiera 
una silla desocupada, preferentemen- 
te ai/ lado de la madre o de una her- 
mana; y si no había asiento dispo- 
nible, el hombre se consideraba 
obligado a bailar las- subsiguientes 
piezas, hasta encontrarlo. En la mi- 
tad de una danza no se sentaba a 
ninguna señorita, a menos que exis- 
tiera -un pedido de ella, porque tal 
actitud importaba una desatención. 

E.s natural que tan estado de co- 
sías diera ¡lugar ¡a que algunas mu- 
chachas que poco tenían qiue agra- 
decer a las diosas Hebe o Venus, pe- 
ro que, en oaimibio le© sobraba inge- 
nio para defenderse de la “plan- 
cha”, — asi llamada la circunstan- 
cia de no bailar, — He^ entrara 
cuando estaba po^ terminar la pie- 
za, una locuacidad incontable, has- 
ta que, iniciada nuevamente la mú- 
sica, se' .insinuaba con una para ellas 
irresistible sonrisa. 

— ¿No está cansado, verdad?.,. 

— De ninguna manera, señorita. 
Al contrario. . . 

Y a los acordes de un mis o de 
una mazurca, la pareja volvía a per- 
derse entre la a muchas que danza- 
ban. Ella, contenta de bailar una 
pieza más; y él, maldiciendo tai- 
vez en su f-uero interno die lo que, 
con justeza, llamara impertinencia 
de su compañera. 

El dueño de casa se insinúa. 

Los dueños de casa se considera/- 
ban obligados a decir a algunos de 
los mozos «que en vez de bailar, pre- 
ferían presenciar el espectáculo re- 
costados en los marcos de das puer- 
tas. 

— ¡Oómo es eso am ígnitos! . . . 
Ustedes amontonado© aquí, como 
bandada de to-rcasas y tantas ni- 
ñas sin bailar por falta de mozos! 
¡Vamos, vamos! usted, fulano, sa- 
que a zutaua y usted zutano saque 
a fulana! ... 

Y allá marchaban resignados Fu- 
lano y Zutano. 

— ¿No quiere acompañarme a 
bailar esta pieza, señorita? 

— Con muchísimo gusto, joven . . . 

¡Que vaya boy un dueño de casa 


a hacer igual indicación! . . . 

Lo menos que le pueden respon- 
der, els algo- asi por el estilo. 

— '¡'Salga de ahí, con ese “paque- 
te”! ¡Diga, viejo: ¿Ouánido abren 

la “biblioteca”? — refiriéndose al 
comedor. En eso, sí, que no lo de- 
sairó! 

Y muchas ¡veces también, el due- 
ño de casa les llevaba las señoritas 
adonde ellos se encontraran para 
obligarlos así a bailar. 

Antes, la mujer que no bailaba, 
— ‘‘que planchaba”. — no telnía de- 
fensa. <ni -podála disimular su incó- 
moda situación. Allí quedaba como 
clavada en la silla, esperando a “un 
guapo”, o a uno de “Ibis volunta- 
rios” que. como momentánea tabla 
de salvación, les enviaban los due- 
ños de casa, un amago condolido, 
o .el novio de tuina hermana afortu- 
nada. 

i Y habla que veir la cara sonrien- 
te que ponían las pobres mu cha- 
chas, cuando un joven recorría con 
su vista la hilera de sillas en bus- 
ca de una compañera que le resul- 
tara de su agrado. . . ¡Elsa miTada 
importaba toda una promesa de 
eterno agradecimiento! . . . 

El ambigú 

A Ha hora ide abrirse el comedor 
los jóvenes ánvi taban en primer 
término, a las señoras mayores 
hasta adonde las conducían de a 
dos por vez, una de cada brazo. Es 
natural que como el número de se- 
ñoros ¡era siempre infinitamente me- 
nor que el de señoritas, algunos po- 
co amigos de "cargar con viejas”, 
se hicieran los distraídos mientras 
hubiera de ellas en la sala, para ir 
acompañados soflámente por las chi- 
cas, que manchaban siempre en se- 
gundo término. 

U,n malón de esos que se llaman 
“indiadas”, era cosa desconocida. 

Las invitaciones para pasar all co- 
medor o bufet, eran siempre prece- 
didas de la siguiente imatareación del 
ca/baLlero y acompañas de ceremo- 
niosa reveirenciia: 

— Señorita, ¿ gusta usted pasar al 
am/biigú? . . . 

— Con mucho gusto caballero . . . 

Y no se concebía que ningún 
joven acompañara a una señorita si 
no lo hacía de riguroso braoete. 

Hoy, ai no van sueltos, él hombre 
va ciñendo con una de suis manos 
el brazo de la m/ujetr. 








La estrechez del marco 'de una 
puerta que no consentía el pasaje 
de tres personas a lia vez, obligaba 
al manioebo a tomar a caída u:na de 
las niñas, los extremaos de los de- 
dos de La mano que! le dieran y que 
en tale lS ciricuinis tañe i a s lilban gene- 
ralmente por !lo alto, para ocupar 
menos espacio y no perderse así, en 
ningún momento, el comitacíto entro 
e,i terceto. 

La plancha 

Vueltos a la sala ¡en idéntica for- 
ma, el baile se .reanudaba ooin igua- 
les entusiasmos. 

El jo|ven desde -el quicio de una 
puerta pasaba reí vista; y desde allí 
‘ 'echaba el ojo” a la señorita que 
debía ser su compañera; y aproxi- 
m|ánidose despuJéls al objeto de su 
preferencia, la invitaba luego de 
rendirle profunda reverencia: 

— Señorita: ¿es gustosa juisited de 
acompañarme a bailar este valses!- 
to? 

— Perdóneme joven: pero estoy 

comprometida, con cuya frase que- 
ría deciiir, que esa pieza ya había 
sido acordada a otro. 

Y entonces era frecuente ver, 
que ese mismo Joven, para no' “que- 
dar ien seco”, y haciendo díe tripas 
corazón, repitiera la invitación a la 
velcina de al Jado-, que muchas ve- 
ces 'era de la s “planchadoras son- 
rientes” quien, como podrá imagi- 
narlo el lector, se feLicitaba del im 
pedimento die la amiga. 

¡Pobres planchadoras! Las había 
veteranas que, llegando a su casa 
después del baile y echándose so- 
bre i*a caima con sus ropas de fies- 
tais, rompían en sollozos. 

— ¡No (voy más a bailes, no voy y 
no voy! repetían entre hipo e hipo. 
La mozada de ahora, está echada a 
perder. Se amontonan en las puer- 
tas y no quieren bailar! ... ¡Que 
tiene mejor Fulana que yo?... 
¿Vamos a ver?. . . ¡Y sin embargo, 
ella bailó toda la noche! . . . 

Las cuadrillas y los viejas 

Los lanceras y las cuadrillas , esos 
bailes tan gentiles que desgraciada- 
mente han foaído e*n desuso, ser- 
vían para que tanto hombres como 
mujeres, pudieran lu¡cir en las cere- 
moniias de los saludos, de lias visitas 
y de los paseos, todo el donaire que 
pueda desenvolverse al calor de una 


buena educación. Y en estas piezas 
participaban también los “casco- 
tes” de a minos sexos que, previa- 
mente y en medio ide 1 bromas, se in- 
vitada^ para “formar parejas”. 

— Comadre. — Ya sabe que cuen- 
to con Vd. para esta cuadrilla que 
van a tocar . . . 

— Mire que y* estoy media ol- 
vidada, compadre . . . 

— Vd. siempre modesta. 

-—'En serio! ! . . . ¿No tiene mie- 
do a las “perdices”? (.asi se lla- 
maba al hecho de equivocarse en 
las figuras de la danza). 

— ¿Con Vd.? ¡Jamás de los ja- 
mases ..-!!! Tan luego con la 
maestra! ! 

— No; si el maestro es Vd. com- 
padre. 

Y cuando ya en plena cuadrilla o 
en* ¡pilono laíncero, aligu'ien equivo- 
caba un movimiento, encongía su 
cuerpo como si pretendiera así 
ocultar su vergüenza Q la vez que 
oía los cariñosos chicoleos de sus 
compañeros y espectadores, tradu- 
cidos en frases del siguiente tenor. 

— ¡Mire que abundan las perdi- 
ces, ¿eih? Y no ¡hay quien las ma- 
te. . . .!! 

Pero, indiscutiblemente, la parte 
que llenaba de mayor encanto a los 
bailarines, era la “figura” de la 
“cadena”, con sus saltitos de chin- 
gólo y con las marchitas laterales, 
primero:, y de a uno en fondo des- 
pués, paTa formar hambres de un 
lado v mujeres de otro y volver a 
saludarse!, pero esta vez, todos a 
una y tomados de las manos. 

• 

A casita. . . 

Terminado el baile se formaban 
caravanas de gente que marchaban 
a sus respectivos barrios a pie, 
comentándose la importancia e in 
cidencias de la fiesta; y en eso» 
grupos, mar oh aban adelante pero 
no a larga distancia, las parejas de 
jóvenes que habían “estado de tem 
porada” . 

En cierta excursión de éstas, rea- 
lizada en magnifica noche de luna 
y de ¡una tibieza deliciosa, en que 
se apreciaban nítidamente a 'La dis- 
tancia las cosas y los objetos por la 
diáfana claridad que reinaba, uno 
de esos jóvenes, abuelo hoy y muy 
dado entonces a decir frases “sus- 



tanoiosas”, y quien, por añadidura 
gastaba para estas solemnidades 
galera de felp.;, y levita, — aprove- 
chando el momento en que la conji- 
tiva se detenía frente a un zaguán 
para despedirse de los que queda- 
ban, no pudo menos que exclamar 
entusiasmado con cierto énfasis 
de sapiencia ante el espectáculo 
grandioso y solemne quíe le depara- 
ba “la pálida viajera”. 


— ¡Qué hermosa noche! ! . . . 
¡Estamos en una Aoche de Lon- 
dres . . . ! 

A lo que una chica pizpireta, no 
pudo menos que responder. 

— Realmente, joven. Solo faltala 
niebla y el frío . . . 

— ¿Veridad, señorita? asintió el 
enamorado de La noche. 

Y se quedó tan fresco, como Bi 
hubiera estado al relente de una 
noche de Londres... 



Lavandera de « La Estanzuela » con sus « yimbitos », al abrigo de 
choza en lo que hoy es Parque Rodó 


De todo un poco 


El origen en nuestro país, de las 
razas vacunas, caballar, lanar y 
cabría. — Abogados y pro- 
curadores no los querían 
como elementos de co- 
lonización — Tráfico de 
negros esclavos. — 

Su comercio en 
el Plata 

El origen de una gran riqueza 

En el año 1536, — puede decirse, 
— se inició la población ‘de equinos 
en la campaña die Buenos Aires, 
con un plantel de cinco yeguas y 
siete caballos que abandonaron los 
p obl adoréis de la ciudad. 

Años después, en 1590, don To- 
rre .de Vera y Aragón, introdujo de 
Charcas, cuatro mil vacunos, cua- 
tro mil ovejas, quinientas cabras y 
quinientas yeguas y caballos. 

Tail/es (han sido las bases echadas 
para -la gran riqueza que con tan 
saneados (prestigios ostentan los 
pueblos deil Plata. 

No íes mal sastre quien conoce ©1 
paño 

•Cuando en 1537 el Adelantado 
Alvar Núñez Cabeza de Vaca, zar- 
pó del puerto de San Lucar, ha- 
ciendo proa a estos lares, recibió 
órdenes sevérrimas del gobierno 
español en el sentido de que no 
permitiera el establecimiento en sus 
colonias, ni a letrados ni a procu- 
radores “por haber enseñado la ex- 
periencia qiue en -las tierras recién 
pobladas ocasionaban diferencias y 
pleitos, de (donde se originaban dis- 
cordias mortales y odios implaca- 
bles, con grave) perjuicio del públi- 
co” . 

¡Cómo cambian los tiempos! . . • 
Hoy, líos albo-gadiofí y procurado- 
res campean pop todos lados; — y 
loe primeros realizan su carrera 
universitaria sin ninguna erogación 
por concepto de matriculáis. 


Bueno; será porque ya no tene- 
mos tierras recién pobladas. . . 

Chivas y ovejas 

El origen de los animales ca- 
bríos y lanares en «el Río de la Pla^ 
ta, se debe a don Unflio de Chaves» 
quien de vuelta del virreynato del 
Perú, dejó en e¡l Paraguay determi- 
nada cantidad de cabra® y ovejas. 

L a procreación -consintió años 
después, que tan simpáticos y pro- 
ductivos animalitos, llegaran a las 
márgenes del Plata, en donde en- 
contraron ambiente más propicio 
para su fecundante desarrollo. 

Par a que el lector pueda apre 
ciar el valor que por entonces te- 
nían las -ovejas, diremos que en la 
ciudad de Cuzco, se pagaba por ca- 
da una de ella® cincuenta o sesen- 
ta pesos fuentes. 

Vacunos 

En lo que se reriere al animal 
vacuno, -debemos ¡decir, que allá por 
el año 1555, un señor Gaete, por- 
tugués de origen, condujo desde 
Santa Catalina (Brasil) -hasta el 
Paraguay y por cuenta de los her- 
manos don Eisoipión y don Vicente 
Coes, siete vacas y un to;:o, impor- 
tados de "las Españas”, cuyo con- 
junto! fué el primer plantel que ha- 
bía de suministra^ con el trans- 
curso de los años, otros nuevos, 
para los pueblos del Río de la Pla- 
ta, que hoy con justo titulo, pue- 
den vanagloriarse de ser un factor 
importantísimo en el comercia 
mundial de ¡la carne. 

Gaete, que condujo los animales 
por tierra, recibió como compensa- 
ción por lo que debió ser penoso 
trabajo ide tropeo, una vaca, que 
por aquel entonces importaría c? • 
si, una fortuna. 

El Municipio de Montevideo dló 
el nombre de "Goes”, rindiendo ho- 
menaje a los hermanos que impor- 
taron los animales que nos ocupan. 



— 37 


a la calle que lleva hoy, eii nom- 
bre de “Avenida General Flores'-. 

En 1580, la procreación consin- 
tió que Garay, fundador de Buenos 
Aires, hiciera traer desde el Para- 
euav algunos animales para poblar 
la campaña ; y en 1679, el Gober- 
nador Garro, hizo transportar a la 
“Banda Oriental”, por cuenta del 
Rey, una tropa dei ganado vacuno, 
para poblar la campiña uruguaya y 
estimular con su procreo, la veni- 
da de gente de Buenos Aires, con el 
fin de resguardar mejor, así, el te- 
rritorio de aquella capital. 

El caballo en el Uruguay 

Algunos animales de la raza ca- 
ballar que Riquelme, al abandonar 
San Juan Bautista, bulbo de dejar 
por las fuerzas de las circunstan- 
cias ( — dieron lugar a que en poco 
tiempo, procrearan con asombrosa 
rapidelz. 

Tal ha sido el origen de la raza 
caballar en esta República, de cu- 
yas enormes cantidades que vivían 
en completo estado de libertad, nos 
hemos ocupado ya, detenidamente, 
en el primer tomo de “Recuerdos 
y crónicas de antaño” . 

Comercio de negros esclavos 

La introducción y venta de ne- 
gros, se llevaba a término, como si 
se tratara de cualquier animal. 

En 1702 se fundó en Buenos Ai- 
res una compañía francesa, que se 
llamaba de “Asiento”, para la im- 
portación de negros, teniendo u 
casa en el Retiro. Como derechos 


de importación, abonaba al reino, 
treinta y tres pesos con cincuenta 
centésimos por cada negro que In- 
trodujera; y se había celebrado 
además uu contrato con la Corte, 
obligándose la compañía a intro- 
ducir treinta y ocho mil esclavos 
durante la guerra que sostenía Es- 
paña; y cuarenta y ocho mil des- 
pués que se celebrara la paz. 

Este infame comercio pasó des- 
pués a poder de una compañía in- 
glesa. 

Y para que se vea el escrúpulo 
que sobre el particular sentían las 
“naciones civilizadas” de la Euro- 
pa, diremos que en 1517, esos mal 
llamados derechos sobre comercio 
humano estuvieron a cargo de los 
flamencos hasta 1”8Ü. Los génove- 
ses que siempre fueron tan hábiles 
navegantes como buenos comercian- 
tes hicieron sus razias de negros, 
desde 1595 a 1600, con positivos 
beneficios pecuniarios. En 1600 el 
gobernador portugués de Angola, 
Juan José Coutines, celebró un 
contrato, obligándose a introducir 
en las colonias españolas de la 
América, cuatro mil dos cientos 
cincuenta negros por año. En Agos- 
to de 1701 se celebró otro contra- 
to con la compañía. Real de Guinea, 
establecida en Francia, para la in- 
troducción de esclavos. Y final- 
mente, España contrata en 1713 
con Inglaterra la Introducción de 
los desdichados negros a estos jó- 
yenes países, suscribiéndose el con- 
trato en Madrid, el 26 de M&tzo 
del expresado año. 



ES VD. CURIOSO? 

IiA HISTORIA EN SINTESIS DE LOS ASILOS DE MENDIGOS DE 
HUERFANOS, DEL CUERPO DE BOMBEROS Y DE LA FORTA- 
LEZA Y FAROL A DEL CERRO 


El Asilo de Mendigos 

El Asilo Piñeyro del Campo que 
funciona en la Unión, conocido tam- 
bién con el nombre de Asilo de Men- 
digos, que tal fué su primitiva de 
nominación, debe' su origen a una 
donación de terreno, que a tales fi- 
nes, hizo en el año 1347, don To- 
más Basañez. 

Allí se Levantaron en plena Gue- 
rra Grande, las primeras construc- 
ciones que sirvieron de sede al go- 
bierno y comandancia militar de 
Oribe; y todavía pueden verse algu- 
nos calabozos, que han sido trans- 
formados para fines más humanita- 
rios. 

En realidad, la inaguración co- 
mo Asilo de Mendigos, data desde 
1860 que se inició con trece 1 camas 
solamente: siete para hombres y 
seis para mujeres, con la concurren- 
cia del entonces Presidente de la Re 
pública don Bernardo P. Berro, a cu- 
yo acto asistieron también ministros 
del Estado, diplomáticos y altas per- 
sonalidades, dando lugar a que en 
tal ocasión se pronunciaran los dis- 
cursos de práctica y a que se reali- 
zara una modesta fiesta. 

El de Huérfanos o Dámaso 
Larrañaga 

iEI Asilo que ahora es conocido 
por "Dámaso Larrañaga” y que otro- 
ra, cuando funcionaba el torno en 
el frente de la calle Jackson, llama- 
dla amtes Asilo, se llamaba de 
Huérfanos, tiene su base en 1818, 
en quie, por ánlilciativa >diel pres- 
bítero doctor don Dámaso Larraña- 
ga, empezó a funcionar como una 
dependencia del Hospital de Cari- 


dad (Maciel), dentro de una sala 
que estaba bajo el patronato de la 
"Hermandad des Caridad y San Jo- 
sé”. 

Corrieron los años; y con ellos, 
las necesidades de ampliar la bené- 
fica obra iniciada por el sabio y pa- 
triota sacerdote. 

Un señor Lahitte hizo donación 
cíel terreno en donde hoy funciona 
el Asilo, imponiendo la condición de 
que debía erigirse también dentro 
del mismo perímetro, una capilla pa- 
ra la realización de oficios religio- 
sos, como así también la construc- 
ción de un local para escuela públi- 
ca en la que se diera instrucción 
gratuita a los niños pobres de los 
alrededores. 

Con esa base, con la decidida y 
eficaz cooperación del pueblo que 
contribuyó a la colecta que se levan- 
to y con el apoyo del gobierno regi- 
do entonces por el coronel don Lo- 
renzo Latorre, quién más tarde man- 
cillara tan noble empresa — pudo 
inagurarse el edificio que hoy sir- 
ve de asiento a este nosocomio que 
se encuentra bajo la dependencia de 
la Asistencia Pública Nacional 

El régimen laico que impera en 
todos lós establecimientos públicos, 
so implantó en 1 916 : — y desde en- 
tonces y por especial pedido de una 
comisión de damas, se disgregó a 
capilla del resto del establecimien- 
to, con todos sus atributos religio- 
por, para sw regida por las peticio- 
nantes. 

El torno, en el cual se deposita- 
ban las criaturas anónimamente pa- 
ra que de ellas ®e hiciera car.go el 
Estado sin ninguna clase de docu- 
mentación ni referencia, estaba eto- 



potrado en la pared que dá sobre la 
calle Jackson; y hasta no hace mu- 
chos años, una chapa de mármol 
adosada sobre la misma pared os- 
tentaba la siguiente cuarteta: 

“Mi padre y mi madre 
“Me arrojan de si 
“La Caridad Divina 
“Me recoge aquí” . 

Este procedimiento mecánico para 
a introducción de expósitos en el 
Asilo, dió lugar a que las pobres 
hermanas de caridad que perma- 
necían de guardia al lado del torno 
fueran victimas de más de una bro- 
ma de mal gusto, entre las cuales 
puede contarse la má© frecuente., 
que consistía en la presencia de un 
amenazante perro, que un gracioso, 
después de haber hecho sonar la 
campanilla de alarma lo introducía 
desde la calle (haciendo girar el tor- 
no para llevar la intrajquilidad a las 
pobres monjas. 

El Cuerpo de Bomberos 

Antes, cuando no existía cuerpo 
de bomberos ni cosa que se le pare- 
ciera, al estallar un incendio, 106 
campanarios de las iglesias se en- 
cargaban de prevenir al pueblo, con 
un repiqueteo especial de lá campa- 
na mayor, de lo que ocurría; y los 
vecinos, policía y tropa de línea así 
prevenidos, ee lanzaban a la calle 
con baldes, con tachos y cueros, y 
después de consultar al horizonte 
para cerciorarse de que punto salía 
la humareda, corrían veloces hacia 
el lugar del siniestro. 

Todos los algi'bes de la ciudad pa- 
gaban su tributo; y mientras uno de 
los tantos “bomberos” voluntarios 
sacaba agua de aquel o dlel pozo, 
para irla (volcando dentro de una ti- 
na colócala al lado del brocal, los 
demás vecinos formaban cadena pa- 
ra irse pasando de mano a mano el 
balde o la lata de agua, cuyo conte- 
nido, cuando llegaba al lado de la 
hoguera, ya iba reducido a más de 
la mitad. 

En la intervención de log incen- 
dios que se combatían así, a balda- 
zos de agua, y con cueros mojados, 
no habla clases sociales. Desde el 
más encumbrado personaje hasta el 
mára humilde de los hombres, todos 
aportaban su esfuerzo personal en 

ja ^ e ^,1 _ * — • - ,-.>1 


cado, porque a ello se considraban 
obligados pot vínculog de solidari- 
dad. 

Y asi ocurría hasta 1884, más o 
menos, en cuya fecha ya se había 
adelantado un poiquito más en el ar- 
te de extinguir los incendios, pues el 
Cabildo contaba con un carrito pro- 
visto de un manga, vehículo que en 
la estación de estío, realizaba sus 
salidas hasta la vereda de enfrente, 
para hacer el riego de los canteros 
de la Plaza Constitución. Por enton- 
ces desempañaba las funcione© de 
portero o conserje dle la Jefatura de 
Policía, el inolvidable don Pablo 
Banales, que con el correr de los 
años habría de ser uno de los fun- 
cionarios más populares y queridas 
de Montevideo, Cuando la campana 
dJe a Matriz anunciaba que había 

estallado un incendio. Báñales salía 
a todo escape con su carrito hacia el 
lugar del siniestro, cuyo vehículo 
arrastraban los presos del Cabildo, 
a quienes custodiaba una guardia 
die la tropa de línea' de servicio en 
aquella institución, con el fin de in- 
tervenir también con su muy mo- 
desto elemento de combate para la 
extinción del fuego. 

El gran incendio de un molino de 
la calle Agraciada, cuyo hecho ocu- 
rrió en 1887,' preocupó seriamente 
la atención de la población que ya 
había dejado de ser un villorrio; y 
el coronel don J. Muró que a la sa- 
zón desempeñaba interinamente el 
cargo de Jefe P. y de Policía de la 
Capital en sustitución del general 
don Salvador Tajes, que se encon- 
traba enfermo, convocó a la pobla- 
ción nacional y extrangera exor- 
tándola a contribuir a la adquisi- 
ción de los útiles que, dotados a un 
cuerpo de bomberos, harían que es- 
te llenase con éxito su cometido.” 

El llamado del coronel Muró tu- 
vo éxito, constituyéndose una comi- 
sión que integraron el expresado 
militar como Presidente; Vice, don 
Francisco Gómez; Tesorero, don 
Pedro Etdhegaray; Secretario, don 
José C. Morera; y Vocales los seño- 
res José Montero Wentises, José 
Luis Misaglla. Escribano Venancio 
Ruiz, Pablo Mafié, José Bonavia y 
Juan Comas. 

Como resultado de les rreatinnnq 



— 4 , 1 ) - 


ron a la policía representada en el 
caso por los señores Closimbo Baci- 
galuz y Eleuterio E. Cazal, el 14 de 
Abril de 18\88, los materiales que 
sirvieron para el novel Cuerpo de 
Bomberos y que se encontraban de- 
positados en el Regimiento de Arti- 
llería No. 1 

La ecuanimidad de don Salvadoi 
Tajes, hizo que la superioridad con- 
firiera la jefatura del Cuerpo de los 
Bomberos, con un plantel de treinta 
y cinco hombres, a don Pablo Baña- 
Ies, quien tanto se había distingui- 
do en todos los siniestros y que con 
el correr de los añbsi habría de lle- 
gar al grado de coronel. 

Todos recordamos los apremios 
en que se veía el veterano jefe de 
bomberos, cuando años más tarde, 
con sus escasos y maltrechos ele- 
mentos de acción suplía con su valer 
y la tenacidad de sus subordinados 
v .oue él tan ! bién les había inculca- 
do, lo s escapes de agua, que a cho- 
rros, salían por los innumerables 
agujeros de aqu.eílas mangas que, 
por veteranas, protestaban así de 
sus ya dilatadísimos servicios 

La farola del Cerro 

El funcionamiento del faro que 
desde la cumbre del Cerro sirve de 
guía a la navegación, data desde ei 

año 1804, sin que ello no quiera de- 
cir que su luminidad haya sufrido 
intermitencias como ocurrió en 
1843, a poco de iniciarse la Guerra 
Grande en que, la escuadra argenti- 
na al mando del almirante Brown 
que bloqueaba el puerto, la destrozó 
a cañonazos. 

Y ya que hablamos de la farola 
justo es que hablemos sintéticamen- 
te siquiera de la fortaleza que la so- 
porta. 

En el año 1753, el Gobierno Es- 
pañol dispuso la construcción del 
expresado recinto, como asi tam- 
bién del q/ue se conoce con la deno- 


minación de Fortaleza de Santa Te- 
resa, del Departamento de Rocha, 
votando para los expresados -fines la 
suma de $2.500.000.00 cuya suma 
debía proporcionarla el Perú. Como 
la cantidad expresada no alcanzó 
para cubrir los gastos, las construc- 
ciones que nos ocupan no fueron 
terminadas en la forma que deter- 
minaban los proyectos respectivos . 

Como datos complementarios aña- 
diremos que durante el año de 1&53 
la Fortaleza -sirvió como lazareto; y 
que la fundación de la Villa del Ce- 
rro, data desde 1834. 

Algo más sobre los bomberos 

En las últimas “Crónicas de an- 
taño” aparecidas en nuestro suple- 
mento y a raíz de historiar la crea- 
ción del Cuerpo de Bomberos en 
Montevideo, di 1 jimios, ateniéndonos 

a lo» datos que nos proporcionaran 
qu/3 el extinto oooomei Pablo Baña- 

Ies, que por espacio de tantos años 
fué digno jefe de aquel cuerpo, co- 
menzó su carrera como bombero, 
cuando aún no estaba constituido 
aquel cuerpo, ocupando a la vez el 
cargo <de conserje del antiguo Ca- 
bildo. 

Con informes más precisos, afir- 
mamos hoy que don Pablo Báñales 
nunca desempeñó aquellas funcio-, 
nes, habiendo ingresado en 187)8 a 
la Administración Pública como 
simple bombero, en el destacamen- 
to que mandaba en ese entonces, 
con el título de enoairgiado de las 

bombas, don José Reynés, durante 
el gobierno de Latorre. 

Poco tiempo después el señor Bá- 
ñales pasó a ocupar el puesto de 
don José Reynés, y fué desempe- 
ñando el mismo que el general Sal- 
vador Tajes, jefe político de Mon- 
tevideo en 1888, lo llevó a la je- 
fatura del Cuerpo de Bomberos, en 
atención a sus méritos excepciona- 
es, al crearse este cuerpo. 



LA VIBORA DE LA CRUZ 

( LEYENDA INDIGENA ) 


— Cuála es la Víbura mas ponzo- 
ñosa, tata? 

— La crucera, m’hijo, la crucera 
— ¿La de la cruz? 

— La mesma. 

— Algunos dicen que es la del 
cascabel . . . 

— Los que no están bien enteraos 
de estas cosas. 

— ¿Y porque es más peligrosa la 
de la cruz? 

— ‘Porque dimana del cristiano. 

— Cómo? . . . ¿Del cristiano, ta- 
ta? 

— ¡ De juro! ¡Del cristiano, no- 
más! . . . 

— ¿A ver?... ¡Cuente, tata, 
cuente, que ha de estar güeña esa 
historia! ! . . . 

Y el viejo abuelo, después que 
hubo picado naco sobre la palma 
de una de sus manos y de estirar 
con el lomo de su enorme cuchilla 
la hoja de chala para liar grueso ci- 
garro que encendió tomando del fo- 
gón una brasa de espinillo, empezó 
así sus dichos: 

— Había una vez . . . 

— Pero-. . , ¿es cuento ú historia, 
tata? 

— Lo mesmo dá. Es cuento y es 
historia. Es algo así como pan con 
grasa. ¿Te gusta el pan con grasa, 
borrego?, — añadió el viejo soca- 
rronamente, después que hubo aspi- 
rado verdadera nube de humo de su 
tabaco de picadura y al que daba es- 
cape a grandes bocanadas por entre 
las marañas de su barba hirsuta y 
poblada*. 

Güeno; — entonce no me inte- 
rrumpas, porque de nó, siento el 
garrón del converso y te quedás sin 
el cuento y sin la historia. . . ¡Dia- 
blo 'e muchachos, estos, que siem- 
pre han de estar escupiendo al asao! 

- — Ta bien, tata, comience . . . 


— Escuché, pues. Cuando esíte país, 
era tuito campo abierto y que, casi, 
casi, lo mandaban iO,s indios, por- 
que ellos eran los mas, unos flaires 
a quienes tildaban de jesuítas y que 
enseñaban a los infieles a ser cris- 
tianos, se establecieron en unía tol- 
dería, en cierto paraje de allá po el 
Norte, por las Misiones Orientales, 
que ricien las había conquistao pa 
la Patria el general don Frutos y en 
donde aquellos, formaron una gran 
estancia y una iscuela. . , 

— ¿Y iglesia, tata? 

— Y onde has visto, vos, — gu- 
rí, — flaires sin iglesias? 

— 'Como usté no las mentaba... 

— G-üeno; calíate, porque si no 
es pa pior. Al prencipio, la iglesia 
jué un rancho; y las dos campanas 
que tenía pá llamar a misa a la in- 
diada, colgaban de unas crucetas de 
ñandubay, por falta de michinal que 
las aguantara, — mesmamente al 
frente de la dentrada al rancho. 

Los flaires, pa tener contenta a 
la indiada, hacían de cuando en vez 
unas fiestas llamadas tupambays y 
á las cuales solían concurrir ta*- 
bién indios de otras layas, — -Ven- 
tendés, borrego?, — indios de otras 
tribus, — y que entoavía no habían 
dentrao del todo por la ceveliza- 
ción, — cuyas fiestas eran de comi- 
lonas a base de asaos con cuero, con 
la ñapa de domas de potros, corri- 
das de sortijas, bailes y algún poco 
de chupandina, porque has de sa- 
ber m’hijo, que los indios eran tam- 
bién muy afetos al trago . . . 

En cierta riunión de estas, se ha- 
bía allegao también una india joven 
y linda como una flor, a quien por 
eso mesmo llamaban "Sol del ama- 
necer”. Esta doncella se diferencia- 
ba de las otras por su firme volun- 
té de no querer participar en las 
danzas y en no atender tampoco a. 



— 42 — 


las tendidas de alas de naides. Pa- 
recía como si juyera de miedo a que 
le empañasen con el contacto, el 
espejo de su hermosura, en el cual 
solo podían mirarse los mancebos 
dende lejitos y las mojarras cuan- 
do ella se arrimaba a la playa a 
arrancar flores de camalotes . . . 

Entre los muchos aspirantes a la 
mano de “Sol del amanecer”, figu- 
raba el hijo del cacique del pago, 
doncel que por mas esfuerzos que 
hizo en el sentido de dispertar las 
simpatías de su adorado tormente/, 
en jamás pudo conseguir de ella ni 
la más mínima esperanza de corres- 
pondencia. 

Y, naturalmente; — cuando la 
india pasaba po al lado de los gru- 
pos que formaban los hombres, se 
levantaba entre los mismos murmu- 
llos de admiración, de respeto ... y 
de codicia. 

Tuitos ellos, tocados po ese mos- 
quito zumbador que se llama amor, 
aspiraban a una sonrisa de la desde 
ñosa india, que importara una pro- 
mesa de un “pior es nada”, por lo 
menos, una simpatía, una esperan- 
za o una adhura de querer. . . 

— 'Parece mentira, dijo uno de 
los indios del grupo, qué “Sol del 
Amanecer” no haiga encontrao en- 
toavía al hombre que le guste. 

— ¡El qué. . . ?, — respondió con 
sorna nacida en un fondo de despe- 
cho, el hijo del cacique. 

— ¡Cómo!!!... ¿Acaso tú? 

— ¿Y porque no? He agenciao al- 
go mas que sus sonrisas. 

¡Sus favores! 


Y dende ese momento, quedó 
manchada infamemente la honra de 
la doncella, por la mala lengua de 
Un despechado, — prosiguió dicien- 
do el viejo, — mientras que con el 
índice de su diestra, trazaba marcas 
y mas marcas, sobre el rescoldo del 
fogón. 

— ¿Y los indios, tata, hablaban 
ansina en cristiano? requirió el chi- 
co con aire pensativo. 

— No, muchacho; — eran bas- 
tante bozalones p’hablar. La mitad 
la champurreaban arrevesaos como 
en vasco; y la otra mitá, como en 
indio. Pero . . . como yo no soy ni 
-vasco ni indio, te cuento la historia 


en cristiano pa que la comprendáa 
mejor. ¿M’entendés? 

— ¡Ah! ! 

— Güeno; meto lerna y corro 
tiento. La calunia se jué esparra- 
mando de toldería en toldería; y su 
ponzoña, llegó a inoarse como espi- 
na ’e coronilla, muy hondamiente en 
el corazón de la pobre india, quien, 
deseperada invocaba a sus dioses, al 
“Tupá” de su raza y al “Mandejara” 
de los cristianos, para que castiga- 
ran a su difamador, que tan bien 
servía a “Añá” ... 

— ¿Y quién era "Añá”, tatita? 

— El diablo de los indios, mucha- 
cho. El mesmo mandinga de los 
cristianos. 

Tan grande jué el fervor de sus 
rezos, tantas jueron sus imploracio- 
nes a Diós y a las estrellas, que la 
cosa empezó a meter mucha bulla 
entre la indiada; — y el caluniador, 
superstisioso como güen indio, ca- 
yó gravemente enfermo, como si 
mesmamente lo estuviera del “da- 
ño” y sin que jueran bastante para 
devolverle la salú, los sortilegios de 
los adivinos de la tribu . . . 

Alguno habló entonce, de llamar 
a un fluiré. Colijo, — dijo — que 
el rostro pálido pueda salvarlo. 

Hay que llamar al “pahí” dijeron 
los indios. 

Y jué el flaire y vido al enfermo 
que estaba tendido sobre unos cue- 
ros de venaos, con los ojos sumidos 
como boyas, po allá dentro, ceTca 
de la nuca, de tanta fiebre que te- 
nía. 

— '¿Es cierto, le preguntó el flai- 
re, que tu juiste amante de “Sol del 
Amanecer? 

— Nderereí, pahí . . . 

— No, ché. A mi hacíame en cris- 
tiano como yo t’hablo y como vos 
sabés hacerlo tamién. . . 

— Digo que es mentira, padre. 

— ¡Ah!... ¿y pa que mentiste, 
entonce? ¿No sabés que eso ©s un 
pecao mortal? ¿Porque le levantas- 
te ese falso a la muchacha? 

— 'Porque ella no me hacía caso . . 

¿Y querés curarte? 

— Si, pahí. 

— Padre, ché. . . 

Sí, padre. 

— Güeno, yo t’viá curá. Vos, por 
tu lengua ponzoñosa tenés al diabla 



— 43 


metido entre el cuerpo y hay que 
sacártelo aunque sea a la juerza. 
Estás dominao por tu “Añá”. Le- 
vántate y te venís conmigo a la igle- 
sia, aurita mesmo. 

Y allá se jueron los dos, a eso 
del medio día. 

Ya en la iglesia el flaire agarró 
del único altar que había, una vela 
muy larga y dándosela al indio des- 
pués que le prendió juego al pabilo 
le dijo: 

— Tomá esta vela pa que, arrodi- 
llado y rezando sin pararte padres 
nuestros y aves marías, la sosten- 
gás, hasta que se consuma del to- 
do. Si te llegás a dormir, o se te 
apaga, o se te cai, tendrás un casti- 
go terrible de Dios. Pa que te de- 
sempeñes mejor, naides. dentrará á 
la iglesia y así no te distraerás en 
tus oraciones. Ansina lavarás tu pe- 
cado. . . Ya saibés, indio: ¡No te 

durmás! ! . . . 

Y dicho esto, salió el flaire pa su 
ranchito que tenía al ladito del 
templo. 


Cuando las barras de un nuevo 
día ponían en movimiento a los pá- 
jaros del monte, que, entre canto y 
canto se espulgaban el plumaje pa- 
ra estar güenos mozos; y cuando 
las fieras, después de una noche de 
recorridas en busca de sus alimen- 
tos, ganaban sus guaridas, se sin- 
tió de pronto que las campanas de 
la iglesia, — sin que naides la toca- 
ra — doblaban a muerto. 

La indiada toda empezó a salir de 
sus toldos y de sus chozas, pa ente- 
rarse de quien era el finao . . . 

— ¿Y el flaire, tata? preguntó an- 
sioso el nietecillo. 

— El flaire que ya se había mali- 
ciao lo sucedido, marchaba en pun- 
ta ru’nbo a la iglesia llevando en 
la mano un santo cristo y seguido 
por mna montonera de indios; — y 
cuando ya iba a abrir la puerta dán- 
dose güelta, leg dijo: 

— ¡Qué ninguno dentre, porque 


aquí ha de haber ocurrido algo muy 
juerte. Las campana® siguen doblan- 
do entoavía. 

Y cuando abrió la puerta, — pro- 
siguió contando a su nieto el viejo 
abuelo, — a que no sabés lo que se 
vido, gurí? 

— El indio incao, entoavía. 

— 'No; pior. 

— Dijuntiao. 

— No; más pior que eso. 

— -No adivino, tata, no adivino. 
Diga Vd. tatita. 

Tamañaza vibura e’la cruz que 
como rabiosa se arrastraba p’arriba 
y p’abajo po el piso e’tierra. . . El 
indio, ché, que a la fija se durmió 
y dejó caer la vela, recibió el casti- 
go e’Dios. 

Tal jué la primer víbura de esa 
laya que hubo en el mundo entero. 
Y el flaire cuando la vido, hacién- 
dole la señal de la cruz, le dijo en 
indio pa que lo entendiera mejor. 

— Hreicó, vaerá, esterorupí ha ce- 
rranía, apuiterupí hrerajá vaerá cu- 
ruzú señal!! 

— ¿Que quiere decir eso, tata? 

— Andarás por bañados y por ce- 
rros, entre la peor sabandija y lle- 
varás la señal de la cruz. 

Y la vibura ché, ni bien le abrie- 
ron cancha, juyó como un re- 
jucilo campo ajüera pa entre- 
verarse con los demás bichos 
ruines que poblaban los campos so- 
litarios, llevando sobre su cabeza, 
pa mayor castigo, y pa escarmien- 
to e’la indiada, la señal de que ha- 
bía sido cristiano. . . 

— ¿Y la india, tata? 

— ¿Cuala, ché...? 

— "Sol del Amanecer” 

— La pobrecita que se había arri- 
mao también a curiosear y cuando 
vido salir al indio convertido en ví- 
bura, cayendo de rodif as y elevan- 
do los ojos al cielo, exclamó con el 
alma rebosando fé. 

— ¡Ché tupasimiü! Lo que en 
güen cristiano quiere decir: 

¡Virgencita mía! ! . . . 

F 

t 



MONTEVIDEO EN GESTACION 

EN CONDICIONES DE DEFENSA DOS PRIMEROS POBLADORES 

— LOS DIAS DE HOLGANZA — EL PRIMER CENSO — PRI- 
MERAS AUTORIDADES — LA EDIFICACION — IGLE- 
SIA MATRIZ — PRIMERA NOMENCLATURA. 


En condiciones de defensa 

Don Bruno Mauricio de Zabála se 
hizo cargo del gobierno del Río de 
la Plata el 11 de .Julio de 1717, y 
años más tarde, esto es, el 24 de 
Diciembre de 1726, fundaba I a ciu- 
dad de Montevideo. 

El 11 de Octubre de 1716, el rey 
de Esipaña dispuso, aunque sin re- 
sultado práctico, poTque no se con- 
taba con recursos para ello, que el 
gobernador del Río de la Plata, a 
la sazón don Baltasar García Ros 
procediera a fortificar “los puntos” 
de Montevideo y Maído nado, con el 
fin de evitar que ellos cayeran en 
manos de los portugueses, que tan- 
to cond iciaban esta, s costa®. 

"V fué así, domo años más tarde, 
antes ide que se procediera a la de- 
lincación de la ciudad, se iniciara 
el 23 de Pebre.ro de 1724 la cons- 
trucción del Fuerte San José, con 
mil indio® misioneros que se traje- 
ron a Montevideo para la ejecución 
de las obras de defensa, de las que 
sólo quedan hoy recuerdos y algu- 
no que otro vestigio. 

El 2 de Abril de 1797 fué bauti- 
zado el fuerte que nos ocupa con 
el nombre die “Reducto de Punta 
del Oeste”, quedando defendido por 
diez cañones y ciento diez hombres 
que mandaba don Francisco Anto- 
nio de Leimus. 

Los primeros pobladores 

El primer poblador oficial que 
tuvo Montevideo, fué don Jorge 
Burgués, con cinco miembro de gu 
familia, allá por 1724, quien levan- 
tó una casa con paredes de piedra 


y techos de tejas, que le fueron 
traídas las última® desde Santa Fe. 
El heroico de don Jorge, ya que he- 
roico tenía que ser por fuerza para 
servir de tentación a lo® malones de 
la indiada, formó una huerta conti- 
gua a la finca, cuyo predio resguar- 
daban varioig árboles. 

Puede decirse, pues., que don Jor- 
ge Burgués íué también él primer 
chacarero del Uruguay. 

Miás tarde aumentaron el contin- 
gente de pobladores las familias de 
Sebastián Carrasco, Bernardo Gai- 
tán, José Gómez de Meló, Juan An- 
tonio Artigas (abuelo del liberta- 
dor), Juan Bautista Callo y Jeró- 
nimo Pistolete. 

Otro nuevo contingente de pobla- 
dores nos llegó el 19 de Noviembre 
de 1726, a bordo del barco “Nues- 
tra Señora de la Encina”, proceden- 
te de la® Islas Canarias, con trece 
familias Que en total sumaban cien- 
to seis personas, enviadas pot Al- 
zaibar y que, por cierto, constituían 
un buen refuerzo para la localidad. 

Poco tiempo después, el 24 de Di- 
ciembre del mismo año, el capitán 
don Pedro Millán, por orden de Za- 
bala, procedió a señalar la juris- 
dicción de Montevideo y al reparto 
de tierras a los pobladores. 

Los días de holganza 

Muy al contrario de lo que ocu- 
rre boy, que disfrutamos basta de 
semanas enteras de descanso im- 
puestas por el calendario oficial, ee 
establecieron en los días de la fun- 
dación de esta capital, como “fies- 
tas de guardar”, — vale decir: de 
holganza, — aparte de los consa- 
grados domingos, — estas tres ún! 



— 46 


cas y por entonces grandes fechas: 

La de San Felipe y Santiago. 

La Concepción de Nuestra Se- 
ñora y la de San Sebastián 

El primer censo 

En Diciembre de 1728 se levantó 
el primer censo de Montevideo, que 
arrojó la cantidad de ciento setenta 
pobladores d'el sexo masculino. 

El documento que tenemos a la 
vista no nos dice nada respecto al 
número de habitantes del bello se- 
xo; pero cón toda seguridad puede 
afirmarse, que la población total de 
la Capital, no llegaría por entonces 
ni con mucho, al medio millar de 
almas. 

Autoridades 

No obstante el escaso número de 
pobladores, Zabala dispuso que el 
l.o de Enero de 1730 se eligiera en 
Montevideo, Cabildo, Justicia v Re- 
gimiento, por elección popular; y 
esto sí, lo afirmamos: no hubieron 
"‘gatos” en el acto electoral, porque 
los electores eran pocos y se cono- 
cían. 

He aquí ahora, el resultado de la 
primera elección que tuvo Montevi- 
deo, cuyo acto lo presenció el pro- 
pio Zabala: 

Don José Vera Perdomo, para Al- 
calde de Primer Voto y Juez puta- 
tivo de naturales. 

Don José Fernández, paira Al- 
calde de Segundo Voto y Juez de 
Menores. 

Don Cristóbal C. Herrera, para 
Alguacil Mayor y defensor de me- 
nores. 

Don Juan Camejo Soto, para Al- 
férez Real. i 

Don Bernardo Gaitán para Al- 
calde Frovincial. 

Don Isidoro Pérez Roja, para 
Regidor fiel ejecutor. 

Don Jorge Burgués, para Regidor 
y depositario general. 

Don José Gómez de Meló, para 
Procurador General de la Ciudad. 

Don Juan A. Artigas, para Al- 
-oalde de la Santa Hermandad. 

Habiendo Rojas renunciado el 
cargo, fué encargado de desempe- 
ñar las funciones de fiel ejecutor, 
don José Gómoz de Meló. 

Como "Cura de Almas” fué 


nombrado el sacerdote don Nicoiás 
Bárrales; y para su sostenimiento, 
los vecinos se comprometieron for- 
malmente a contribuir cada uno de 
eJlos, con la suma de doce reales. 

Edificación 

Por entonces Montevideo no con- 
taba nada más que con tres o era- 
tro casas de un sólo piso, de la- 
drillo y piedra; y unas cincuenta o 
sesenta chozas formadas con cue- 
ros de vacunos, que por entonces 
no valían nada| Hacían las veces 
de albañiles, indios misioneros qué 
habían sido adiestrados a tales 
efectos, por los jesuítas. 

Iglesia Matriz 

La primitiva iglesia Matriz que, 
como lo hemos dicho en el primer 
tomo de ‘‘Recuerdos y Crónicas de 
Antaño”, se levantó en la esquina 
que forman las calles Ituzaingó y 
Rincón, — costado Norte de la 
Plaza — tuvo su oirigen en unaj 
reunión de vecinos, celebrada el 3 
de Febrero de 1730, en cuyo acto 
se convino, que para la realización 
de la obra, trabajarían los mismos 
personalmente,, por tuirnos 'de vein- 
te, a razón de ocho días por turno. 

Y como si eso no fuera bastante, 
dos años más tarde, ante la demo- 
ra que se observaba para la termi- 
nación de la obra-, resolvieron los 
miembros de la expresada comisión 
contribuir con la suma de diez pe- 
sos cada uno. 

La terminación del templo cuya 
construcción se paralizó hasta 1738 
se llevó a término, gracias a la ge- 
nerosidad de don Francisco de Al- 
zaibair, en 1739. Tantos esfuerzos 
y desvelos de los primeros pobla- 
dores se perdieron con el derrumbe 
del templo cuarenta años más tar- 
de, — el 12 de Junio de 1788. 

Dos años después, ' en Noviembre 
de 1790 se colocó la piedra funda- 
mental del nuevo templo, sobre la 
misma calle de Ituzaingó, que ya 
se llamaba de la Iglesia y» — preci- 
samente — en la esquina opuesta 
con la que había ocurrido la des- 
gracia, — lugar ocupado por la 
actual Matriz. La piedra fundamen- 
tal fué colocada en la esquina Sur 



— 46 - 


Oeste del solar, a “tres varas de 
profundidad” y con los ceremonia- 
les que son de práctica en estos 
casos. 

Conviene destacar, que mientras 
no se habilitó la primera Matriz la 
población concurría a la capilla lla- 
mada de los jesuítas, que funciona- 
ba en el Fuerte, con paredes de 
paja y techos de cuero, erigida pa- 
ra que allí oyeran las prácticas re- 
ligiosas los indios misioneros que 
habían sido traídos a Montevideo, 
para que trabajaran en las obras 
de defensa de la ciudad. 

Que nuestros mayores sabían ha- 
cer muy bien las cosas, lo demues- 
tran en forma indiscutible, las her- 
mosas reliquias que nos legaron, de 
la Matriz y del Cabildo; — y si a 
ello agregamos que ya en 1818, se 
llevó la campana para el reloj pú- 
blico, nuestra afirmación no podrá 
ser puesta en tela de juicio. 

Esa campana procedía del Conven 
to de San Francisco, que como lo 
hemos dicho en otras oportunida- 
des, estaba edificado en el terreno 
en donde boy se levanta la Bolsa 
de Comercio (Zabala y Piedras) . 

El reloj, lo donó el Cabildo 

Nomencladora 

La vieja nomenclatura que se 
conoce generalmente, es la que lle- 
ya nombres de santos, que nosotros 


hicimos conocer en el primer tomo 
de "Recuerdos y crónicas de Anta- 
ño” y que en realidad fué ia se- 
gunda que tuvo Montevideo, pues, 
el 31 de Mayo de 1730 el Cabildo 
decidid llamar a las calles de la 
incipiente ciudad con los siguientes 
nombres, — aunque no se coloca- 
ron las chapas Indicadoras. 

Calle de la Frontera, a la actual 
Piedras y que anteriormente era 
San Miguel. 

De la Fuente, a Cerrito, antes 
San Luis. 

De la Cruz, a 25 de Mayo, antes 
San Pedro. 

Real, a Rincón, antes San Ga- 
briel . 

De la Carrera, a Sarandí, ante3 
San Carlos. 

Del Piquete, a Buenos Aires, an- 
tes San Sebastián. 

De Afuera, a Reconquista, antes 
San Ramón. 

De Calló, a Zabála, antes san 
Francisco. 

De Traviesa, a Misiones, antes 
San Felipe. 

De Puesto Chico a Treinta y Tres. 

De la Iglesia, a Ituzaingó, antes 
San Juan. 

Del Cementerio, a Juan Carlos 
Gómez, antes San Fernando y más 
tarde Cámaras^ 

Entera, a Bartolomé Mitre, antes 
San Telmo y más tarde Cerro. 

Y Media Calle a la de Juncal. 


DEL MONTEVIDEO ANTIGUO 


En guerra con los indios 


Los indios se venían basta las 
mismas puertas de Montevideo; y 
muchos de ellos, sometidos a la ci- 
vilización realizaban sus operacio- 
nes de compra y venta dentro de 
los muros de la ciudad. Ellos adqui- 
rían armas, pólvora y bebidas; y 
daban en cambio cueros de tigre, de 
vacuno, etc. etc. 

Cierto día del año 1731, el veci- 
no don Domingo Martínez tuvo una 

cuestión enojosa con un indio mi- 
nuano en las afueras de la pobla- 


ción, en ouya incidencia, que se so- 
lucionó con las armas en la mano, 
tocó perder la vida al nativo. 

La indiada tomando por la tre- 
menda esa cuestión personal, se su- 
blejvó; y recorriendo la campaña en 
son de guerra, en número de qui- 
nientos hombres armados a lanza y 
flechas, cometió todo género áe de- 
daciones. 

Ante tales desmanes que amena- 
zaban llegar hasta la propia pobla- 
ción de Montevideo si 6e dejaba a la 



“•chusma”, que así se llamaba a la 
indiada, en completa libertad de ac- 
ción, se resolvió organizar unas 
fuerzas de trescientos cuarenta pla- 
zas. confiándose el mando al capi- 
tán don José Romero, cuyo contin- 
gente armado fué despedido por los 
pobladores, con marcadas demos- 
traciones afectivas. 

No muy lejos de Montevideo, los 
minuanos esperaron a las fuerzas 
españolas; y tras reñido combate. 


tuvieron aquellos que retirarse, pe- 
ro no sin antes haber quitado la ca- 
ballada que llevaba de reserva el 
capitán Romero. 

Tal estado de cosas prosiguió- 
hasta Febrero de 1732, en que, los 
jesuítas, quienes ejercían gran in- 
f Lancia entre la indiada, ajustaron 

las condiciones de paz, que signó en 
Montevideo, en representación dé- 
los nativos, el cacique Tacú. 


La vieja Cindadela 


En los tomos primero y segundo 
de “Recuerdos y Crónicas de Anta- 
fio”, nos hemos referido a la Cinda- 
dela. cuya línea se levantaba en la 
calle que hoy lleva el mismo nom- 
bre, como recuerdo de la obra de 
defensa que nos legaron los españo- 
les: pero, en aquellas mismas opor- 
tunidades omitimos algunos datos 
que hoy complementamos. 

Tales trabajos se iniciaron en 
1742. en cuyo mismo año se colocó 
la Diedra fundamental, que bendijo 
con el ceremonial de costumbre. 
Fray Gabriel Cordobés. 

No obstante el número considera- 
ble para entonces, de obreros, en su 
casi totalidad indios reducidos que 


se emplearon, la obra no pudo ter- 
minarse hasta 1783. 

En 1>833 se inició la demolición 
del paredón, que iba cayendo con 
intermitencias más o menos largas- 
de tiempo, hasta que, en 1879, du- 
rante el gobierno de Latorre. se de- 
molió de una vez por todas y en 
nombre de la civilización, el nervio 
vital de aquella fortaleza, que lo 
constituía la edificación que abar- 
caba la parte Sur de lo que es hoy 
Plaza Independencia, desde Ciuda- 
dela hasta Juncal; y que, después 
de haber servido para los hombres 
de armas llevar, dio albergue como 
mercado público, a pácificos comer- 
ciantes. 


Punta Carreta, trágica 

/ 


La pintoresca Punta Carreta, tan 
favorecida por las sociedades recrea 
tivas de la Capital, que encuentran 
aquellos parajes tan llenos de 
encantos, .un palmo de tierra en 
donde levantar un gran edificio o 
an modesto rancho para alberga r 
fraternalmente a sus asociados en 
dias de holgorio, si nos remontamos 
a las épocas del colonnje, nos brin- 
da su nota trágica. 

En efecto: el general don José 
Andonaegui que habla sido nom- 
brado gobernador del Rio de la 
Plata, casi pierde la vida a la altu- 


ra de Punta Carreta. 

El b^rco que lo traía de Es* 
paña, sorprendido por un violen- 
to temporal, dió contra las rocas de 
la costa, naufragando; y solo sal- 
earon sus vidas en ese siniestro, el 

expresado militar, su familia y sus 
criados, tripulando una lancha. 

Lo que quiere decir, que la ofi- 
cialidad y la tripulación de a bordo 
llevaron la disciplina del deber 
grado máximo, — al sacrificio, o qué 
don José, y los suyos, “no perdieron 

el tiempo en cumplidos de “pase' 
usted primero” 



— 48 — 


Orígenes del Cordón y La Aguada 


Habiendo prohibido el Goberna- 
dor de Montevideo, que se edificara 
en las proximidades de la Ciudade- 
la determinando la distancia que de- 
bía separar a las poblaciones de los 
muros, para la mejor defensa de la 
plaza; y dispuesto así mismo que se 
demolieran las construcciones ya le- 
vantadas que no se encontraran en 
tales condiciones, empezaron a cons- 
tru irse paulatinamente viviendas 
en los barrios que hoy llevan los 
nombres de El Cordón y “La Agua- 
da 0 

El primero tomó su nombre, por- 


qué se inició en la franja de terreno 
o “cordón” como se llamaba enton- 
ces y que determinaba él límite de 
la prohibición a que nos hemos re- 
ferido. 

En cuanto a “La Aguada” ya lo 
hemos dicho en el primer tomo de 
Recuerdos y Crónicas de Antaño, to- 
mó su nombre, porque de los ma- 
nantiales existentes allí y que se lla- 
maban “Pozos del Rey” no solamen- 
te se traía el agua para el consumo 
de los habitantes de Montevideo, 
sino que también se proveían de 
ella los buques que nos visitaban. 


Paso del Molino 


Fácil es adivinar el. origen del 
nombre de la localidad “Paso del 
Molino”; pero ello no obstante, nos- 
otros lo relataremos en breve s lí- 
neas para quienes no estén mayor- 
mente enterados de las cosas de 
nuestra tierra. 

En 1751, los padres jesuítas cons- 
tuyeron un molino de agua, y más 


tarde otro en las proximidades de 
Montevideo y sobre un paso del 
arroyo Miguelete, para la elabora- 
ción de la harina de trigo: y ello 
dio lugar a que, cuando alguién que- 
ría referirse a aquel paraje., le lla- 
mara “Paso del Molino” con el cual 
pasó a la posteridad. 


El Buceo 


Allá, por Julio de 1752, el barco 
español “Nuestra Señora de la Luz” 
que sf dirigía a España con un con- 
siderable cargamento de productos 
del país y de plata en barras, nau- 
fragó a la altura de Punta Gorda 
después de haber dado con su cas- 
co en la isla rocosa de esas inme- 
diaciones y a la cual se le bautizó 
(fesde entonces con el nombre de La 

Luz, no obstante lo cual es más co- 
nocida en la actualidad, con el nom- 
bre de Isla de las Gaviotas. 

La violencia de la tempestad que 
sorprendió al barco, hizo que no 
salvara ni uno solo de los tripulan- 
tes, que perecieron ahogados en 
número de ciento cincuenta y tres. 

Es natural que vueltas a la nor- 
malidad las aguas del estuario y en 


mérito a la importancia de la pérdi- 
da y a la proximidad del paraje en 
donde había acaecido la catástrofe, 
se tratara por las autoridades de 
rescatar, si no todo, por lo menos 
parte del valiosísimo cargamento 

que transportaba “Nuestra Señora 
de la Luz”, que se avaluaba en dos 

o tres millones de pesos fuertes; y 
entendiéndolo así el Gobernador de 
Viana dispuso que se practicaran 
trabajos de buceo, gracias a los cua- 
les pudo rescatarse una buena parte 
de las barras de plata. Desde en- 
tonces y debido a tales operaciones, 
dió en llamarse a la costa que vie- 
ne a quedar en frente a las rocas 
que provocaran el siniestro “El Bu- 
ceo”. 



— 49 — 


Pocos días después de ocurrido 
el naufragio, el oleaje y las corrien- 
tes empezaron a arrojar a la playa, 
parte de la mercadería y enseres 
que guardaba dentro de sus bodegas 
el barco hundido, con el consiguien- 
te contento de los “piratas” de tie- 
rra, que ponían a buen recaudo y en 

provecho propio, los objetos que 
atrapaban. 

Tal conducta del vecindario, de- 
terminó a fray Bernardo Medina, 
del Convento de San Francisco, a 
lanzar “la excomunión mayor” con- 
tra quienes se apropiaran de los ob- 
jetos de “Nuestra señora de la Luz”, 
que el mar arrojara sobre la playa; 
y los antecedentes que hemos tenido 
a la vista, nada dicen si el úkase 
franciscano dió los resultados apete- 
cidos. 

Lo que sí, podemos afirmar es 
que, ciento setenta años más tarde, 
unos pescadores que levantaban sus 
redes en las proximidades de la Is- 


Una silueta 

Mucho se ha escrito sobre don 
Bruno Mauricio de Zabala presen- 
tándonoslo bajo la faz de fundador 
de Montevideo v en sus aspectos ad- 
ministrativos. 

Un religioso, el padre Cattaneo, 
que trató a a^uel ilustre español, 
hizo de él la siguTente semblanza: 
“Este es un arrogante caballero, 
que, llamado don Bruno Mauricio 
de Zabala, es alto, proporcionado y 
con una presencia magestuosa de 
príncipe. Solo que le falta la mitad 
del brazo derecho que perdió en una 
batalla en España, durante la últi- 
ma guerra, habiendo sido remune- 
rado por el Rey de sus muchos ser- 
vicios, no sólo con el gobierno de 
Buenos Aires, sino también con el 
título de Capitán General de toda 


la de las Gaviotas, las encontraron 
cierto día extraordinamente pesa' 
das; y que atizarlas cuidadosamen- 
te a la superficie de las aguas, no 
encontraron peces solamente, sino 
que también un cañón de bronce, 
que cayó nuevamente al fondo del 
mar, en el momento que lo tocaban 
con las manos, arma que con toda 
seguridad formaba parte integran- 
te de “Nuestra Señora de la Luz” 
Esta novedad estimuló la codicia 
de los pescadores quienes desde 
tiempo inmemorial y entre “calada 
y calada” de sus operaciones de pes- 
ca vienen realizando infructuosa- 
mente o poco menos, trabajos 
de buceo y de arrastres, con 
los codiciados lingotes, puesto que, 
— la pescada de 1 cañoncito, — 
fué dato confirmativo de que lo del 
naufragio y lo de las riquezas ente- 
rradas en el mar no son cuentos de 
las Mil y una Noches. . . 


de Zabala 

la provincia llamada del Río de la 
Plata, a quien están sujetos los 
otros gobernadores de las ciudades 
que en ella se cuentan. Tal falta 
sin embargo no ocasiona deformi- 
dad en él, sino que más pronto y 
más fácilmente le concilla estima- 
ción, por ser un testimonio autén- 
tico de su valor. Por no andar man- 
co. ha suplido dicho defecto con 
otro medio brazo y mano de plata 
que lleva generalmente pendiente 
del cuello.” 

Los presumidos, pues, no son de 
reciente data. Don Bruno Mauricio 
de Zabala, todo un tipo superior, 
quería disimular un defecto glorio- 
so, que otro hombre, — no tan 
ilustre, — tuviera a gala ostentar- 
lo. 


El Fandango 


Allá por el año 1743, había, 
-como los hay hoy también, 
bailes que merecieran la de- 
saprobación eclesiástica; y prue- 


ba de ello nos lo dá un decreto del 
Obispo del Río de la Plata, don 
Juan José Peralta, fechado el 10 de 
Julio del expresado año, prohibien- 

4 



55 — 


do bajo la pena de “excomunión 
mayor lata sententia”, el baile lla- 
mado fandango, el cual, fuera de to- 
da duda, habría, llegado al colmo 
del ápogeo, cuando la Iglesia ’ le pu- 
so tan abiértamente la proa. 

Si el bueno del Obispo Peralta^ 
hubiese visto los bailes de hoy, no 
una, sino una andanada de exco- 
muniones mayores y menores ha-' 
bría lanzado a los cuatro vientos 
cardinales, porque después de todo, 
el fandango, al igual de la jota, era 


de bailarse sueltas las parejas, pera 
eso si, levantando bien alto las pier- 
nas, mientras que pn los bailes mo- 
deraos, tanto el hombre como la 
mujer, se ciñen en un fuerte abra- 
zo. y aquellas no levantan sus ex- 
tremidades inferiores porque las es- 
casas dimensiones de las polleras se 
las. hace lucir pródigamente, sinte- 
ner que hacer la gimnasia que exi- 
gía p 1 fandango, que era bailada 
antaño, por las clases populares. 


£1 Rapé 


Entre nuestros abuelos estaba 
muy desarrollado el uso deF rapé, y 
era entonces de muy buen tono, sa- 
car en cualquier reunión de una de 
las faltriqueras del levitón, la cajita 
que encerraba el cosquilleante pol- 
villo, para sorber “una buena na- 
rigada”. 

Habían cajas para guardar rapé, 
que* eran primorosas filigranas, 
verdaderas obras de arte, ya en pla- 
carey, nácar, etc., etc., con 
incrustaciones de piedras preciosas 
n co.. u* b..jcs ue pintura realizados 
por artífices de renombre y que sus 
propietarios se enorgullecían cuan- 
do se les presentaba la ocasión de 
£ r.s/s a luz ante un audito- 
rio dispuesto siempre a admirarlas 
v a hacer el cumplido elogio de las 
mismas. El ofrecimiento de rapé, 
iba seguido de una inclinación de 
bustos v gentiles ademanes, por ob- 
sequiante v obsequiado. 

Si vuestra merced gusta ser- 
virse de una narigadita. .. 

— Con mil amores, señor mío. 

Y era, entonces cuando! el favore- 
cido introduciendo el índice y el 
pulgar de su diestra mano dentro 
de la jová, retiraba esos dos dedos 
con lo que se ñamaba “una nariga- 


dita de rapé”, cuyos polvillos pasa- 
ban enseguida a tomar posesión de 
las fosas nasales, con ligeros restre- 
gamientos en la punta de la nariz. 

AI cabo de qócos segundos, las 
pituitarias congestionadas por el 
polvo c tabaco, — que no otra co- 
sa es el rapé — provocaban los es- 
tornudos, indispensables decían, pa- 
ra conservarse bien de salud. 

- -¡ Atchís! ! ! ! ¡ Atchís! . . . 

— ; Salud... y pesetas! ¡Por mu- 
chos años. . . ! 

— Gracias, infinitas gracias. Lo 
mismo deseo para usted y los suyos. 
Y los grandes pañuelos de mil co- 
lores y floreados, salían dé lo más 
hondo de las faltriqueras, para re- 
parar cualquier inconveniencia que 
hubiera podido producir el estor- 
nudo. 

Como dato final de esta brevísi- 
ma nota, diremos qu?, gracias a 
gestiones del gobernador, general 
don José de Ándonaegui, de quien 
nos hemos ocupado en capítulos an- 
teriores, venía cada dos años de 
“las Españas”. un barco con veinte 
mil libras 4- r apé aue se repartían 
equitativamente entre Buenos Ai- 
res, Montevideo. Asunción del Pa- 
raguay y Tucumán. 


Los primeros jueces de campaña 


Así que la zona Sur de la cam- 
paña de la prpvincia Oriental contó 
con un regular número de habitan- 
tes, el gobernador de Montevideo, 
don Joaquín .de Viana nombró jue- 


ces comisionados para velar, cuidar,, 
v administrar justicia en campaña 
a los siguientes vecinos de los luga- 
res en donde, los mismos, ejercería^ 
sus funciones. .. I* ; 



— 51 — 


Don Juan Burgués, en el Mi- 
guelete; don Lorenzo del Valle, pa- 
ra Las Piedras y El Colorado; don 
Roberto Calleros, para el pago de 
Canelones y Santa Lucía al Sur; 
don Juan Angel de Llanos, para la 
costa del Santa Lucía Chico, Pinta- 
do y Arroyo de la Virgen; don Juan 


de la Cruz, para el pago de Carreta 
Quemada, Chamizo y San José; don 
Pedro Garrido, para los artoyos de 
Sierra y de Toledo; don Antonio de 
la Torre, para el pago del Sauce, 
Solís y Pando; don Juan de Peña, 
para el Tala y Santa 'Lucía arriba. 


Grajea antigua 


En Diciembre de 1781, la pobla- 
ción de Montevideo, alcanzaba a 
6.466 habitantes. 

En 1787 subió a 8.826 y en 1788 
a 9.000 almas, sin estar comprendi- 
dos en este número, el personal de 
tropa y marinería. Tres años des- 
pués, esto es, en 1790, Montevideo 
y su campaña contaban con 130 
pulperías. 

— La primer matanza de lobos 
que se hizo en el Uruguay, fué en 
1782 v la realizaron vecinos de 
Maldonado. Se recogieron más de 
2.000 cueros que se vendieron en 
Montevideo a real y a real y medio; 
y los barriles de grasa a precios que 
oscilaban de 32 a 48 reales. 

Los resultados obtenidos en las 
faenas realizadas, determinaron al 
gobierno esDañol a expedir una real 
cédula por la cual se autorizaba en 
estos mares la caza y pesca de ba- 
llenas, anfibios y peces. Y fué así 
como en 1790 se estableció en Mal- 
donado una compañía inglesa con 


el fin de explotar los productos que 
nos ocupan. En el expresado año de 
1790, la empresa concesionaria ex- 
portó en dos buques consignados a 
España, 17.561 cueros de lobo, 
3.602 bultos de grasa, 200 barbas 
de ballena y 32 cueros de león. 

— Allá, por los años 1783-84, la 
campaña de este país mandaba 
anualmente a Montevideo, unos 
200.000 cueros vacunos. 

— El servicio postal entre Monte- 
video v Buenos Aires, data desde 
1784, y en 1802 se mejoró “consi- 
derablemente” pues se contaba con 
dos faluchos y tres “místicos” que 
hacían la carrera semanal entre 
Buenos Aires y la Colonia. 

— El primer cargamento de tasa- 
jo que se exportó para La Habana, 
se realizó en 1785, abordo del bu- 
que “Los Tres; Reyes”, del cual era 
capitán y cargador a la vez, don 
Juan Ros. 

•La carga era de 106.000 kilos. 


La primera medalla conmemorativa 


La proclamación en Montevideo 
del R r - Carlos IV. dió lugar a que 
se acuñaran medallas de plata de 
0.032 de diámetro v de 17 gramos 
de peso, que en una de sus caras 
ostentaba la siguiente leyenda: 
“Carchis IV Hisp. Et. Ind. Rex”, 
en d centro, y de frente, el busto 
laureado del monarca. En el rever- 


so, lo siguiente: “ProclamatUs I» 

Montevideo, 1789”. En esta cara 
la medalla lucía un cerro, y sobre 
su sima, un castillo con tres torres. 
Al pié del cerro, el mar; y en una 
cinta, orlando la parte inferior la 
siguiente leyenda: “'Castilla es mi 
corona”. 



Psicología Gaucha 


Nuestros gauchos siempre han te- 
nido fama de despiertos y muy 
“ladinos”, que así se denominaba a 
los más vivaces; pero fuera de toda 
duda, uno de los que más descolló 
por aquella cualidad y por su valor, 
en ambas márgenes del Río de la 
Plata, fué el caudillo riojano Facun- 
do Quiroga, conocido también por 

el apodó del “Tigre de los Llanos”, 
de sangrienta memoria y muerto a 
manos de los secuaces del tirano 
Rosas. 

E! gauchaje que seguía a Quiroga, 
sentía por él verdadera admiración, 
tanta, que se le miraba con supers- 
ticioso respeto, por su siempre bien 
probado valor, por su fortuna en las 
empresas en que se embarcaba y de 
las cuales salía generalmente con 
suerte, no obstante jugarse la vida, 
en todos los momentos. 

En cierta ocasión se había come- 
tido un robo en uno de los regi- 
mientos que servían bajo las órde- 
nes de Quiroga, sin que se pudiera 
dar con el ladrón. El caudillo se 
dispuso entonces a intervenir para 
el completo esclarecimiento del he- 
cho delictuoso; y haciendo formar 
a la tropa, entregó a cada uno de 
los soldados una varita, todas del 
mismo tamaño, diciendo: 

— Estas varitas que les entrego, me 
deben ser devueltas mañana a la 
diana, personalmente; y la de aquél 
que haya cometido el robo, apare- 
cerá más larga. 

Al otro día y a la hora determi- 
nada, formp”-'-> los soldados, quie- 
nes al desfilar frente al generalísi- 
mo, le iban haciendo entrega de las 
varitas que habían recibido en la 
tarde del día anterior. Cuando ya 
tocaba el turno a uno de los últimos 
milicos, apareció una varita más 
corta que todas las demás y fué en- 
tonces que Quiroga. en el colmo de 
la indignación gritó: 

— ¡Ah, hijo ' de una gran flau- 


ta.-.!!! ¿Conque habías sido tú...? 

¡A ver: cuatro tiradores para 
ajustarle las cuentas a este cacha- 
faz!!! 

. Quiroga, excelente psicólogo y 
más gaucho que todos los gauchos 
que lo rodeaban, se barruntó que el 
ladrón, en el deseo de escapar a su 
penetración que casi todos tenían 
por sobrenatural, cortaría la vari- 
ta, y fué pensándolo así, que recu- 
rrió a tan excelente estratagema. 
••••••••« 

Otra vez que habían robado una 
montura en el campamento, no se 
daba con el ladrón por más es- 
fuerzos Que se hacían en tal sen- 
tido. 

Intervino Quiroga; y haciendo 
formar a sus soldados, dijo que él 
sabía quien era el autor del robo; 
y, paralo, a pie firme, hizo desfilar 
Dor al lado suyo, a todo el regimien- 
to, de a uno en fondo. Be pronto 
abalánzándose sobre uno de los sol- 
dados a quien tomándolo del brazo 
sacó violentamente de la fila, le 
gritó: 

— ¡Has sido tú, sabandija...!!! 
¿En dónde está la montura? 

— Allí, señor, en aquel monteci- 
to. . . 

— ¡A ver, ayudante: cuatro tira- 
dores. . . ! ! ! 

Aquí hacía algo parecido con sus 
soldados, el coronel Quijano, para 
descubrir a los ladrones; y es fama 
que rara vez erraba sus golpes. 


Cierto día Quiroga interrogaba a 
un gaucho, respecto a un robo que 
se había cometido; y en el trans- 
curso de la investigación, el inte- 
rrogado, agachando la cabeza se 
puso a hacer marcas en el suelo, 
con el pie derecho. 

— ¡Ya. me estás mintiendo, trom- 
peta . . . ! 

¡Ayudante! ¡Hágale pegar cien 
azotes a este gaucho taimado!!! 

Y cuando sacaron al reo para 



— 53 — 


aplicarle la azotaina, el “Tigre de 
los Llanos”, dirigiéndose a un extra- 
ñe- que presenciaba el interrogato- 
rio, le dijo: 

— Vea, aparcero; cuando un gau- 


cho al hablar, haga marquitas en el 
suelo con el pie, ¡es una fija! — 
le está mintiendo. 

Los azotes dieron la razón al 
caudillo riojano. 


La historia de la imprenta en la América Española 


El honor de haber sido el país 
americano de habla española que tu- 
vo la primera imprenta, correspondo 

a Méjico, que la introdujo en 15'32. 

El Perú la tuvo en 1 5*8 4 , gracias 
al editor don Antonio Ricardo. 

Desde el año 1705 hasta 1727, los 
jesuítas que se habían instalado en 
Las Misiones publicaron sin que de 
ello tuvieran conocimiento las auto- 
ridades, diccionarios, gramáticas, 
catecismos, etc., etc., en idioma 
guaraní. 

Los tipos de que se servían los je 
suítas para las impresiones, eran 
confeccionados por ellos mismos, con 
estafo y madera dura, en planchas 
de cobre que grababan los indios gua 
raníes. 

En la docta Córdoba, los jesuitas 
Instalaron otra imprenta en el año 
1766. Y en 1783, fué remitida a 
Buenos Aires, donde funcionó con la 
denominación de “Real Imprenta de 
Niños Expósitos”. 

La primera impresión que se hizo 
en Bogotá (Colombia) fué en 1791 
representada por un periódico que 
se llamó “Periódico de Santa Fé”, 
editado por don Manuel L. Rodrí- 
guez. 

Fn 1747 se publicó por primera 
vez en Río Janeiro un trabajo que 
contenía la “Relación de la entrada 
que hizo el Obispo do Desterro Mal- 
heiro, escrita por el Juez Luis An- 
tonio Rosado da Cunha. 

Tuvo mala suerte esa imprenta, 
porque en ese mismo año, el gobier- 
no portugués, que por entonces regia 
los destinos del Brasil, la mandó 
destruir. 

Pero, en 1808, cuando llegó a 
Rio, la familia real, que Instaló allí 
su corte mientras no se arreglaban 
las cosas de Portugal, desbarajusta- 


das por Napoleón, se empezó a pu- 
blicar la “Gaceta de Río de Janei- 
ro”; — y en la ciudad de Babia otro 
periódico titulado “La edad de oro 
del Brasil”. 

Y toca finalmente el turno a Mon- 
tevideo. 

Cuando en Mayo de 1807 llegó a 
esta capital el tenien general Wi- 
telocke para asumir el mando del 
ejército inglés que ocupaba 1 , la plaza, 
se anunció por imprenta propia y 
mediante un prospecto, — que en 
breve aparecería en la ciudad, un 
periódico que llevaría por nombre 
“La Estrella del Sur”, del que salió 
el primer número el 23 de Mayo del 
año expresado. 

La “Estrella del Sur” que se es- 
cribía en inglés y en castellano, tu- 
vo vida mientra? los ingleses ocupa- 
ron la plaza. 

La segunda imprenta que funcio- 
nó en Montevideo, fué regalada al 
Cabildo, en Julio de 1811, por la 
princesa Carlota Joaquina de Bor- 
bón, que se encontraba en Río Ja- 
neiro, — publicándose el periódico 
“La Gaceta”, que redactaba Fray Ci- 
rilo Alameda. 

El regalito de la princesa tenía 
sus bemoles, por cuanto siendo her- 
mana de Felipe VII, prisionero de 
Napoleón, ella ambicionaba a here- 
dar los dominios del monarca en 
desgracia, para cuya finalidad tra- 
bajaba con grandes entusiasmos, 
pues pensaba hacerse coronar reina 
del Río ole la Plata, — propósitos 
que, aunque parezca increíble creer- 
se, estimulaban en Buenos Aires al- 
gunos prohombres de la, Revolución 
de Mayo.. 

El primer faro, — o mejor dicho, 
— la primera luz quei se vló en el 



El primer faro del Río de la Plata 


El primer faro, — o mejor dicho, 
— la primera luz que se vió en el 
Rio de la Plata como punto de re- 
ferencia para los navegantes, fué 
una que alumbraba desde lo alto 
de uno de los mástiles de la que ha- 
bía sido fragata de guerra española 
“Loreto”, anclada al lado mismo de 
la isla de Flores, en ql año 1792 y 
-que se había inutilizado para la na- 
vegación durante un gran temporal 
que, a mediados de Junio de 1791, 
azotó las costas de Montevideo, em- 
bicando frente al Fuerte de San 
José. 

Restaurado el casco por el go- 
bierno del Río de la Plata, pudo 
servir de pontón faro durante mu- 
chos años, prestando así invalora- 
bles servicios a la navegación. 

El comienzo de las obras de cons- 
trucción de la torre para la farola 
que se levanta en la mencionada 
isla, se remonta a 1819; — pero, 
a poco de haberse terminado con los 
cimientos, los trabajos, talvez por 
falta de recursos, fueron paraliza- 
dos. 

El 5 de julio de 1826 se llamó a 
licitación para la construcción de la 
torre, como así también de una ca- 
sa para los guardianes, ganando el 


remate que así se llamaba entonces 
a ese acto, don Ramón de Artaga- 
veytia, quien ofreció realizar los 
trabajos mediante la suma de “cua- 
renta mil pesos de a ochenta centé- 
simos”. 

Y el 22 de Febrero de 1828, ya 
terminadas las obras de albañilería 
y colocada la farola, volvió a llamar- 
se a licitación para el funcionamien- 
to de la misma, correspondiendo 
también esta vez el triunfo, al ya 
exprelsado señor Artagaveytia, quien’ 
se comprometió a ejecutar el servi- 
cio, a base de aceite, y por el tér- 
mino de tres años, mediante una re- 
tribución de “tres cientos veinte y 
nueve, pesos de a ochenta centési- 
mos” . 

Como complemento de esta infor- 
mación diremos que para muchas 
personas la denominación de la Isla 
de Flores, respondió al hecho de 
rendir un homenaje recordatorio al 
general don Venancio Flores, — 
creencia equivocada, por cuanto tai- 
denominación data desde el año 
1527, en cuya fecha, al ser descu- 
bierta por Gaboto, la bautizó con el 
nombre de Flores, por ser en el día 
de Pascua Florida que la vieron los 
europeos por primera vez. 


LOS PORTONES DE LA CIUDAD 


El Montevideo actual, presenta 
una fisonomía completamente dis- 
tinta al que nos ofrecía cien años 
atrás. Hoy la ciudad' está abierta 
por mil parajes distintos y a to- 
das las horas del día y de la no- 
che. 


En la época del coloniaje, ex- 
puesta a las sorpresas de los in- 
dios y de los portugueses, para 
quienes fué en todos los momentos 
presa deseada, el macizo de edifi- 
cación, — la ciudad propiamente di- 
cho — estaba circunscripta dentro 



— 56 — 


de los muros 
mite al Sur era 
la y sólo se daba acceso á aqué- 
lla, por los portones, armatostes de 
hierro, con un postigo practicado 
en una de sus hojas. 

£1 Mayor de Plaza 

El encargado de abrir las puer- 
tas era una autoridad denominada 
“Mayor de Plaza” que hacia las ve- 
ces también de Capitán del Puerto. 

Las disposiciones que regían pa- 
ra el manejo de los portones, eran 
extremadamente severas; y por 
nada y por nadi e en el mundo, se 
abrían de noche. Así pues, quienes 
rezagados en el campo, llegaban 
después de las ocho de la noche a 
las ansiadas puertas para pasar a 
la ciudad, tenían que resignarse a 
pernoctar junto a las murallas has- 
ta el amanecer, en cuya oportuni- 
dad, el disparo de un cañonazo, in- 
dicaba que podían abrirse los pos- 
tigos dé los dichosos portones; — - 
y cuando el sol ya estaba bien 
afuera, entonces si, se abrían to- 
talmente en cuya oportunidad ha- 
cían su paso los lecheros, panade- 
ros, carniceros, vendedores de le- 
ña, etc., etc. 

A disparo de cañón 

Tanto la apertura como la clau- 
sura de las llamadas puertas de la 
ciudad se dirigían por cañonazos, 
después de cuyos estampidos, el 
Mayor de Plaza salía del Fuerte 
con las enormes llaves, rumbo a 
los portones, en donde su presen- 
cia era esperada generalmente con 
.no poca impaciencia, cuando d : e 
abrir se trataba; — y rumbo al 
Fuerte, cuando la ciudad quedaba 
incomunicada con el exterior, has- 
ta el día siguiente. 

A la puesta del sol, sonaba el 
penúltimo cañonazo para" que se 
cerraran los portones, quedando 
únicamente abiertos los postigos, 


se clausuraban indefectible- 
mente a las ocho de la noche, des- 
pués de haber sonado el último 
disparo. 

Las lláves que se guardaban e n 
el Fuerte, jugaban rol importantí- 
simo en las acciones de guerra. 
Cuando la Ciudad caía en manos 
del enemigo, la ceremonia de la 
entrega de las mismas revestía 
gran solemnidad, pues eran entre- 
gadas en bandeja, al vencedor, con 
el aditamento de uno o dos discur- 
sos que imponían las circunstan- 
cias. > 

La odisea de las llaves 

Así, por ejemplo, cuando Monte- 
video capituló en 1814, el comisio- 
nado. por el jefe del ejército es- 
pañol, hizo entrega de las codicia- 
das llaves al general Alvear, jefe 
de los ejércitos patriotas. 

Después tocó el turno de hacer 
entrega de las mismas, a las tro- 
pas de Buenos Aires, en 1815, 
quienes las entregaron al evacuar 
la plaza, a Otorgués, que represen- 
taba a Artigas. 

A su vez los orientales en 1817. 
tuvieron que dejar la ciudad para 
entregarla a los postugueses; — du- 
rante el gobierno del patriota don 
Miguel Barreiro, que había susti- 
tuido a Otorgués, y quien se in- 
corporó a Artigas antes de que lle- 
garan los invasores, conjuntamen- 
te con el esclarecido don Joaquín 
Suárez. 

El 20 de Enero del expresado 
año de 1817, el Alcalde de Primer 
Voto, entregó las codiciadas llaves 
a Lecor, en una bandeja de plata. 

La última ceremonia de entre- 
ga tuvo lugar cuando el Imperio 
del Brasil, después de la Conven- 
ción de Paz de 1828, las depositó 
en manos de los comisionados de las 
Provincias Unidas, el entonces co- 
ronel don Manuel Oribe y don 
Francisco Magariños. 


fortificados, cuyo lí- que 
la calle Ciudade- 



LA IGLESIA Y LOS HOMBRES 


SE ANUNCIA UN 

BAILE DE MASCARAS 

Que algunas veces solían haber 
sus tiquis miquis entre la gente de 
gobierno y la de sotana en la épo- 
ca del coloniaje, en qúe las creen- 
cias y prácticas religiosas estaban 
tan hondamente arraigadas en los 
espíritus de todos los pobladores, 
nos lo pone de manifiesto el hecho 
siguiente: 

El 1747, la Casa de la Comedia 
de Buenos Aires ofrecía a los afi- 
cionados a la danza, bailes de más- 
caras en los días de Carnaval, co- 
sa que por lo visto, no fué bien 
mirada por los religiosos, por cuán- 
to, un franciscano desde el púlpi- 
to, anatematizando la conducta de 
los pacíficos vecinos porteños con 
predisposición a echar qanitas al 
aire, anunció que todos los que 
concurrieran a esos bailes serían 
declarados reos de “condenación 
eterna”. 

Franciscano en desgracia 

Parece que tal actitud no fué 
del agrado del señor Gobernador, 
quien, desautorizando abiertamen- 
te al franciscano y en el deseo de 
que sus administrados se divirtie- 
ran sin el temor de verse achicha- 
rrados en el Averno cuando fueran 
llamados a juicio final, — ordenó 
al “Guardián” o jefe de la congre- 
gación, que enviase a un convento 


bien distante al fraile predicador y 
que otro fraile, desde el mismo 
púlpito, desautorizara lo dicho por 
el primero. 

Y se cumplió el destierro que no 
otra cosa importaba la orden de 
alejamiento y se pronunció un nue- 
vo sermón desde el mismo púlpito 
sino haciendo el panegírico de los 
bailes de la comedia, que ello no 
10 dicen las crónicas, sí, desautori- 
zando al incauto franciscano, que 
por meterse a moralizador contra- 
riando las ideas del gobierno civil, 
incurrió en un doble castigo. 

Un rayo en “Las Bóvedas” 

En cambio, la conducta de las 
autoridades civiles de Montevideo, 
fué más contemplativa con la reli- 
gión, el 9 de Julio de 1793, porque 
habiendo caído un rayo en “Las 
Bóvedas”, de cuyo edificio nos he- 
mos ocupado en los tomos I y II 
de RECUERDOS Y CRONICAS DE 
ANTAÑO y en donde se encontra- 
ban depositados tres mil quintales 
de pólvora, sin que se produjera la 
consiguiente catástrofe explosiva, 
la cosa fué mirada por los vecinos 
de Montevideo, como indiscutible 
milagro del Altísimo, por cuya ra- 
zón, el Cabildo dispuso que todos 
los años, en la expresada fecha, se. 
celebrara una misa solemne, "co- 
mo tributo a Dios, por tan señala- 
do favor”. 


Carne y verduras 


Los aficionados a la estadística, 
que en todas las épocas los ha ha- 
bido, calculaban en 1809 que Ha- 
bía un molimiento diaTio en la 


Plaza del Abasto, por valar de cua- 
tro a cinco mil pesos. 

La venta de la verdura que no 
era mucha, po»r cierto, entonces. 



— 57 


ge efectuaba en la Plaza Matriz, — 
y la de la carne, en la Plazoleta 
de la ¡Ciudadela. 

El primer Mercado para la ven- 
ta de la carne y al cual se le deno- 
minó “Recoba”, se construyó en la 
esquina que forman las calles Sa- 
randí y Bartolomé Mitre, antes de 
“San Carlos” y “San Télmo”, res- 
pectivamente. Para esta obra con- 


tribuyó el Cabildo, con “lag dos 
y media parte de su costo”, siendo 
de cuenta del asentista del ramo de 
carnes don Miguel Zamora, el res- 
to. 

Una vez vencido el plazo de la 
concesión acordada al señor ZamoTa, 
el mercado pasó a ser de propiedad 
del Cabildo. 


LOS BLANDENGUES 


COMO SE ORGANIZO EL REGIMIENTO — PERSONAL QUE LO 
FORMABA. — LA PAGA. — EL BAUTISMO DE SANGRE. — 
CONTRA LOS INDIOS. — LA SUERTE QUE CORRIO UNA 
GAVILLA DE CUATREROS. — JUSTICIA PRONTA Y 

BAR ATA 


Fundación del regimiento 

El Regimiento de Blandengues, 
en donde el fundador de nuestra na- 
cionalidad, general don José Arti- 
gas, alcanzara el grado de capitán, 
hasta que abrazó la causa de la Re- 
volución, fué organizado en Monte- 
video, en el año 1797, con el fin de 
que sirviera de policía de las fron- 
teras y destinado también, a la per- 
secución de lo s cuatreros. 

Cada escuadrón o compañía, la 
constituían cien hombres. Y el je- 
fe de la unidad. — un comandante 
— percibía como asignación men- 
sual la suma de ciento quince pesos; 
los capitanes, cincuenta; el ayudan- 
te mayor, cuarenta y cinco; los te- 
nientes, treinta y dos; los sub-te- 
nientes, veinte y cinco; los sargen- 
tos, catorce; los cabos, once y los 
soldados, diez. 

Debemos agregar que corría de 
cuenta del personal la manutención 
y el vestuario; y que, tanto la ad- 
quisición de los caballos como su 
sostenimiento, correspondía igual- 
mente a los militares a quienes se 
les obligaba a tener seis equinos, 
por persona. 


Bautismo de sangre 

El bautismo de sangre de alguna 
i ..portancia que recibieron los Blan- 
dengues, representados por el es- 
cuadrón mandado por el capitán 
don Jorge Pacheco, tuvo por esce- 
nario el Paso de las Carretas, del 
Arerunguá, en donde tuvieron que 
vérselas con huestes formadas por 
indios charrúas acaudilladas por el 
cacique “E'l Zurdo”, fuerzas que, 
desde tiempo atrás, venían come- 
tiendo en la campaña, todo género 
de depredaciones. 

Sorprendidos los indios que mar- 
chaban arreando ganados robados 
en distinto, s puntos, hicieron frente a 
los soldados reales, de cuya refrie- 
ga resultó uno de éstos, muerto; y 
heridos de flecha, el teniente Ye- 
lazco y un soldado. 

Los charrúas perdieron en la ac- 
ción a su jefe y a 'varios indios, ha- 
ciéndoles además la gente de Pa- 
checo, algunos prisioneros, entre los 
cuales se encontraban varias muje- 
res, que peleaban con igual denue- 
do que los hombres. 

Fr©nte a una gavilla de salteadores 

Un capitán de bandidos llamado 



— 58 — 


.Joeé Palomino, se había impuesto 
por el terror que inspiraban él y 
sus hombres, en toda la campaña; y 
envalentonados porque nadie se 
atrevía a poner freno a sus trope- 
lías, aumentaron en audacia y ex- 
tendieron el radio de acción, hacia 
los poblados. 

de Agosto de 1801, Palomi- 
no, al frente de los suyos, atacó el 
Pueblito de Las Víboras, del depar- 
tamento de Soriano; y después de 
saquear las pocas casas de comercio 
que allí habían, cometieron toda 
clase de actos de pillaje con algunos 
vecinos del lugar. 

Comisionado el subteniente de 
Blandengues, Casas, para perseguir 
a los forajidos, pudo al día siguien- 
te de los atentados ya descriptos, 
darles alcance en el paraje denomi- 
nado “El Rodeo”, matando al jefe 
de la banda y a dos de 'su s secua- 
ces y haciendo, además, nueve pri- 
sioneros. P®r su parte, Casas, tuvo 
que lamentar la muerte de un ca- 
bo y varios soldados heridos. 

La horda, cuando fué atacada, 
acababa de asaltar la estancia del 
comandante Albín, detalle éste que 
prueba que los facinerosos no per- 
dían el tiempo en peregrinaciones 

inútiles. 


Justicia pronta y barata 
Los prisioneros, convenientemente 
atados, fueron llevados a Buenos 
Aires, en donde, tras un proceso 
sumarísimo, se les ahorcó en la, 
Plaza Pública, o sea lo que es hoy 
Plaza de Mayo. » 

En cuanto al más comprometido 
de los salteadores aprehendidos, un 
titulado capitán Curú, fué condena- 
do a pena más atroz, todavía: des- 
cuartizado vivo en plena plaza, a la 
cincha de cuatro caballos; su cabe- 
za y sus extremidades superiores e 
inferiores, así como las cabezas y 
manos de los ajusticiados por me- 
dio de la horca, fueron remitidos a 
la Banda Oriental, para que se ex- 
pusieran al público, con el fin de 
que sirvieran “de lección y escar- 
miento” en Mercedes, Colonia y Ví- 
boras, parajes en los cuales la ban- 
da de forajidos, campó por sus res- 
petos. 

Como podrá apreciarlo el lector, 
no puede exigirse mayor “elocuen- 
cia” en una sentencia condenato- 
ria. 

Los jueces de aquella época con- 
fiaban más en la eficacia de las 
cuerdas, que en la problemática re- 
generación de los delincuentes. 


« RINCÓN DE LAS GALLINAS » 


ORIGEN DEL NOMBRE. — CARACTERISTICAS DEL LUGAR. — 
PROLEGOMENOS DE LA GLORIOSA ACCION. — LA MALA 
NOTICIA DE LOS “BOMBEROS”. — EFICAZ RECURSO 

DE RIVERA 


Etimología y breves referencias 

El histórico paraje conocido por 
“Rincón de las Gallinas” en donde 
el general Rivera ganó a los brasi- 
leños la memorable batalla del 
Rincón el 24 de Setiembre de 
1825, debe posiblemente tal nom- 
bre al hecho de que abundaban por 
allí las “pavas de monte”, oves sil- 
vestres del tamaño de las galliná- 
ceas y qu^ hoy sólo se ven en los 


montes del Norte de la República. 

En ese punto, casi una isla bor- 
deada por las aguas de lo s ríos 
Uruguay y Negro, excepto en la 
parte Norte, cuya garganta o boca, 
— llamémosle así, — el “Portón 
de Haedo”, constituye una angos- 
tura de tierra de unos veinte ki- 
lómetrog aproximadamente. 

El nombre de Haedo se debe al 
apellido de un hacendado del lu- 
gar. 



69 — 


IVÓlegomienos de 1 a aeoión 

Resuelto Rivera a apropiarse de 
los ocho mil caiballos que los bra- 
sileños guardaban en las fértiles 
y par a o¡llo s seguras praderas del 
Rincón, dada la defensa natural 
que este les ofrecía contra posibles 
incursiones, se desprendió con la 
mitad del ejército que iló constituía 
un total de quinientos hombres 
hacia la «.rriesgada aventura, 'de- 
jando la utra mitad al coronel don 
Andrés La torre a quien encargó de 
operar simultáneamente contr a la 
ciudad de Mercedes, para garanti- 
zar así má s eficazmente el éxito 
de su plan. Ello no obstante. La- 
torre, no - respondió a las instruc- 
ciones recibidas. 

Delatado Rivera a los brasileños 
de la atre^ ida acción que realiza- 
ría, fuerza® imperiales en dos co- 
lumnas mandadas respectivamente 
por los coroneles Mena Barreto y 
Jardim, bajtban luego 'hacia el 
Sur, para atrapar al caudillo 
oriental en la ratonera en que se 
había metido y a quien sabían con 
escaso número de soldados. 

Llegan lt s “bomberos” 

Lo s “bomberos” de las fuerzas 
patriotas Ilegal on a filas alarma- 
dos y con la mala nueva de q"ue 
los enemigos se internaban en el 
Rincón. 

— Nos han embolsado — decían, 
— y por el lado de tierra no esca- 
pará ni el más brujo. 

Pero Rivera se mostraba imper- 
turbablemente sereno. 

Cuántos brasileros son, se- 
gún tus cálculos, los que se nos 
vienen encima? 

— Muchos, mi general, muchísi- 
mos. 

— ¡Muchos, muchísimos!!! ¡Eso 
no es cantidad. . . ! ¿Cuántos. . . ? 
¿Cinco mil acaso? 

— No, mi general. Unos ochocien 
tos. . . Mil, tal vez. Y vienen en 
dos divisiones, de río a río, como 
arrastrando una “rede”., para que 
no se escape “naides”. 

— ¡Bah, bah, bah...!! — replicó 
Rivera riendo. ¿Y en dos monto- 
nes? 

— Así es, mi general. 

— Ya verág como dentro de unas 
horas haTemos de ellos cien mon- 
tones. 


— A ver, ayudante, — dijo diri- 
giéndose a un joven oficial que te- 
nía a su lado; haga voltear unos 
cuantos baguale s y que se escojan 
los má g -bravos. Esos potros serán 
nuestro ejército de ¡vanguardia. 

— No comprendo,, jefe. 

— Artigas, dijo en cierta oportu- 
nidad que cuando le faltaran gau- 
chos para pelear a los españoles 
continuaría combatiéndolos con pe- 
rros cimarrones. 

¿Por qué nosotros, esta vez, apre 
miados por las circunstancias, no 
hemos de pelear , a los brasileros 
con los baguales de nuestra tierra? 

Oiga, ayudante; y que se cum- 
plan con escrupulosa exactitud mis 
instrucciones. Cuando yo ordene la 
marcha, eso s potros que ya en el 
suelo v maniatados, estarán excita- 
dos, deberán serlo más todavía., 
golpeándoseles lo s 'hocicos con pon- 
chos y cojinillos, liberándolos ense- 
guida de las ataduras a un mismo 
tiempo, pero no sin que arrastren 
de unos maneadores bien asegura- 
dos, unos cueros secos. La caba- 
deparará así en tropel; y no- 
otros.. en último término, arman- 
do l fl mayor algarabía posible, fii 
más ni menos como si fuéramos 
indios en pleno malón, haremos el 
resto. 

Y cuando hubo llegado el mo- 
mento calculado por Rivera como 
propicio para operar, vibró el cla- 
rín, y de inmediato, un trueno ’ar- 
go y horrísono ■producido por el 
pisotear de millares • de cascog de 
bestias en plena disparada, s;a hizo 
sentir en rodo el Rincón. 

Detrás de aquel huracán que 
arrasaba con todo cuanto se le 
oponía por delante, ia s puntas ace- 
radas de doscientas cincuenta chu- 
zas y sables, en - ba- 

tahola de gritos, trazaban en el 
aire figuras geométricas, a la vez 
que en las ansias de pinchar, en- 
trenaban en araenazsntes mando- 
bles los_ musculosos brazos de los 
gauchos que la s esgrimían., como 
preparándolos para cuando llegara 
el momento de tener que ejecutar 
el esfuerzo supremo de matar... 

Ante el enemigo 

Las fuerzas del coronel Jardim 
impresionadas primero por el In- 
quietante ruido producido por el 



— 60 — 


tropel y luego, por aquella enorme 
masa viviente que se le s iba enci- 
ma, no pensaron más que en una 
cosa: en salvarse como mejor pu- 
dieran; y 'poseídas de gran páni- 
co, perdiendo la unidad de acción, 
cada soldado buscó por ¿u cuenta, 
el mejor medio de escapar , a los 
efectos de aquella fantástica ola 
Muchos perecieron bajo los cascos 
de las bestias desenfrenadas; y los 
restantes, enloquecidos por el ho- 
rror que impone siempre en todos 
los ejércitos una disparad a de la 
caballada, eran acuchillados por la 
segunda ola que la constituían los 
gauchos de Rivera, obligados a 
multiplicarse y a agigantar sus es- 
fuerzos para salivar con honor y 
con gloria para la patria, el inesti- 
mable botín arrebatado al enemi- 
go en forma tan original. 

Los soldados de Mena Barreto 
pretendieron a pie firme y tercero- 
la en mano, detener la avalancha; 
pero Solo tuvieron tiempo a hacer 
un a sola descarga que dió contra 
los pechos de lo. s brutos que co- 
rrían en primera fila, animales 
que, enloquecidos por los disparos 
de unos y los gritos de los otros, 
envolvieron en las furias de sus 
desatentadas carreras, el desespe- 


rado cuan infructuoso esfuerzo do 
los brasileños. 

La caballada salvó así el último 
obstáculo; y los soldados de Rive- 
ra, sin dar tiempo a los asombra- 
dos soldados imperiales a que en- 
traran en mayores reflexiones, loa 
acuchillaron sin piedad. 

Un grupo como de cincuenta 
homibre. s que se habla percatado de 
lo que en realidad ocurría, preten- 
dió rehacerse, pero el mayor Poz- 
zolo, — crédito del caudillo, — dió 
pronto cuenta de él, cargándolo 
con lo s suyos denodadamente. 

La persecución se llevó a térmi- 
no en forma tenaz, haciéndose un 
buen número de prisioneros, y 
prueba de ello es que .sólo escapó 
el coronel Jardím con cincuenta 
hombres. Los muertos, -heridos y 
ahogados que en sus ansias de en- 
contrar salvación intentaron va- 
dear el Río Negro, fueron consi- 
derables. 

Gracias al valor y a la audacia 
de Rivera tuvo la patria el primer 
triunfo de resonancia de la Cruza- 
da que emprendiera Lavalleja; co- 
mo a'sí también el elemento de mo- 
vilidad indispensable,, para que el 
soldado oriental fuera jalonando 
con actos de heroísmo y de abnega- 
ción sus días de gloriosas epopeyas. 


CON UNA CENTENARIA 

Doña Deyanyra Pereyra de Olivera 


Después de larga peregrinación*, 
pudimos dar con la casa, enclavada 
allá, por los andurriales de Malvín. 

Un muro bajo, prolijamente blan- 
queado que remata en cerco de 
alambre tejido, deja ver un jardin- 
cito en el que abtíndan las violetas 
dobles, alternadas las muy modes- 
tas, con algunas plantitas de lechu- 
gas y de cebollas de verdeo. 

Golpeamos las manís frente al 
portoncito de tablas; y al ruido 
producido, rompió en ladridos una 
invisible jauría de perros, — de los 
cuatro puntos cardinales. 

Momentos después nos encontrá- 
bamos junto al lecho de una ancia- 


na, quien arrebujado el busto en una 
pañueleta de lana dejalm ver con 
su rostro de cutis fino y sonrosado,, 
una cabellera blanca, sobre la cual 
noventa y seis inviernos echaron 
con los vaivenes dé una vida un tan- 
to azarosa, puñados de nieve. 

La hija, doña María Matilde Oli- 
vera nos explicó qué, ante el Trio 
intenso de la mañana que elegimos 
para la visita, había optado por no 
dejarla levantar, porque la anciana 
no era persona de quedarse quieta 
en un sillón. 

— Le tengo que esconder la ropa 
para que no se me escape, nos dijo; 
— y esta sabia actitud mía, no deja 



Doña Deyanyra Pereyra de Olivera 
quien gallardamente lleva vivido ya, 96 años 


62 — 


de mortificarla grandemente. 

Doña Deyanira Pereyra de Olive- 
ra, es hija de don Leonardo Pereyra 
de La Cruz y de doña Estefanía Pa- 
tiño, criollos y gente que tuvo una 
posición financiera floreciente en 
los prolegómenos de nuestra vida 
de nación independiente; y ha re- 
cibido esmerada instrucción. 

Don Leonardo x que alcanzó al 
grado de capitán comandante, inició 
sus servicios en lucha por nuestra 
emancipación en el año 1816 en el 
ejército de Artigas y bajo las órde- 
nes del general Rivera; — pero pro- 
ducida la escición entre éste y Ori- 
be, se enroló en las filas del Par- 
tido Blanco, sin dejar por ello de 
continuar cultivando amistad per- 
sonal con el caudillo colorado. Ade^ 
más desempeñó funciones legislati- 
vas en las dos Cámaras; y el cargo 
de Jefe de Policía en el departa- 
mente de Cerro Largo. 

Excusado es decir que como bue- 
no, actuó en todas las batallas que 
cimentaron la independencia nacio- 
nal entre cuyas acciones puede con- 
tarse la de la toma de la Fortaleza 
Santa Teresa. 

La señora Deyanira Pereyra, na- 
cida en el Olimar departamento de 
Cerro Largo, en donde sus mayores 
eran poseedores de varias leguas de 
campo bien poblados de vacunos y 
equinos, casó con clon Damián Oli- 
vera Lamas, sobrino carnal del ge- 
neral don Diego Lamas y dedicado 
también por la fuerza de las circuns- 
tancias, a la carrera de las armas, 
le tocó actuar entre otras acciones 
de guerra, en la toma de Paysandú 

cuando la Cruzada Libertadora, 

en cuya ocasión sirvió con la gra- 
duación de capitán, bajo la s inme- 
diatas órdenes del coronel Estomba. 

D°'Tn ; és el e /1 ¡derrocamiento de los 
blancos,, el capitán Olivera e.mierró 
con su esposa d-oña Deyamina a la 
argentina de Corrientes, 
rr> encontrándose de mayor- 

domo ríe Ha estancia de un portu- 
pjiréts de apellido V^zca. murió a 
consecuencia de heridas que reci- 
bida en los azares de nuestras lu- 
chas intestinas. Entonces, la abne- 
gada señora, con su trabajo hones- 
to y esforza4o, atendió las necesida- 
des del hogar, durante largos años, 
con toda amplitud, dedicándose a la 


enseñanza y a labores manuales. 

— Ah, señor, las guerras! — pro- 
siguió idiioiéndoinos la Viejecita. — 
No solamente la vida y la tranqui- 
lidad se perdían en ellas, sino que 
también las fortunas. Nosotros, qiue 
oramos bastante ricos,, perdimos 
« toda, para llegar al estado de indi- 
gencia en quie usted me encuentra 
ahora! 

— ¿Pero usted ha de recibir aJl- 
guna (biuena (pensión dlel Estado? — 
inquirimos. 

— iNada más iqjue veinticuatro pe- 
sos mensuales. ¿Cree usted que sea 
posible que dos personas, como so- 
mos yo y m<i hija, puedan Vivir con 
esa cantidad ? De casa, señor, pa- 
gamos algo de la imitad. Gua- 

cias a que siempre hay personas 
carita¡tijvas que se apiadan de la si- 
euacióin angustiosa en que una s j 
encuentra. . . Y surge un nombre 
a sus labios ... el de la familia Oso- 
ro Sayanes. 

— ¿Usted se acuerda de la Gue- 
rra Grande? 

— ¡Cómo na me ¡he de alcondar! 
Nosotros nos Vinimos desde el Oli- 
¡mair en carretones, así llamados 
unos carruajes .grandes,, porquje 
paipá, ¡como ya le he dicho, era de 
la gente de ' Oribe. 

— ¿ ÍT antes de esa oportunidad, 
usted no visitó .Montevideo? 

— Si señor, cuan/do era muy ni- 
ña todavía; pero esa vez vinimos 
en carretas. 

— -¿iComo le pareció la ciudad? 

— Como venía del campo, me pa- 
reció muy grande y muy hermosa . 

— ¿Qué detalles fueron los que 
más 1 a impresionaron ? 

— Sin dudia alguna, el mar„ .que 
p^e pareció una cosa enorme al lado 
de las tranquilas aguáis deíl Oli- 
mar. . . 

— ¿Y nada ¡más? 

— Oh, sí! Una ¡corrida de sorti- 
jas que se efectuó en la plaza prin- 
cipal. 

— ¿A cual llama usted plaza prin- 
cipal, señora? 

— A la de la Matriz, pues, que us- 
tedes los modernos llaman de la 
Constitución. . . 

—®s verdad. Fué muy novedosa 
aquella corrida. Imagínese que to- 
dos los mozos que tomaban parte 
en la fiesta [vestían trajes de punto,. 



— 63 — 


oien ajustados, llevando a sutura 
ue la cintura pollerines cuín géneros 
ue vjsúciS'os colores, y como sonrore- 
ros, una diadema de .plumas, tam- 
bién de diversos coiores, ai igual ue 
comu ras .usaban los indios. Para el 
mejor desempeño de sus .papeles, 
montaban caballos muy bravos, y 
cuando alguno sacaba lá ' so-rujo» 
rompían todos en gritos, remedan- 
do a los salvajes. ' 

Y por cierto que me dieron un 
ou©n susto, porque uno de ellos, 
acercándose a donde yo me encon- 
traba alzada en 'brazos de uña mo- 
rena esclava, le .dió por (hacerme 
gracias, que a mi se me antojaren 
todo lo contrario. . . 

— ¿Y cuando flas guerras ustedes 
permanecían en la estancia? 

— 'Generalmente, no. Ganábannos 
los ¡montes del Olimar, en donde vi- 
víamos en chozas construidas con 
ramas, hasta que ilá tranquilidad 
vol, viera a rema r ien el país. 

— ¿Solas? 

— ¡Oh, no! Contábamos con los 
servicios y la protección de, nues- 
tros esclavos. 

-Por aquel entonces se había po- 
pularizado una poesía alus, iva al ca- 
so, de la que tengo presente una 
cuarteta, solamente. 

— A ver, a ver . . . ? 

— Es que no la recuerdo muy 
bien que digamos. . . 

— No importa. Lo que recuerde 

— Vamos a ver si sale algo: 

“Los niños" los ancianos, 

“Las damas orientales 
“Errantes por los bosques 
“Por ásperos cardales...” 

— .'Ve usted como salió, señora? 

— -No; si era mucho más largo 
el verso. . . 

Y vea lo que son las cosas, señor. 

A mi me tocó hacer muchas . veces 
la vida deil matrero, casi, porque 
eso de vivir en los montes, era pro- 
pio de esa clase de gentes. En cam- * 
Mo a mi madre, cuando los ingleses 
tomaron por asalto a‘ Montevideo en 
1807, le cupo la suerte de encon- 
t r ;¡ ,*- dentro de muros. 

— ¿Qué impresiones le trasmitió 
su señora madre de ese aconteci- 
miento? 

— Que los de la plaza se defen- 


dieron heroicamente; y tanto, que 
basta las mujeres, arrojaban desde 
las azoteas Ti paso de los invaso- 
res, aceite hirviendo y agua calien- 
te, para quemarlos. Después que la 
tranquilidad volvió a .reinar en la 
ciudad rendida, los ingleses salían 
a pedir “cafá” por las casas... 

— ¿Café? 

— Naturalmente. Pero como Vno 
; sabían habiaT el españoll, habían 
aprendido a pronunciar malamente 
la palabra café. 

A mi pobre madre le había cau- 
sado mucha risa que entre los sol- 
dados vinieran hombres belluclos 
vestidos con polleritas cortas y las 
pantorriJias ál aire; y por más que 
se le dijera que esa era la moda 
escocesa, ella sostenía que la tal mo- 
da, no era Otra cosa que una ridi- 
culez. 

— -¿Qué más puede decirnos de 
aquellos lejanos tiempos, señora? 

— Así de un tirón, nada más, por- 
que mi .memoria flaquea. Tenga en 
cuenta que me voy aproximando a 
los cien años y que usted tomán- 
dome de sorpresa, no me ha dado 
tiempo a hilvanar mis recuerdos, 
dispersos .entre líos ya constantemen- 
te neVados picachos de mi •enten- 
dimiento. 

— Bien señora,.* E.n otra oportu- 
nidad será más explícita. Por lo 
pronto, mañana haré que venga un 
fotógrafo. 

— ¿Para qué? 

— -Pues . . . ; para retratarla tan 
buena moza. Pero, levantadiza ¿eh? 
Es una vergüenza que a su edad 
se quede en cama hasta tan tarde . . . 

— ¿Verdad, señor? Yo. se lo es- 
toy diciendo a ésta, (dirigiéndose a 
su bija), y no hay quien sé lo pue- 
da hacer entender, . . 


Cerca de mediodía y siempre con 
un frío intenso, abandonamos aquel 
hogar a cuyos componentes la suer- 
te dió sus espaldas; y en donde una 
sórdida miseria está en albierta lu- 
cha con dos almas que, nacidas en- 
tré la opullencia, Casi, viven ' extre- 
chamente unidas por ell doble sen- 
timiento del vínculo familiar y el 
de la desgracia misma. 




Carreta (le campaña arrastrada por bueyes en las fiestas de la loco- 
moción 





LA VACUNA 


La primera vez que eie aplicó la 
vaiouna ánti vaniolooa em (MonitervUr- 
íleo, fue en el año 1-805,, y (traída 
de Río Janeiro por el portugués 
dlon Antonio Maidhlado «Carlballo, 
abordo dio la fragata,, “La Roisa del 
Río”, die la cual dicho señor eirá 
propietanlio. 

Pero, lio «curioso dell caso, es la 
forma coimjo se transportó el ipre>- 
ventivo contra la vliru'ela; y su dies- 
Cfrijpción hará sonreír a quienes nos 
lelain, cuando sle «enteren d(e que en 
viru¿ venía len perfecto estado de 
rr adnrez, ien líos ibrazoo die luna mo- 
rena eisdlava, a la cual, e*l ClalbtiUdo 
die esita cliudad, después de haibleirta 
adquirido por compra, le idiió liiíber- 
taid, para ipremtijalr su siervilcio que 


realizó la pobre, de mianiera tan 
inconsciente como obligada. 

lEn ese mSismo año se aplicó tam- 
bién en Buenos Aires, por prime- 
ra vez la vacuna, en cinco niños 
de “La Quina”, virus que halbfia si- 
do iremli/tido desde aquí adherido en 
un vidrio. 

Máis tarde, el propalo Maidhado, 
valiéndose siempre del “enviase vi- 
viente”* que utilizó para traernos 
la vacuna desde Río Janeiro, la 
llejvó a la otra orilla en los ibrazos 
die dos negritos, con el fin de di- 
funjdiiilla en Buenote Aires iy sius al- 
rededores. 

(El procedimiento de la vacuna- 
ción, era por entonceis;, directo: Va- 
le decir, de brazo a brazo. 


EL PRIMER BARCO CONSTRUIDO EN EL 

PAIS 


Montevideo, en 1801, construyó 
su primer «barco — un liuigre — 
que surcando las agulas del (Atlán- 
tico y del Mediterráneo,, llegara a 
España, realizando así una verda- 
dera hazaña. 


Este velero, propiedad d*e los co- 
mierciantes Rafael Ftíz y Compa- 
ñía,, condujo como pasajero hasta 
la madre patria, a don Félix de 
Azara. 


EL FARO DEL CERRO 


El 19 die Marzo d¡e 1802, se en- 
cendió por primera vez ein el Cerro, 
la farola, siendo asi que eria la se- 
gunda luz que para guía de loo na- 
vegantes, se hacía ver en el Rio de 
la Plata. 


La primera en dar sus destellos 
luimilnosios, fué la de la Isla de Flo- 
res, de l, a cual nos (hemos ocupado 
en otro capítulo. 



UN NUEVO CENSO 


En 1803 se levanté un nuiqvo 
censo en Montevideo y sus suibur- 
bdost, quie arrojó la sSjgiuieube potolla- 
cdíén: 

Personas Miau cas . i. . . 3033 

(Peones . . 603 

(Nteigtrote y pardos libres . 141 

Negros esclavos 899 


Total de haJbtitantes . . . 4676 


iNo obstante ser pocos los habi- 
tantes y conocértele solbtradewniente, 
lois pujos de clases se hacfflan Sen- 
tar, si hernias de apreciar las teosas 
die acuerdo con las clasificaciones, 
qtuie se Idieron (all censo. 


TELEGRAFIA ANTIGUA 


Cono no contábamos a principios 
del siglo XIX ni con cables n'i con 
la telegrafía sin hilos, las noticliias 
que (procedentes de Europa nos lle- 
gaban, venían siempre con un gran 
retraso. 

Así por ejemplo, el 28 de Marzo 


de 1 8i0'5 , un falucho procedente de 
Buenos Aires, nos trajo la “nueva” 
de .que España en Noviieimlbirie de 
1 8'0*4 había diedlarado la guerra a 
Inglaterra, “primicia que fué lle- 
vada a los porteños por un buque 
que procedía de Cádiz. 


TEATRALERIAS 


Puede afirmarse sin tlemor a 
equivocarse,, que el primer emipaie- 
sarlio teatral qiue tuvo Monlteivideo, 
fué un portugués Hlhima|dlo Manuel 
Cipriano de Meló, qiuilen, en 1794 
consrtruyó un teatro que llamé ‘"La 
Comedia”, en el terreno quie hoy 
ocupa el palacio Taranco, y que 
antes sirviera de asiento al teatro 
San Felipe, cuya fotografía diurnos 
en el primer tomo de “Recuerdos y 
Crómicas de Antaño”. 

Bl expresado de Meló, casé más 
tarde con doña María Antonia Gil» 
viuda del padre de los pobres, don 


Francisco Antonio Maciel, cuyo 
matrimonio por disposición teeta- 
mieinifearia legó el teatro, una casa y 
un conventillo conoclildo por de Ci- 
priano, a ifavor del HotepBItal de Ca- 
ridad. 

Buenos Aires tuivo también en 
mil |se|teic|ientOjs ochenta y tantos, 
su teatro, que, como el de aq/uí se 
llamaba “L^ Comedia”. iSiu oons- 
toruodión asaz ligera» con techo de 
paja, dió lugar a Guie se injctenid'iara 
©1 16 de Agosito dle 1792. 

'El precio de la entrada con su 
correspondiente asiento para las 



— 68 — 


funciones comientes — que no se- 
rían muuy ;f reauian tes por cierto, — 
era ed de “dois reales” por perso- 
na; y ,s\e hacía a la gente de color 
una bonificación de un cincuenta 
por ciento, puleisto que a lófl negros 
sollo ise lies cobraba “un real". 

Aunque no (lo dicen ios antece- 
den tes 'que 'liemos (consultado, con 
toda seglaridad da rebaja respondía 
al hecho de qiue los pobres more- 
nos, los muy poco s que habrán po- 
dido diisif rutar de las repreisenita- 


ciones teatrales tenían que per- 
manecer de pie y en el último de 
los rincones, dadas sus condiciones 
de 'esclavos esperando que termina- 
ra :ei espectáculo, para guiar des- 
pués a los amito®, farol en mano, 
hasta el hogar, salvando charcos de 
agua y evitando quie, por Salta de 
alumbrado público, pudieran aque- 
llos llevarse por. delante, ios postes 
de las esquinas y los ataderos de 
loi s caballos que se .colocaban fren- 
te a las “pulperías”. 


LA CAPITANIA DEL PUERTO 


La llegada de los buques que 
procedentes de Europa nos visita- 
ban, era motivo 'de .grandes novele- 
rías entre autoridades y pueblo,, 
pue,s a 'toidos interesaban Jas noti- 
cias que de las Cortes, pudieran 
ser portadores los marinos que tri- 
pulaban esas nlaves. 

Y era tal la imporfcandia quie se 
daba al hecho que, al anidar los 
barcos en la bahía, fueran visita- 
dos nada menos que por 'ell señor 
Gobernador de la plaza a quien 


acompañaban un regidor, un (ciru- 
jano y un escribano. 

El Gobernador Faliú, menos cu- 
rioso o más comodón que isius an- 
tecesores, o más disp/mesito a *diarle 
imipoirtandia a sus fueron de jefle 
supremo de la Provincia, dispuso 
en 1795, que en adelante realizara 
la visita a las naves que llegaran, 
el Mayor de la plaza, creando por 
el mismo decreto la “Capitanía 
dtefl. Puerto”. 


HISTORIA DE UNA VIRGEN 


iCom ifeCha 28 de Agosto de 1"' 
el barco de 'guerra español “Piza 
rro” trajo para ser ooUocada en la 
Capilla de la Aguada, una efigie 
representado a la Virgen del Car- 
men. 

iComo talles acomtecim'ienitos pa- 
san hoy completamente desaperci- 
bidos paira ell público, vamos a re- 
latar en breves líneas >el ceremo- 
nial icón que ise. realizó 'el desem- 
barco de la iimágen. 

iCon sumo «cuidado ifué colocada 
encuna falúa, a la que seguían dos 
emlbarcacioueis más idiel mismo ti^o 
y las lanchas 'de todos los buques 
mercantes surtos en el puerto, for- 


mando cortejo,, siendo los remeros 
de la primera, los oficiales del re- 
gimiento “El Fijo” y el timonel un 
capitán del regimiento de “Drago- 
nes”, piaña revestir así de mayor 
solemnidad al acto. 

El “Pizanro” hizo una salva de 
artillería que contestaron los die- 
más buques y las f uerzas y vecinos 
qiule, en la “Playa de la Aguada”, 
esiperaban ansiosos que arrimara 
aíllí la falúa portadora de (La ima- 
gen. 

Tal acontedimiento, dió tema 
después a Montevideo para que se 
hablara de sus incidencias, durante 
unas cuantas semanas. 



LA MASONERIA EN EL URUGUAY 

PROCESION MASONICA. — PRIMERAS LOGIAS. — GARIBALDI Y 
LA MASONERIA. — EDIFICIO HISTORICO. — LA NOTA TRA- 
GICA. INCENDIO EN LA “LOGIA GARIBALDI’ *V — LA 

ESCALERA FATAIi. — UN ESFUERZO SOBREHUMANO. 

—LAS VICTIMAS. — UNA REVOLUCION BRASILE- 
ÑA Y LA M ASONERIA 


La primera procesión masónica 

La dominación inglesa dió entre 
otras novedades a Montevideo, ia 
que se refiere a la realización de 
una gran procesión masónica, con 
súbditos de esa nacionalidad, quie- 
nes recorrieron las calles de la po- 
blación, con gran ostentación de in- 
signias y de banderas desplegadas . 

Podrá imaginarse el lector cómo 
6e habrán hecho cruces y golpeado 
el pecho españoles y nativo®, • ante 
semejante alarde de “herejía”, eltos, 
tan españoles todos y tan apegados 
a las prácticas del catolicismo. 

Y los aspavientos habrán sido 
mayores, fuera de toda duda, si se 
tiene en cuenta la malquerencia que 
sentían hacia los invasores ingle- 
ses. por invasores y por pertenecer 
a otra religión que no era la de los 
españoles y porque el día elegido 
para la demostración, todo un “sa- 
crilegio”, fué nada menos que el de 
San Juan, uno de los más grandes y 
más respetados entonces del santo- 
ral cristiano. 

En el acto que comentamos, ce- 
lebrado el 24 de Junio de 1807, la 
protesta de los católicos se exterio- 
rizó cerrando las puertas de sus ca- 
sas al pasaje de la procesión, mien- 
tras que en los interiores de las 
fincas, las familias congregadas en 
la pieza destinada a los rezos, repa- 
saban cuentas y más cuentas de los 
rosarios por vía de exorcismos y 
maldecían de la “impiedad” de los 
infieles y “herejes” masones. 

Decir por entonces masón, era co- 
mo mentar al diablo. 


La demostración masónica a que 
nos hemos < referido, fué la primera 
de tal carácter que tuvo lugar en la 
América del Sur. 

Las primeras logias 

Y ya que hablamos de. masonería, 
justo es que dediquemos también a 
ella algunas líneas que, aunque en 
forma sintética, tracen siquiera el 
desenvolvimiento de su historia en 
el Uruguay. 

La logia más antigua del país es 
la denominada “Les Amis de la Pa- 
trie”, que se halla bajo la jurisdic- 
ción del “Gran Oriente de Fran- 
cia” y fué fundada en el año 1827. 
En ella recibió la luz masónica, al 
decir de los de la secta, el héroe de 
ambos mundos general don José Ga- 
ribaldi, allá por el año 1845. 

El mismo Garibaldi fundó des- 
pués en esta capital, una Junta Car- 
bonaria, sociedad secreta de carác- 
ter político y militar, que usaba sím- 
bolos, al igual de la masonería. 

Las primeras logias uruguayas, 
hasta poco después de la Guerra 
Grande, estaban autorizadas por el 
“Oriente” del Brasil, y después de 
dicha guerra, se constituyó aquí el 
“Supremo Consejo” y el “Gran 
Oriente del Uruguay”. 

La logia “Garibaldi” dependió 
mucho tiempo de la masonería ita- 
liana; pero luego se incorporó a la 
uruguaya. 

En la actualidad, sólo existen en 
Montevideo tres logias extranjeras: 
la ya nombrada “Les Amis de la 
Patrie” y dos inglesas: “Acacia” y 
“Silver River”. 



— 70 -• 


Colegios masónicos 

Loe masones, al igual de los ca- 
tólicos, se han preocupado también 
de proporcionar Instrucción a la ni- 
ñez; y si hemos de estar a los in- 
formes recogidos, el primer colegio 
de esta índole que tuvo Montevi- 
deo, funcionó en la calle Ituzaingó 
esquina Piedras, bajo la dirección de 
un francés conocido por monsieur 
M<arck. 

Más tarde y en el local que hoy 
■ocupa la Universidad de Mujeres 
(Soriano y Paraguay), funcionó 
otro colegio masónico, gratuito, con 
la denominación de “Fraternidad”, 
bajo la dirección de monsieur Gi- 
lade. 

Las clases en el edificio que nos 
ocupa, y que fuera construido para 
Hospital Italiano, sin que nunca 
llegara a servir a tales fines, se vie- 
ron interrumpidas allá por el año 
1865, para que sus salones prestaran 
albergue a los soldados brasileños 
que, ya declarada la guerra . al Pa- 
raguay y en viaje a Yacurí Grande 
■(Concordia), en donde se organiza- 
ba el gran ejército que mandaba 
Osorio, se enfermaban a bordo de 
las naves que los traían de Río de 
Janeiro, Bahía, Santos, etc., etc. 

La nota trágica 

El fallecimiento del general Ga- 
ribaldi determinó a la Logia de su 
nombre a realizar en honor del 
héroe, — que había sido su Presi- 
dente honorario, — un funeral ma- 
sónico, para cuyo acto se había in- 
vitado a numerosas familias. 

Ocupaba por entonces la Logiá, 
los altos de la finca de l a calle San 
José N.o 143 (numeración antiguai 
a la altura de Daymán;y para re- 
vestir la ceremonia con mayores 
aparatosidades se había enlutado el 
gran salón, en cuyo centro se le- 
vantaba un catafalco, sobre el cual, 
un ataúd y cuatro antorchas que 
alumbraban en las cuatro esquinas, 
hacían más imponente el ambiente 
de recogimiento que dominaba en 
aquel templo improvisado. 

A las ocho de la noche del do- 
mingo 11 de Junio de 1882 se ha- 
bían congregado allí más de tres 
cientas personas, entre las cuales 
habían no pocas esposas, hijos y 


hermanas de masones; y cuando se 
esperaba precisamente la llegada 
del Gran 'Maestre de la Masonería 
del Uruguay don Garlos de Castro 
para dar comienzo al acto, fué que 
se produjo el accidente, sin mayor 
importancia en ese momento y que 
habría de dar lugar segundos des- 
pués al desarrollo de la gran tra- 
gedia. Una pequeña lámpara a pe- 
tróleo colocada sobre el túmulo fu- 
nerario cayendo sobre éste y espar- 
ciendo el liquido, hizo que empe- 
zara a arder el paño que cubría el 
ataúd. 

— ¡Fuego, fuego, fuego!! grita- 
ron con horror varias voces, a la 
vez, que algunos hombres trataban 
de dominar aquel principio de in- 
cendio, mientras que otros, abar- 
cando la magnitud del desastre que 
se produciría 6i no llegaban a con- 
tener a la masa humana presa de 
inenarrable terror, gritaban a to- 
do pulmón: 

— ¡Calma, calma!! No ha sido 
nada!!! Ya está apagado el fue- 
go...!!! 

Pero, desgraciadamente, no hu- 
bo caso. El público remolineó en 
medio de gritos de espanto; y to- 
dos a una querían buscar salida a 
la calle por la escalera, bastante 
angosta y que formaba recodo en 
forma de ángulo recto. 

Otras personas pretendieron de- 
tener la avalancha en el hall y fue- 
ron arrastradas. 

¡Y oh fatalidad de la suerte! 

La puerta de calle estaba ce- 
rrada! ! ! 

¿Quién fué que la cerró? 

Alguien lo atribuye al sereno de 
guariia de esa manzana, quien cre- 
yendo que se había armado una 
gresca dentro de la Logia se apre- 
suró a cerrarla para que así no 
pudieran escapar los autores del 
desorden. 

Y la avalancha fatal seguía 
afluyendo a la escalera. Contra la 
puerta, los primeros en llegar rin- 
dieron tributo a sus villas, ya que, 
los que tenían a sus espaldas los 
imposibilitaron para abrirla, mien- 
tras que los auxilios que ^e preten- 
dían aportar desde la calle, resul- 
taban ineficaces, porque a los in- 
tentos que se realizaban para for- 



— 71 — 


zar la puerta, se oponía la barrera 
insalvable de un a muralla humana, 
amalgamasada a sus tableros. 

Inútiles resultaban asimismo las 
palabras de tranquilidad lie algu- 
nas personas que hablan quedado 
■en el salón y las seguridades que 
daban de que todo el peligro ile 
fuego habla desaparecido por com- 
pleto, porque l a gente, dominada 
ya por el miedo no trataba más 
que de encontrar su salvación en 
la calle y por la fatal escalera. 

Hacia ya bastante rato que el 
fuego había sido totalmente domi- 
nado sin más daño que la quema 

de algunos ornatos, de la mitad de 
la bandera que Garibaldi hizo fla- 
mear en la Batalla de San Antonio 
y del estandarte de la Logia “Les 
Amis de la Patrie”; y la casi tota- 
lidad de los asistentes a la cere- 
monia, enloquecida, persistía en el 
insensato propósito de escapar por 
donde no podía hacerlo. 

El héroe de la jomada 
Don Miguel Furriol, Gran Maes- 
tro _adjunto de la Masonería, y don 
José E. Pesce, Superitendente |de 
la 'Casa de Gobierno, batallaron in- 
útilmente al pretender desviar ha- 
cia los fondos aquel chorro huma- 
no de gente que huía precisamente 
hacia donde existía el único peli- 
gro, y el primero de los nombra- 
gro; -- y el primero de los nombra- 
quilidad era desoída, abriendo los 
brazos, pretendió contener a los 
insensatos que en el paroxismo del 
terror entregaban sus vidas a 
aquel desfiladero constituido por la 
escalera. La avalancha, irresistible, 
avasalladora, se llevó por delante 
al señor Furriol quien se vió de 
pronto rodar hasta la mitad de la 
escalera, oprimido por la masa hu- 
mana que se estrujaba, en meaio 
de espantosos gritos y de quejidos. 

A duras penas pudo aquél, gracias 
a su serenidad de espíritu, escu- 
rrirse un poco y poniéndose de pie, 
encontrar un punto de apoyo, so- 
bre la pared divisoria del zagúan 
de l a casa baja. 

Oprimido, sintiendo crujir sus 
huesos, apercibió sobre su hombro 
derecho la cabeza de un vecino 


quien asfixiado y sin fuerzas y* 
para proseguir defendiéndose, mo- 
ría de pie, apuntalado por los cuer- 
pos de sus compañeros de infortu- 
nio. 

Aquella ola de carne viviente a 
fuerza de recibir mayor caudal de 
elementos, se inflaba amenazando 
estallar por algún lado. 

Desesperado esfuerzo 
¿Fué una ilusión? 

¿iFué la realidad? 

La espalda del señor Furriol en 
contacto con la pared, percibió co- 
mo si ésta se moviera, al embate 
del palpitar anhelante de los pe- 
chos oprimidos; y aquel, vislumbran- 
do una esperanza, aunque muy re- 
mota, invitó con' el máximo de voz 
que le permitían tan crítica* cir- 
cunstancias a que, todos a una, die- 
ran con sus cuerpos contra la pa- 
red. 

— ¡A la una, a las dos. . . ya 
las tres!! ¡¡Vamos, fuerza!! 

Y durante breves segundos, en- 
tre los ayes de dolor, se percibió la 
respiración anhelosa, jadeante, de 
los pechos en sus dobles esfuerzos 
de salvar las vidas y de echar por 
tierra el muro salvador, — que es- 
ta vez si, había oscilado ante el so- 
brehumano esfuerzo. 

— ¡Vamos, hermanos, otro em- 
pujón más y esto cae! A ver ¡A la 
una, a las dos y. . . a las tres! . . . 

La obra titánica, heroica, impo- 
sible de realizar a fuerza de ¡hom- 
bros, cual era la de derribar una 
pared de cal y canto, se vió coro- 
nada de lisonjero éxito. Un ruido 
ensordecedor seguido de gritos de 
horror, de dolor y de júbilo, se- 
gún las circunstancias en que se 
encontrara quien los emitiera, se 
dejó sentir en todo el edificio, que 
se estremeció como si fuera presa 
de un terremoto. La pared había 
cedido, al fin; y con ella, entre los 
escombros y en medio de una nu- 
be de tierra, cien' cuerpos cayeron 
también al zaguán lindero. . . 

Mientras se desarrollaba el epi- 
sodio de la escalera, algunas se- 
ñores que no pudieron dar con ella, 
por la confusión, pretendían arro- 
jarse por los balcones, siendo con- 
tenidas por agunos masones y Por 
el público, que en gran número se 
había aglomerado en la calle y que, 



72 — 


mientras no encontraba otra fór- 
mula salvadora, ya que, como lo 
hemos dicho, la barrera humana 
de adentro impedía que se pudie- 
ra abrir la puerta, — recomenda- 
ba tranquilidad, anunciando la efi* 
cacia de elementos de salvataje 
próximos a llegar. 

Don Víctor . Cantón, tomando en 
sus brazos a un niño hijo del con- 
tador público señor Morera / lla- 
mando la atención de ios curiosos 
que llenaban la calzada* — pidió 
que lo recogieran, que él lo arro- 
jaría desde allí. 7 el dhico llegó 
sano y salvo a su casa, como así 
llegó también otro hermanito suyo, 
quien arrastrado desde los prime- 
ros momentos hacia: la escalera y 
sin saber cómo, se encontró mu- 
cho rato después ileso, en la calle. 
En cambio, una gallega sirvienta 
que los acompañaba pereció aplas- 
tada. 

Conjeturas 

Mil conjeturas se tejieron des- 
pués alrededor de este luctuoso 
suceso. «Se murmuraba de la in- 
tervención de manos criminales. De 
la insinuación de los curas, enemi- 
gos cíe la masonería y enemigos 
también de Garibaldi, uno de los 
principales factores de la caída del 
poder temporal de los papas. . . 

La coincidencia de la cerrada de 
la puerta de la calle unida a la 
circunstancia de que alguien ha- 
bía apagado el pico de gas que ilu- 
minaba la escalera, daba lugar a 
no desoír la afirmación ¡que hacía 
don Vicente Bianca de haber vis- 
to por dos veces a un hombre de 
saco gris apagando la luz del za- 
guán; — y que, ese mismo hombre 
fuera iquien volteara más tarde la 
lámpara que provocó el principio de 
incendio, dando a la vez la voz de 
¡fuego! 

Sin embargo, la autoridad en- 
cargada de invesigar el fatal suce- 
so, no pudo confirmar las afirma- 
ciones del señor Bianca. 

!La familia del doctor Triani 

Desde los primeros momentos 
concurrieren- varios médicos a.« lu- 
gar del siniestro; y entre ellos el 
doctor Triani quien no se imaginó 
encontrar entre los muertos a su 


señora esposa y a un hijo, siendo 
él el primero en reconocerlos entre 
aquel hacinamiento de cadáveres y 
de heridos. 

Los muertos 

He aquí ahora la nómina de los 
muertos en la catástrofe: Leonar- 
da Arroyo de Triani, Luis Triani, 
Miselia Costa de Buxó, María Bis- 
cay, Carmen Frigani de Solecia, 
María .*Sei jambo, •Cherubín Trombe- 
ta, Antonio Peteud, Antonio Bonn- 
ccansi, Antonio Bruno, Felicia 
ÍRuiiZ, Antonio Frenzi, , Santiago 
Boio, José ítisso, Francisco Aram- 
buró, Alfredo Brist y eres perso- 
nas más cuyos nombres se ignora. 

Los heridos 

Santiago Zettino, su esposa Al-ber- 
ta Zettino y sus hijos Aurelia y Al- 
berto, Santiago Fines, Dorotea Et- 
cheverry, Angela Salva, José y An- 
tonio Maglia, José María Galán, En- 
rique Almiratti, Francisco Etchepa- 
casi, N. Buschiaso;, Magdalena Mam- 
berti y dos hermanas más, Salvador 
Ingenieros, un menor de apellido 
Savini, Lorenzo y Anita Noly y otro& 
confusos más. 

Un recuerdo histórico 

Lo único que quedó ileso en eL 
salón, teatro de los dolorosos suce- 
sos que hemos detallado fu-é un 
cuadro que contenía una carta y un 
sobre, que se había colocado con 
algunos atributos masónicos junto al 
catafalco. 

El sobre llevaba la siguiente di- 
rección: “A Üairlo Eugenio Fantoni. 
Ufficiale del Esército Italiano. Vía 
Della Valle núm. 49. Roma." 

La misiva decía así: 

“Caprera, 24 Marzo de 1878. — 
Caro Fantoni: Diite ai nostri fratelli 
de Montevideo,, ch’io vado superbo 
d’essere loro Venerábile Onorario”. 

“Vostro e loro per la vita. 

Giussepe Garibaldi/’ 

El entierro de las víctimas 

La Masonería del Uruguay se hi- 
zo cargo de los muertos a los cua- 
les tributó grandes honores en su 
sede de las calles Soriano y Queguay 
(hoy Paraguay), desde cuyb punto 
partió el cortejo, a las 9 . 3«0 p. m., 
del día 13, llevando a su frente la 



73 


banda ide música del Batallán 3. o 
de Cazadores. 

Como un homenaje a la<s victimáis, 
los ataúdes fueron conducidos hasta 
la última morada a pulso, y debido 
a gestiones de los coroneles Torrens 
y 'Groyena, el Municipio consintió que 
todos los muertos fueran inhumados 
en el Cementerio Central. 

Hicieron uso de la palabra en la 
necrópolis los doctores Carlos de 
Castro, Cristóbal Salvañach, Matías 
Alonso Criado, Váldez García y el 

coronel Juan M. de Sierra; y a las 
11.45 a. m. la numerqsa, concurren- 
cia que asistió al sepelio, se retira- 
ba del Cementerio apesadumbrada 
por tan horrible trajedia. 

Revolucionarios brasileños 

Muchos dé nuestros lectores ha- 
brán de recordar también que du- 


rante el gobierno de Julio Herrera 
y Obes, fuá nuestro grato huésped, 
aquel simpático e ilustrado brasile- 
ño que se llamó Saldanha da Gama, 
quien, en los azares de la revolución 
de Río Grande del Sur llegó a estas 
playas mandando el crucero /‘Re- 
pública” que se había sublevado 
llevando a su bordo numerosos 
guardias marinas y cadetes, enemi- 
gos del régimen que gobernaba a la 
república hermana. 

Ese barco, entregado al gobierno 
de] páís, fue abandonado por su bri- 
llante tWpülación, a la cual la Ma- 
sonería, dió albergue en Su local 
de lá calle Soriano y.Queguay, en 
dODde se les dispensó toda clase de 
atenciones^ mientras p e r m a n e c ier o.n 
en esta capital. . 


La Masonería y la instrucción pública. 


UNA CARTA INTERESANTE. ' — LAS ESCUELAS MASONICAS EX 
EL URUGUAY. — PEQUEÑAS RECTIFICACIONES A NUESTKA 
CRONICA ANTERIOR. — COMO FUNCIONABAN LOS COLEGIOS 
— QUIENES ERAN SUS PROFESORES. — LA MUCHACHADA 
DE ENTONCES. — JOSE SERRATO, PRIMER PREMIO. — A LA 
HORA DEL RECREO. — PAN CON DULCE POR DOS COBRES. 

— PIDIE.\ ík> FIADO 


Nuestra crónica anterior, hacien- 
do breves reminiscencias del desen- 
volvimiento de la Masonería en el 
Uruguay, ha dado lugar a que, un 
para nosotros desconocido pero sí 
eficaz colaborador, nos envíe la si- 
guiente carta que no resistimos a 
la tentación de publicarla, no sola- 
mente por su valor histórico, sino 
que también para llevar a nuestros 
lectores, y en manera muy especial 
a la pléyade de "muchachos” que 
pedían fiado a Doña Flora y que 
hoy, por sus canas y por su especta- 
bilidad, han pasado a la categoría 
de señores, momentos de gratos Te- 
cuerdos. 

He aquí ahora, la carta de la re- 
ferencia: 

"Al autor de "Recuerdos y Cró- 


.nicas de Antaño”. — Diario "La 
Mañana”. — Señor: Soy uno de los 
tantos asiduos lectores de sus cró- 
nicas, tan verídicas, como bien es- 
critas; y soiy feliz cuando ellas so 
refieren .a tiempos, por mi alcanza- 
dos. Eso, lo rejuvenece a uno 
(bien dice el axioma que después 
de los 50, se vive de recuerdos!); 
y es precisamente su última, publi- 
cada el Domingo 13 del actual, la 
que me mueve a escribir a Yd. es- 
ta misiva, O' 1 '-- no tiene otro objeto 
qu e el de ofrecerle algunos nuevos 
datos y Iwr:.. una pequeña rectifi- 
cación en lo que se refiere a ! l Co- 
legio fundad " v sostenido Por ia 
Masonería .. . Uruguay. 

En la época a que Vd. se refiere, 
se titulaba " 'scuela Filantrópica” 



74 — 


;y funcionaba bajo los auspicios del 
Gran Oriente del Uruguay, y no 
Fraternidad ” como Vd. dice en su 
crónica. 

Este establecimiento de enseñan- 
za era dirigido por el destacado pro- 
fesor francés, don Miguel Bialade 
( padre de los fundadores de la ca- 
sa importadora de esta plaza que 
.llevan este apellido, y no Gilade ). 
Debo decirle también ^ae la escuela 
que funcionó en Ja calle Piedras, 
fué la misma, que se trasladó más 
tarde al local que Vd. menciona. 

En aquel entonces, yo era alum- 
no de esa escuela, que se dividía 
en 4 clases. La la., de los imás ade- 
lantados (a la inversa de hopr), 2a., 
3a. y 4a. La la. era dirigida por 
el director G. de la Escuela, señor 
Bialade; ’a 2a., por el maestro Ma- 
riano Casterás; la 3a. ipor Luis 
González (un socias de Brindis de 
Salas, malo él corno un ají) ; y la 
4a. , por él profesor Antonio Ferro. 
Era el tiempo en que imperaba la 
palmeta. 

Posteriormente desfilaron por ese 
mismo colegio, profesores de la ta- 
lla de don Federico Calvet, bachi- 
ller Carlos Warren, José Á. Fome- 
la talentoso educacionista, Carlos 
Stagnero y otros; y en honor a la 
verdad, debo decirle que con la ac- 
tuación de estos profesores, cesó el 
régimen de la palmeta. 

En esa escuela, se recibía una 
instrucción Fastante sólida. Se da- 
ban allí clases de gramática, histo- 
ria, geografía, aritmética, álgebra, 
botánica, mineral oigía, física, etc., 

además de clases especiales de los 
idiomas francés, inglés e italiano y 
todo gratuitamente, excepto los idio- 
mas de inglés e italiano, por cuyas 
enseñanzas se pagaba urna cuota mí- 
nima. El francés nos lo enseñaba 
don Miguel (como llamábamos al 
señor Bialade), gratis, cuyas leccio- 
nes de una hora, se daban tres , ve- 
ces por semana y concluidas las 
clases de'l Colegio, que eran de 
.a 12 y de 1 a 3. También se dic- 
taban clases de teneduría de libros 
y dibujo. 

Todos 1 los textos, cuadernos y 
útiles, no<s eran suministrados gra- 
tuitamente, costeados por la Ma- 
sonería. E s a esa institución,- preci- 
samente, que dos o tres generacio- 
nes que forman cientos de ciudada- 


nos, hayan podido instruirse y salir 
preparados -para empezar la lucha 
por la vida, unos para ingresar a 
Universidades en procura de un tí- 
tulo, y todos para prestar sus acti- 
vidades al País o a donde los 'haya 
llevado el destino. Entre los' con- 
discípulos de mi tiempo, recuerdo a 
algunos que ocupan o han ocupado 
puestos destacados en varias raimas 
de nuestras 'actividades, y algunos 
de destacada significación. Cabe 
mencionar en primera Urea, al ac- 
tual Persidente de la República, in- 
geniero don José Serrato (uno de 
lo s pocos que llegó a ganar el pri- 
mer premio de la escuela que la 
formábamos un total de 500 o. 6b o 
alumnos); el doctor Sebastián Ro- 
dríguez, que ejerce su profesión de 
médico en el Paso del Molino, con 
el ¡beneplácito de toda la localidad; 
a su hermano Carlos, que ocupó un 
alto puesto en él Banco de la Repú- 
blica; al doctor Prunés, inteligen- 
te y caritativo médico; al coronel 
Mar .'o Zufriateguy (fallecido recien- 
temente) ^ventajado jefe de nues- 
tro Ejército; a su hermano Pablo, 
que hoy es abogado a Esteban y Félix 
Elena, el primero que ocupó la Ge- 
rencia del Banco Popular y f- 
que resultó un dibujante de primer 
orden; al agrimensor Saturnino 
Cortezi; a Alfredo Sánchez fuerte 
comerciante de esta plaza; a Artu- 
ro y Carlo-s Bouton, activos y bien 
conceptuados despachantes dé Adua- 
na; al escribano Tomás Yzurzu, ra- 
dicado en la Argentina y fundador 
del Club Oriental en Buenos Aires; 
a Jaime y César Farrell, cuya firma 
comercial es tan conocida por su 
honestidad; a Luis Martínez y 
Marcos, poeta de alto vuelo; a En- 
rique y Abraham Busco, del alto 
comercio paraguaya; a Vicente y 
Andrés Lápido y E. De María, los 
tres de “La Tribuna Popular”; a 
José Gervasio Artigas, nieto de 
¡nuestro gran Artigas, que murió 
hace algunos años, siendo- empleado, 
creo, de la Aduana, y tantos otros 
que escapan a mi memoria. Todos 
ellos nutrieran su cerebro en aque- 
lla escuela; y seguro estoy de que 
. todos guardan gratitud a aquel 
templo de enseñanza laica. 

No quiero abusar más del señor 
redactor, si es que me ha seguido 
hasta aquí, pero a.nte s de cerrar es- 



— 75 — 


tos apuntes, quiero evocar dos fi- 
guras que mis ex condiscípulos re- 
cordarán con emoción <y cariño. Me 
refiero al conserje de la escuela, 
don León, todo un “benemérito . 
con sus patillas blancas, su gorra 
de visera y su andar inclinado! ba- 
cía adelante por el peso de los años, 
y a su señora, doña Flora, quien, 
mediante la retribución de “dos co- 
bres” (0.01) nos servía durante 
el recreo, un panecillo cortado al 
medio y untado discretamente de 
dulce de manzana o de membrillo 
hecho por sus maños. Cuantas ve- 
ces, un niño que no llevaba el cen- 
tesimo imploraba de la hacendosa 
señora; 

— 'Doña Flora, un pan con diulce, 
que mañana se lo pago. - — A cuya 
demanda ella, tan bondadosa, ser- 


vía el panecillo apetecido, diciendo: 

— Toma, hijo — ¿quieres más? 

• _• ,.t •• a * , . 

¡Cuántos anécdotas y cuánto po- 
dría escribir yo de esa escuela, en 
donde pasé los mejores años de mi 
niñez! ! Pero, me falta, lo que se- 
gún un critico francés es necesario 
tener: “le nerf anecdotique”. 

Vayan con estas mal trazadas 
líneas, mis deseos de que los anti- 
guos camaradas de la escuela, ten- 
gan un momento feliz, si llegaran 
a leer esto al rememorar tiempos 
idos; y que, ¡ay! ya no (volverán. 
Entretanto. . . sigamos la caravana. 

Respetuosamente lo saluda. — 
“Un ex-díscípulo de la E. Filantró- 
pica”. 

Montevideo, 17 Setiembre 1925. 


Buenos Aires y la “muy fiel y reconquistadora. . . 


CUANDO SE RECIBIO LA MALA NOTICIA. — SE LEVANTA UN EM- 
PRESTITO. — LA TROPA EXPEDICIONARIA. — LA TRAVESIA 
MARITIMA. — RECOMPENSAS. — INQUINA CONTRA LOS 
INGLESES. — TODOS ERAN “DON GUILLERMO”. — 
HACIENDO EXCEPCIONES 


La mala noticia 

Tomada la ci»uda.d de Buenos Ai- 
res por 'los ingleses el 2i7 de Junio 
¿o 1806, produjo la noticia en Mon- 
tevideo, hondísima impresión, — 
aprestándose de inmediato, autori- 
dades y pueblo, a correr en auxilio 
de aquella plaza; — . y aprovechan- 
o.o tal estado de ánimo el gooer- 
nador Ruiz Huidobro que organiza- 
ba una expedición para la recon- 
quista de <la ciudad rendida, levan- 
tó entre el comercio y vecinos de 
Montevideo un empréstito nara 
atender los gastos de la jornada, 
que arrojó la suma de cuarenta y 
ocho mil pesos. 

Las fuerzas ex[jedicionaJ\ f ias 
La expedición bélica se puso a ór- 
denes del coronel don Santiago Li- 
aiers, francés, al servicio de Espa- 


ña, cuyas fuerzas salieron de los 
muros de Monteivideo. rumbo a la 
Colonia, el 23 de Julio de 1806. 

La columna la formaban: Prime- 
ra Compañía de Voluntarios, de 
Montevideo, al mando de don Joa- 
quín Chopitea y compuesta por se- 
senta y siete hombres. La segunda 
compañía de la misma unidad, die 
noventa y seis hombres, al mando 
de don Juan Balvín Vaillejo. Lo.s 
franceses de Moirdel] qiue consti- 
tuían otra compañía de sesenta y 
tres hombres. Cien artilleros. Sesen- 
ta y seis granaderos de Buenos 
Aires. Dos cientos veinte y siete 
bonubires «del Regimiento de Drago- 
nes. Ciento cuarenta y se:,s de la 
Compañía de Miñones'. Quinientos 
de la Marina Española; y ciento 
treinta voluntarios que se agrega- 
ron a la expedición en la Ciudad de 
la Colonia bajo las órdenes de don 



— 76 — 


Benito Chain. 

Eista-s fuerzas hacían un efectivo 
de mil cuarenta y cinco hombre» de- 
cididos a morir por la reconquista 
de Buenos Aire?., , 

La travesía marítima , ,, 

Como este contingente, de guerre- 
ros necesitaba, de medios .maritáimos 
de transporte para hacer la travesía 
de la Colonia . a Buenos Aires, el 
capitán idon .Juan, Gutiérrez de la 
Comciha, en la noche del 25 de Ju- 
lio de 1806, aprovechando un tem- 
poral re nante, pudo forzar sin ser 
notado el bloqueo de Jla escuadra 
inglesa que cerraba nuestro puerto, 
con una escuadrilla que formaban 
seis zumacas y goletas, seis caño- 
neras, una lancha, artillada y ocho 
transportes, llegando all día -si- 
guiente a la Colonia con tía pérdiuL, 
de do»s ziumaoas que naufragaron. 

Liniers, gracias a la escuadrilla 
de Gutiérrez de la Concha, pudo des- 
embarcar en las proximidades de 
Buenos A:' res el 4 de Agosto. 

Recompensas 

La reconquista de la ciudad her- 
mana, movió al Rey de España a 
a Montevideo, el título de “Muy 
Fiel y Reconquistadora”, determi- 
nando a la vez que se agregara al 
escudo de armas “banderas ingle- 
sas abatidas que apresó en dicha 
reconquista, con una corona de oli- 
vo sobre el Cerro, atravesada con 
otra de las reales armas, palma y 
espada.” 

Por su parte, el Cabildo de .bue- 
nos Aires, además de las felicitar 
cionrs que tributó a los jefe^ de la 
expedición y de las notas de agrade- 
cimiento que pasó al de Montevi- 
deo, premió con veinte y cinco* pe- 
bois a cada soldado. 


“Don Guillermo. . .” 

Las reiteradas tentativas de los 
ingleses para apoderarse, tanto de 
Montevideo como de Buenos Aires, 
y su id Joma y religión, desperta- 
ron los recelos de los. españoles y 
nativos, quienés miraban con malos, 
ojos a todo inglés que llegara a es- 
tas 'latitudes; — y tal era el enco- 
no que sentían contra él que, no 
conociéndose en el país todavía el 
vocablo “gringo” para, indicar des- 
pectivamente al extrangero, .se em- 
pleaba por entonces- para todo el 
aue no fuera español o americano 
del Sur, el dé “inglés”. Así por 
ejemplo, el napolitano más atrave- 
sado era para todos, un “inglés”. 

/Y no conformes con darles .despre- 
ciativamente la denominación de 
“ingleises”, no concebían tampoco 
nuestros antepasados que pudiera 
haber hombre de la rubia Albiión 
que no se llamara “don Guillermo”. 
Para un gaucho, un “John”, — por 
ejemplo, — tenía que ser por fuer- 
za, un “GuilUermo”. sin duda por- 
que abundaron los de tal nombre 
entr-e los primeros británicos que 
Regaron al país. 

Ingleses “civilizados” 

No obstante tales prevenciones, 
Hubieron ingleses que, adaptándole 
a las modalidades de estas regiones, 
se hicieron verdaderos gauchos, 
con los usos, costumbres y defectos, 
de los (nativos, quienes, satisfechos 
de la metamorfosis operada, soste- 
nían de todo corazón, que el trans- 
formado inglés había pasado a ser 
“persona civilizada”. 

Ante un ejemplar ,de tal natura- 
leza. un gaucho no podía menos que 
excl amar e n t u siasmado : 

— ¡Es macanudo este “don Gui- 
llermo”! ¡Ingíés, ande aihí lo ven, 
es todo un gaucho! 



i ¡ csrRiJsríS-osn 

Se non é vero . 


En el capítulo que publicamos el 
Domingo pasado bajo el epígrafe 
de “Buenos Aires y la muy fiel y 
reconquista/dora . . . . ” afirmábamos 
que cien años atrás no se conocía 
en los países del Plata el vocablo 
“gringo”, para señalar despectiva- 
mente al extrangero, al que se le 
daba en cambio el de “inglés” por 
cuyos ciudadanos sentían los espa- 
ñoles y nativos una marcada des- 
confianza. ¿Desde cuándo data pués, 
la aparición del calificativo “grin- 
go”, que se ha extendido a todos 
los pueblos del continente ameri- 
cano? 

El viejo práctico de los Ríos de 
la Plata y Uruguay don Pablo A. 
Dugrós, que ha cumplido ya muy 
gallardamente ochenta y ocho años 
de edad, dijo de pronto, en medio 
de una conversación que giraba al- 
rededor de los tiempos viejos. 

— zUsted no sabe porque llaman 
gringos a los extrangeros? 

— ¡Hombre. . . ! ! No lo sé. . . 

— '¿Le interesa conocer el dato 
para sus trabajos históricos? Le re- 
feriré lo que a mi me contaron. 

— ¡Ya lo creo que sí! Venga esa 
historia. 

— La cosa ocurrió antes de la 
Guerra Grande, o en plena guerra. 
No lo recuerdo bien. 

Cierto día, llegó al puerto de Mal- 
donadó un barco velero, griego de 
nacionalidad, — un bergantín, — 
cuyo capitán bajó a tierra con el 
fin de comprar cueros para llevar 
a Europa, — a cuyo efecto, se pu- 
so al habla con una persona de sig- 
nificación del lugar, con el fin de 
que lo pusiera en relaciones con 
quienes podrían venderle tal artí- 
culo. 

Conviene destacar, — prosiguió 
diciéndonos el viejo amigo, — que 
por entonces no había desconfianza 
para la realización de transacciones 
comerciales entre nuestros hombres, 
por cuya razón el capitán del barco 


encontró toda clase de facilidades 
para la realizacióñ de sus operacio- 
nes comerciales. 

Y el cargamento se iba haciendo 
en el bergantín a medida que lle- 
gaban a la playa, las carretas carga- 
das 'con los cueros. 

Hasta que un buen día y cuando 
todavía las bodegas no estaban bien 
repletas, el capitán, aprovechando 
una brisa favorable, levó anclas sin 
haber pagado un solo patacón a nin- 
guno de sus confiados acreedores. 

Las velas, desplegadas a todo 
trapo, empezaban a inflarse batidas 
por el viento — para imprimir gra- 
dualmente a la embarcación, mayor 
celerodad, mientras que, de distin- 
tos puntos de la costa corrían hacia 
la playa los acreedores y .vecinos, 
quipnes, percatados de la pillería 
del griego, alzaban los paños en 
alto, amenazantes, gritando a la 
embarcación que se alejaba enfilan- 
do hacia el extremo Este de la Isla 
de Gorriti. 

— ¡Ah, del bergantín! ¡Páre- 
se ! ! 

¡Follón, que mal rayo te par- 
ta ... ! 

Hasta que de pronto un paisano, 
nada versado en nociones geográfi- 
cas, recordando vagamente la na- 
cionalidad del tramposo marino y 
queriendo llamarlo pot ella, se pu- 
so a gritar a todo pulmón: , 

— ¡Gringo, — gringooooo, — 
gringoooo! ! ! ! ! ! 

Pero el picaro del griego se ha- 
cía el sueco. 

Desde entonces y después de re- 
cordarse la aventura del griego, se 
adjetivó a todo extrangero con el 
vocablo “gringo”. 

Un error de pronunciación por un 
completo desconocimiento geográfi- 
co de un gaucho, bnriqueció el dic- 
cionario de la leneua castellana con 
una palabra, — de las más gráfi- 
cas, — para expresar un concepto. 



AMOR DE INDIA 


A medida que aumentaoa el nú- 
mero de los conquistadores españo- 
les en la plaza de Montevideo, los 
indómitos charrúas se iban alejando 
gradualmente de Ja costa, huyendo 
siempre del conquistador y de todo 
lo que importara civilización. 

El Río Santa Lucía, con la en- 
tonces exhuberante vegetación de 
sus costas bien pobladas de todas 
las variedades de la fauna indígena 
prestaba asilo seguro a la soberbia 
raza* que encontraba allí tácilmen- 
te, todos los medios necesarios para 
atender a su subsistencia. 

“Yandubayú”, uno de los tipos 
más valientes de la tribu, había 
unido su suerte a la de una hermo- 
sa india de nombre “Liropeya”, cu- 
ya belleza llegó a impresionar asi- 
mismo a no pocos europeos. . 

(Cierto día en que un oficial es- 
pañol apellidado Caraballo recorría 
al frente de los suyos aquellas in- 
mediaciones, apartándose de la co- 
lumna se aproximó a una choza 
construida con ramas y cueros, den- 
tro de la cual dormía la pareja in- 
dígena; y, dominado por la belleza 
de la india que le despertó de pron- 
to un sentimiento bestial, creyó que 
con la muerte del compañero, po- 
dría resultarle más fácil la con- 
quista de “Liropeya”. Y, dando 
rienda suelta a sus malos instintos, 
se resolvió a quitar del medio, con 
un lanzaso dado a mansalva al que 
él creyera un obstáculo para sus 
criminales intenciones. 

El brazo del conquistador espa- 
ñol se recogía ya para asestar el 
golpe fatal, cuando de pronto des- 
pertó el indio, quien, esquivando la 
embestida y abalanzándole contra 
su traicionero contendor, logró des- 
armarlo y dominarlo. 

Se proponía “Yanduibayú” dar 
cumplida cuenta de su rival, cuan- 
do “Liropeya” que había desperta- 
do al ruido de la lucha, interpo- 
niéndose entre ambos, exclamó: 


— ¡“Yandubayú”! ¡Perdona la 
vida al cristiano y no olvides que 
me has prometido vencer a cinco 
caciques para que puedas alcanzar 
a tal dignidad. Todavía te falta 
uno. Deja que se vaya este hom- 
bre. 

Y "Yandubayú”, después de bre- 
ves reflexiones y de mirar amoro- 
samente a la mujer amada, dijo a 
Caraballo. 

— Cristiano; te doy la vida que 
me quisiste arrebatar tan artera- 
mente- Toma tu lanza, toma tu es- 
pada y vete con los tuyos. . . 

Caraballo quería justificar su 
conducta para inspirar confianza al 
indio; y estimulado tal vez por lo 
que él creyera interés hacia su per- 
sona de parte de la india, cuando 
sólo había existido un sentimiento 
de conmiseración, se propuso ven- 
cer lo que en su concepto — con 
una idea obsesionante — constituía 
el único obstáculo, para el logro 
de sus menguadas aspiracioies. 

“Yandubayú”, que no sospechaba 
ni remotamente los verdaderos pro- 
pósitos que animaban al conquista- 
dor, ayudaba a éste en el arreglo 
de la montura del caballo, cuando 
en un descuido de aquél, el español 
le quitó la vida. 

La pobre india, horrorizada por 
el inaudito crimen que le arrebata- 
ba a su compañero, quedó como pe- 
trificada por tan dolorosa y doble 
impresión, circunstancia que apro- 
vechó Caraballo para prodigarle ca- 
ricias y brindarle amores; y, apre- 
miada por las promesas que éste le 
hiciera, pidió al conquistador que 
si quería que lo. siguiera hasta el 
“Fuerte” debía antes abrir una se- 
pultura para el que había sido su 
compañero. 

•Cuando Caraballo, anhelante, da- 
ba ya término a su fúnebre tarea, 
“Liropeya”, arrebatándole de pron- 
to un puñal que pendía de un cos- 
tado del cinturón de aquél, dijo a 



— 79 — 


la vez que se clavaba el arma en el 
pecho. 

— Cristiano... ¡Cava para los 

dos la sepultura; y cubre a la po- 
bre “Liropeya” con la tierra que 
oculte al noble "Yandubayfi”. 


ciencia de Caraballo le martirizó ef. 
alma toda la vida por su doble cri- 
men; y mucho más recordando la 
singular belleza de “(Liropeya”, cu- 
ya ternura le hizo comprender tam- 
bién, lo imperdonable de su crimi- 
nal hazaña ... 


Cuentan las crónicas que la con- 


NAPOLEON Y NOSOTROS 

JOSE BONAPARTE, REY DE ESPAÑA. — IíAS POSESIONES DE 
EUROPA, ASIA Y AMERICA. — ENVIO DE UN DIPLOMATICO 
AL RIO DE IiA PLATA. — SU APRESAMIENTO POR LOS IN- 
GLESES. — INJUSTICIA DEL PUEBLO CONTRA LINIEIRS 


Cuando la estrella de Napoleón 
se encontraba en el máximum de su 
poder lumínico y sometida casi to- 
da la Europa a su despótica y om- 
nímoda voluntad, proclamó el gran 
corso en 1808, a su hermano José 
Bonaparte, como Rey de España y 
de sus posesiones en 'Europa. Asia 
y América. 

Por vía diplomática 
Pero como nosotros quedába- 

mos por razones geográficas bas- 
tante alejados del alcance de las 
manos bonapartistas, juzgó oportu- 
no el emperador de los franceses 
valerse de la vía diplomática, a cu- 
yo fin hizo embarcar en el puerto- 
de Barona a bordo del “Consola- 
teur” y en calidad de Enviado Ex- 
traordinario. al marqués de Chasser 
nay„ con la misión de gestionar an- 
te las autoridades del Río de la 
Plata el sometimiento del virreyna- 
to al flamante cetro del improvisa- 
do rey José. 

Un mal rato del embajador 
Los ingleses que, en lo que se íe- 
fiere a sus conquistas territoriales 
confiaron más en las bocas de sus 
cañones y en las puntas de sus ba- 
yonetas que en charamuscas diplo- 
máticas y que, consiguientemente, 
campaban por sus respetos en to- 
dos los mares y muy especialmente 
en el Río de la Plata, — conocedo- 


res de la proximidad del embaja- 
dor, detuvieron a la nave que lo 
conducía a estas aguas, a la altura 
de Maldonado, — y allí mismo sin 
mayores requisitos le incendiaron 
el barco, según unos y según el 
propio embajador, el siniestro lo 
produjo la explosión de la Santa 
Bárbara. 

Tanto el marqués de Clhassenay 
como la tripulación, se salvaron ga- 
nando la costa, para desde allí di- 
rigirse por tierra hasta Montevi- 
deo, y de aquí a Buenos Aires. 

Y siguen los malos ratos... 

El 13 de Agosto de 180i8, el en- 
viado de Napoleón presentó sus 
credenciales al bravo Virrey don 
Santiago Liniers y Bremont; y es- 
to dió lugar a que el pueblo, alar- 
mado y teniendo en cuenta que Li- 
niers era francés de nacimiento, 
exigiera- la deportación del mar- 
qués de Chassenay. 

La decisión del pueblo soberano, 
determinó que el embajador fuera 
traído a Montevideo al día siguien- 
te; y aquí se le tuvo preso en él 
“Baluarte de San Diego”. 

Injusticias contra Lifiiers 

Tal estado de cosas dió lugar a 
que se sospechara de la leatad de 
Liniers, con toda injusticia, ya que 
el jefe de la reconquista de la Ciu- 
dad de Buenos Aires, llevó su fide-< 



80 — 


lidad hacia España, a grado tal, que 
prefirió la muerte a mano de los 
patriotas de la Revolución de Ma- 
yo, que lo fusilaron, antes que trai- 


cionar la causa que había abrazado 
y a la que prestó en todos los mo- 
mentos al eficacia de su inteligen 
cia y el sacrificio de su sangre. 


CIVILIZACIÓN Y BARBARIE 


ORIGEN DE DA PLAZA DE LOS 33 O DE ARTOLA. — LUGAR 

DE FUSILAMIENTOS. — COMO SE EJECUTABAN ESTOS, UN 

CUADRITO DE LA EPOCA. — EL CRIMEN DE LA CALLE 
OLIMAR. — UN DIPLOMATICO EN DANZA. 


Origen de la plaza 

La Plaza de los Treinta y Tres 
que ocupa ei espacio que encierran 
las calles 18 de Julio, Minas, Ma- 
gallanes y Colonia, fué siempre co- 
nocida y lo es en la actualidad con 
el nombre de “Artola”, apellido que 
correspondió a un vasco del lugar, 
establecido con hornos d" ladrillos 
y propietario de casi todos los te- 
rrenos de esas inmediaciones. 

En plena Guerra Grande, ya se 
le llamaba con esa denominación. 
En el lugar que hoy ocupa el Cuer- 
po de Bomberos, se alojaba por en- 
tonces el Regimiento (le Extramu- 
ros; y en 1S de Julio, entre Maga- 
llanes y Gaboto, en donde se 
levanta él edificio que sirve de se- 
de al Estado Mayor General del 
Ejército, el Regimiento de Caballe- 
ría que mandaba el valiente coronel 
Marcelino Sosa. 

Hasta 1867 sirvió esa plaza tam- 
bién, como lugar de campamento de 
las carretas que llegaban del inte- 
rior, dado que, puede uncirse así, 
todas las inmediaciones del lugar lo 
constituía un descampado, o poco 
menos. 

En 1869 la plaza se vió converti- 
da en paseo público, gracias al es- 
fuerzo de vecinos de las inmediacio- 
nes, quienes realizaron las prime- 
ras plantaciones que allí hubieron, 
circundando el perímetro con una 
verja de hierro, colocándote además 
una fuente de modestas proporcio- 
nes, que fué sustituida más tarde 
por la actual, que embellecía al 
Mercado del Puerto. 


Entre los contribuyentes para la 
mejora que nos ocupa, podemos ano- 
tar, entre ctros, los nombres de los 
doctores Requena García, y Domin- 
go González, y señores Eulogio de 
los Reyes, Carlos de Navia, Yére- 
guy, Bernardo Aguerre, Carrau, Fe- 
rrés, etc., etc. 

Lugar de fusilamientos 

La plaza nos ofrece también su 
nota trágica, pues fué ella lugar 
obligado para algunas ejecuciones 
de reos que la justicia condenaba a 
la pena capital. 

En la época que nos ccupa’ (1869 
a 1872), los procesados eran saca- 
dos del viejo Cabildo, para ser con- 
ducidos en carruajes y bajo segura 
custodia, basta la esquina de 18 de 
Julio yTdagallanes; y cuando ellos 
llegaban, ya circundaban la plaza en 
correcta formación, dos o tres bata- 
llones. 

La fúnebre comitiva era precedi- 
da por fuerzas de caballería, e in- 
tegrada por los defensores de los 
condenados, por el actuario del Juz- 
gado que-entendía en la causa, al- 
tos empleados policiales y sacerdo- 
tes. llamados éstos últimos a asistir 
espiritualmente a los reos, basta 
seeundos antes de quitárseles las 
vidas. 

Era punto terminal de la carava- 
na. la acera que correspondía al 
corralón existente . sobre la calle Ma- 
gallanes. a ocho o diez metros de 
la hoy Avenida 18 de Julio, junto 
a cuyo muro se levantaban los ban • 
quillos. 



— 81 — 


Preliminares de las ejecuciones 

Como ya estaba todo dispuesto 
de antemano, se empezaba i-or ha- 
cer arrodillar a los condenados, pa- 
ra que, en tan ¡humillante situación, 
oyeran por última vez la sentencia. 
I/uego,’ se les sentaba en I03 ban- 
quillos y se les ataba de pies y ma- 
nos para obligarlos así a una ab- 
soluta inmovilidad que asegurara el 
mejor éxito de la puntería de los 
"milicos”. 

Vibraba el clarín en un prolon- 
gado toque de atención; — y cuan- 
do el eco de la última nota se hubo 
perdido entre el palpitar ansioso de 
un par de millares de curiosos, el 
jefe que mandaba las fuerzas, — 
■espada en mano, — pregonaba con 
el mismo diapasón de voz con que 
ordenaba los movimientos militares 
a sus soldados. 

; ¡ ¡Pena la vida ...!!! 

— ¡Por Dios y por la Patria, pe- 
nan la vida los reos ...!!!! 

Agregando poco después y luego 
de otro toque de clarín: 

— ¡Pena la vida quien p.da por 
los reos ....!!!! 

En seguida se procedía a vendar 
los ojos a los penados, para que no 
se apercibieran del momento cuan- 
do e. oficial que mandaba el pelo- 
tón de tiradores, ordenaba el ins- 
tante supremo de la ejecución; — 
operación aquella que estaba a car- 
go, como así también la de la ata- 
dura, a cargo de uno de los presos 
del Cabildo. 

Eso de vendar ojos y de atar las 
extremidades de los condenados al 
madero del banquillo, se considera- 
ba desdoroso para los militares en- 
carga .03 de hacer el i esto. Y es 
indisc > tibie nente curioso que nues- 
tros mayores, que daban tanta apa- 
ratosidad a esta clase de espectácu- 
los, tuvieran ese mentido y último 
sentí uiento de conmiseración para 
los desgra iados a quienes iban a 
ajusticiar, — cuando aparte de qui- 
társeles las vidas trataban de ano: 
nadarlos durante cuarenta y ooho 
horas con la inhumana ceremonia 
í-2 la "capilla”, acto que consistía 
en alojarlos después de notificárse- 
les por .primera vez la sentencia y 
de colo írseles en ambas piernas, 
una pesada barra de hierro a la que 
llamaban "grillos", — en un apo- 
sento dentro del cual se alzaba un 


altar con velas encendidas para 
oficiar las misas y se les daba por 
inseparable compañero a un sacer- 
dote que se lo pasaba musitando 
oraciones, alternadas con consejos 
y vaticinios de una vida más ven- 
turosa en el insondable más 
allá 

Vendados los ojos de los reos, 
avanzaban . cuatro tiradores si se 
trataba de un solo ajusticiado, de 
ocho si eran dos, de doce si eran 
tres, etc... etc-, con las armas (re- 
mington) ya cargados. 

Dos sacerdotes trataban de re- 
confortar a sus asistidos, prome- 
tiéndoles la redención de sus peca- 
dos siempre que tuvieran fé en el 
Salvador: y, gradualmente y a me- 
dida que se alejaban del banqui- 
llo, levantaban más la voz para que 
aquellos no se dieran cuenta del se- 
gundo trágico, a la vez que con la 
diestra en alto, hacían la señal da 
la cruz. El ófi.ial levantaba enton- 
ces en alto su espada y al .bajarla 
sonaba la descarga que epilogaba 
con mayor derramamiento de san- 
gre, una causa criminal. 

El tiro de gracia 

Los criminales inclinaban la ca- 
beza hacia un lado, ya cadáveres, 
porque cuatro 'balas disparadas a 
cuatro pasos de distancia y dirigi- 
das al pe ho, eran más que sufi- 
cientes para producir la muerte ins- 
tantánea; pero, ello no obstante, 
avanzaba sin pérdida de tiempo 
un “cabo”, quien, colocando el ca- 
ño del fusil en la sien del reo, dis- 
paraba un nuevo tiro, al cual se le 
llamaba de "gracia”. 

Final de espectáculo 

Las bandas de música de los ba- 
tallones rompen en alegres mar- 
chas y cada unidad, vestida de 
gran gala como para las más gran- 
des solemnidades y después de des- 
filar por frente a los ajusticiados, 
con sus bizarros jefes a la cabeza, 
retornan a los cuarteles. 

Y el público, siempre ávido de 
espectáculos brutales, aplaude a 
raíz de la fatal descarga, y no con- 
formándose con haber visto tan po- 
ca rosa, cuando el último soldado 
desfiló ante los cuerpos inanima- 
dos en los cuales la justicia saldó 
uná cuenta, se estruja ante los fú- 
nebres despojos, para presenciar el 



82 — 


postrer espectáculo, consistente en 
quitar las ataduras y la3 yendas a 
los ajusticiados. 


U n diplomático de pró 

Poco amigos' de la nota roja, no 
podemos', prescindir de extendernos 
en este caso como un complemento 
de las referencias anteriores, para 
referirnos concretamente a una de 
las últimas ejecuciones llevadas a 
término en la Plaza de Artola. 

Por los años a que se refiere es- 
te capítulo, desempeñaba las fun- 
ciones ce Encargado de Negocios 
de Italia, el Caballero Raffo, quien 
arribó a Montevideo auróleado cor? 
los prestigios que le daba su desaho- 
gada posición financiera y con las 
simpatías que se conquista to ( d‘> 
hombre de mundo, que. .sabe pro- 
porcionar a sus amistades, con ban- 
quetes y saraos, los placeres que 
solo están al. alcance de las clases 
privilegiadas. 

Soltero recalcitrante, pues ya ha- 
bía dejado atrá«3 el medio siglo, 
ello no obstaba para que su espirita* 
alegre y sociable lo impulsara a dar 
grandes fiestas en su casa, quinta 
del Camino Millán, a las cuales con- 
currían ias familias que constituían 
la élite de la sociabilidad montevl- 
deana. 

En aquellos días que no contá- 
bamos todavía con el aristocrático 
Prado, se disputaban el cetro del 
predominro de sus lujosos salones, 
el Caballero Raffo y don José Bu?- 
^hental, de bien arraigados prestí- 
aos; y era así frecuente ver fren- 
te a las verjas de sus respectivas 
quintas, largas filas de carruajes 
arrastrados por los mejores tron- 
cos, que, dicho sea de paso, recién 
empezaban *a importarse al País, 
guiados por cocheros de vistosas li- 
breas. 

Cómo se eclipsa una personalidad 

Pero, de pronto, la personalidad 
de Raffo fué rudamente atacada 
desde la prensa, "El Siglo", -si mal 
no rebordamos, que lesionaba seria- 
mente su reputación y buen nom- 
bre, sindicándose como autor de ta- 
les publicaciones a un connacional 
suyo, republicano entusiasta y mé- 
<11. o humanitario. 


Raffo contestó una sola vez, te- 
tando de desvirtuar las imputacio- 
nes que se le hacían; y ello dió lu- 
gar a que la campaña contra él 
.•\rreciara en forma violenta y des- 
piadada. 

Él diplomático - italiano, perca- 
tándose de que las publicaciones lo 
^habían joerjudúcado v eno|rmemente, 
pues la concurrencia de las nume- 
rosas relaciones a su mansión se 
iba debilitando día por día, empe- 
zó a aislarse;, y su. espíritu antes 
abierto a toda manifestación jubi- 
losa, se modificó en el sentido de 
convertirlo en un casi misántropo. 

Un hombre de capa 

En la noche del 19 de Atril de 
1871 un coupée se detenía frente 
al Café Torino, ubicado en la ca- 
lle Río Negro entre las de Mercedes 
y Paysandú, cuyo comercio era se- 
ñalado como punto de reunión de 
toda clase de gente, descendiendo 
un hombre embozado en una capa. 
El cochero apenas si contaba diez 
y seis años de edad. 

Momentos desipués salía el mis- 
terioso personaje acompañado de 
otro hombre que ocupó un puesto 
al lado de] auriga, mientras que él 
tomaba asiento en el interior. El 
coche, bajando entonces por Río 
Negro, se detuvo en la esquina de 
Cerro Largo. 

¿Está el doctor? 

El 4 que iba en . el interior, descen- 
diendo a la acera, dió unos golpes 
en el llamador de una puerta. 

— ¿Quién llama? — preguntó 
dissde adentro Ruiral, amanuense 
del doctor Angelli. 

— ¿Está el doctor?... 

— Sí, está- ¿Para qué lo desea? 

—■Un compatriota que se encuen- 
tra en la mayor pobreza necesita 
de sus servicios profesionales. 

Momentos después el médi o así 
requerido, abandonaba el lecho, 
pues ya era más de la media no- 
che, para correr . en auxilio, como 
lo hacía siempre, de un pobre ne- 
cesitado, subiendo al carruaje que 
habría de conducirlo a una crimi- 
nal emboscada, que se le había 
preparado de antemano en la casa 
de la calle Olimar número 11 (nu- 
meración vieja) y en donde en un 
misérrimo cuartujo, alumbrado por 
una veía, uno de los confabulados 



— 83 — 


se hacía el enfermo sobre un catre 
desprovisto de colchón, siendo apa- 
rentemente asistido por otro de los 
cómplices. 

No bien hubo traspuesto el doctor 
el dintel dé la púerta, Cayó para 
siempre víctima de un feroz- fierra- 
zo dado en la cabeza, y que recibie- 
ra por la espa'lda propinado por otro 
de los cómplices que permanecía 
oculto detrás de una de las hojas 
de aquella. 

Un cuarteto trágico 

Antes de proseguir con nuestra 
narración conviene que nombremos 
a los ejecutore s reales del crimen; 
empezando por señalar a José Dotta 
(a) Barbeta, italiano y que fue 
quien contratara o apalabrara a los 
demás criminales y diera muerte al 
doctor. Insua, (a) Corbalán, argen- 
tino; Gaetano (a) Roc|ha; Netto (a) 
El Chivo y Agustín Veirano que era 
el cochero, siendo estos últimos de 
nacional uruguaya. 

El sindicado como mediador entre 
el señor Raffo y Barbeta, según los 
demás procesados, era un español 
llamado José Obaraldo, — quien no 
era otro, que el que ya viéramos 
entrar de capa en la noche del cri- 
men, en el Café Torino. 

Todos los comprometidos, excep- 
ción hecha de Barbeta que negaba 
su participación en el asesinato, 
afirmaban que Obaraldo le había 
prometido a aquel por cuenta del 
señor Raffo. la suma de cuatro mil 
pesos. 

Barbeta, hasta sus últimos mo- 
mentos fué visitado asiduamente por. 
ln italiano; — y cuando ya en ca- 
pilla debiera mostrarse aesesperado 
demostraba una tranquilidad sor- 
prendente, pue a según anuncios del 
visitante, lo de la ejecución no era 
otro cosa que un simulacro, afir- 
mándole que se obtendría del Pre- 
sidente de la República, el indulto 
de las penas. 

Cómo se descubrió el crimen 

Cuando se descubrió el cadáver 
del infortunado médico, toda la po- 
blación de Montevideo se estremeció 
de pesar y de indignación; — y ,muy 
especialmente la colectividad italia- 
na, en donde aquél gozaba de gene- 
ral estimación, por sus bellas pren- 
das morales. 


Era por entonces Jefe de Policía 
don José Cándido Bustamante, 
quien tomó a su cargo la dirección 
de las pesquisas, tendientes a dar' 
con el autor o autores del mons- 
truoso crimen; — iy en las circunstan- 
cias en que el expresado funcionario 
cruzaba la Plaza Independencia 
acompañado d e José Ruival, el ama- 
nuense del doctor Angello, se detu- 
vo éste de pronto junto a uno de 
los aurigas que hacían su parada 
frente a aquél paseo, exclamando: 

— ¡Este es el cochero qüe fué a 
buscar anoche al doctor. . . sehor 
Jefe!-’ 

Lo demás es fácil adivinarlo. Vei- 
rano contó sin mayores esfuerzos su 
participación en el Crimen y denun- 
ció a todos sus cómplices. 

En cuanto a Obaraldo desapareció 
como si se lo hubiera tragado la 
tierra; — y se afirmaba por aque- 
llos días que, ejecutado el crimen, 
le había tocado a 1 su vez caer bajo 
el puñal de Barbeta, en la Costa 
Sur, pues- ambos fueron vistos por 
allí en las primeras horas de la 
madrugada siguiente a la noche en 
que se consumó el asesinato. 

Otros sostenían que el español de 
la capa había embarcado sigilosa- 
mente en un barco ya preparado de 
antemano, por la Costa Sur, en 
donde fuera visto con Barbeta. 

En la Isla de Ratas 

Los criminale s qu e eran defendi- 
dos por los doctores don Domingo 
González y don Joaquín Requena 
García, así que prestaron las prime- 
ras declaraciones ante el Juez del 
Crimen doctor Vilaiza, (por entonces 
no habían Jueces d'e Instrucción) 
fueron trasladados a la Cárcel de la 
Isla de Ratas, de donde retornaron 
a la Capital para ser ejecutados. Le 
tocó hacer entrega allí de los pre- 
sos, ' al Alguacil del Juzgado, a 
nuestro amigo don Pepe Achinelli, 
viejo empleado de Aduana, jubilado, 
quien por entonces, guardia nacio- 
nal movilizado, — era el oficial de 
guardia del destacamento militar 
destacado en la isla. 

La ejecución de estos criminales 
en la Plaza de Artola, fué de las 
fíltiimas míe se llevaron a efecto en 
forma tan pública. Las demás se hi- 
cieron después, dentro de los muros 
del Taller Nacional de Adoquines 



— 84 — 


la ,época de Latorre y de cuya ins- 
titución nos ocupamos extensamente 
en el primer tomo de “Recuerdos y 
Crónicas de Antaño”; y en épocas 
posteriores, dentro del perímetro de 
la Penitenciarla, que por entonces 
era la que es hoy Cárcel Correccio- 
nal. 

Ello no obstante y por excepción, 
fueron ejecutados algunos reos en 
el mismo lugar en donde cometie- 
ron sus crímenes, como ocurrió con 
un tal Figuerón, ajusticiado en los 
monte s del Santa Lucía, segunda 
sección del Departamento de Cane- 
lones y con los asesinos de la fami- 
liar Gabito, fusilados en Maldonado. 

Reconstrucción del crimen 
Fué tal el apasionamiento y el 
interés que despertó el crimen, que 
no faltó un espíritu comercial que 
se encargara de ireproducir en ma- 
niquíes de cera y en tamaño natu- 
ral, a los criminales y al confiado 
médico, en el preciso momento en 
que éste era agredido a mansalva 
por el sexagenario iBarbetta, recons- 
trucción que se exhibió con gran 
éxito de público en el Teatro Cibils, 
que funcionaba en la calle Ituzain- 
gó entre las de lOerrito y Piedras, 
en donde, con telones y decoracio- 
nes, se reprodujo asimismo, el tu- 


gurio de la calle Olimar N.o 11. 

El final de ana vida de explendor 

Fuera o no fuera culpable Raffo 
del hecho que se le imputaba, lo 
cierto es que aquél espíritu alegre 
y decidor, oayó después en una 
aplastante .misantropía. 

El distanciamlento de sus viejas 
relaciones que le hicieron el vacío, 
los anónimos que a diario recibía 
recordándole el crimen, la propa- 
ganda que hacían en su contra los 
propios connacionales y la que des- 
de' Italia mismo, realizaba el perio- 
dista señor De Sianni, Director de 
“L’Italia”, quien tradujo a la lengua 
del Dante la defensa del doctor 
González, en la cual no se dejaba 
bien parada que digamos la incul- 
pabilidad del diplomático italiano, 
contribiuyeron a aplastar definiti- 
vamente la personalidad del que 
hasta poco antes, fuera niño miman- 
do de la sociabilidad montevideana. 

Y sucedió lo que fatalmente tenía 
que ocurrir: inspirador o no del 

crimen su caída social v política fué 
precipitada. Tuvo que cargar en su 
conciencia con el peso de un crimen 
o en el corazón, con el ingrato re- 
cuerdo de la injusticia de una so- 
ciedad a la que él tan generosamen- 
te divirtiera en su lujosa mansión 
del Camino Millán. 


CON UNA CASI CENTENARIA 

DESDE LA BORDA DEL BARCO. — BUENOS AUGURIOS. UN 

VISTAZO SOBRE EL VIEJO MONTEVIDEO. — DOÑA BER- 
NARDINA FRAGOSO DE RIVERA. — COMIENDO NA- 
RANJAS. — BAILE A LA USANZA VASCA. — 


Presentándonos 

Llamamos a la puerta de la ca- 
lle Sierra 1377, con ciertos recelos 
de haber hecho un viaje demasía 
do temprano, porque apenas eran 
las 9 y 30 a. m.. — hora no muy 
apropiada para encontrar levanta- 
da a una persona casi centenaria. 

— ¿El señor Rossi, de LA MA- 
ÑANA?, nos preguntó una señora 
de cabello canoso. 

— Es verdad. Veníamos . . . 


— Pase adelante. Don Pepe AcUi- 
nelli, ya nos había anunciado 6U 
visita. 

Y nos hicieron pasar a una san- 
ta que también hacía las veces de 
comedor en donde todo se encon- 
traba muy prolijamente arreglado, 
instantes después, una anciana, ca- 
minando con bastante desenvoltu- 
ra, vino hacia nosotros sonriente y 
extendiéndonos su diestra que ex- 
trechamos con afecto. 



— 85 - 


— Nos han asegurado, señora, — 

Inquirimos, que usted ya es casi 

centejaaxia . . . 

— Esas miras llevo, señor, pues 
aquí, "donde usted me ve, tengo 
noventa y dos años. Me sobra sa- 
lud, tengo buen apetito, duermo 
como duermen los justos y no me 
Incomodo por nada ni por nadie. 

- 7 -jCon todas esas cualidades y 
virtudes, usted habrá de llegar a 
pasar victoriosa la línea del pri- 
mer centenario de su vida . . . 



Doña Juana Deville de Casasús 

— Y que usted lo vea. . . 

— Gracias. ¿Su nombre, señora? 

Desde la borda del barco 

— Juana Deville de Casasús, viu- 
da. de noventa y dos años de edad 
y con setenta y cuatro años de re- 
sidencia en esta ciudad, á la que 
tanto quiero y a la que he visto 
surgir desde que era poco más que 
un villorrio hasta convertirse en lo - 
que es ¡en la actualidad. 

Todo fué de buenos augurios pa- 
ra mí. Después de dos largos meses 
de navegación a vela, llegué en un 


primero de año; — y junto a la 
borda del velero, contemplaba el 
caserío que se extendía sobre la pe- 
nínsula únicamente y que no era 
otra cosa que a lo que hoy llaman 
la vieja ciudad. De cuando en cuan- 
do, sentía el estallido de los cohe- 
tes que, jubilosamente • reventaban 
en el espacio de aquella mañana de 
estío. 

Mi cabecita vasca me anuncio 
que sería feliz en esta tierra de le- 
yendas, — ya que decir América 
por entonces en Europa, era soñar 
con un paraísp de cosas exóticas y 
en la que el dinero se encontraba 
a paladas como así también indios 
con taparrabos y. flechas y que ha- 
cían de cuando en cuando de las 
suyas. Asocié en esos momentos la 
impresión que me producía la jo- 
ven ciudad, con su hermosa bahía 
y su Cerro, con la fecha de mi arri- 
bo y descarté todo recelo de que 
pudiera arrepentirme de mi aven- 
tura. 

— ¿Usted es vasca? 

— De Bayona. 

--Prosiga, señora... 

Para llegar hasta La Matriz 
— Huérfana dé padre y madre y 
sin hermanos, vine a este país re- 
clamada por mi padrino, un conna- 
cional al a'Ue todo el mundo conocía 
por “Churupí”, pobre como las ra- 
tas. cuyo único patrimonio lo cons- 
tituía un corralón ubicado en la ca- 
lle Buenos Aires — frente al Tea. 
tro Salís - - en donde las lecheros, 
verduleras, fruteros, etc., etc. de- 
positaban sus caballos, mientras 
realizaban sus negocios dentro de la 
Ciudadela, que servía de Mercado. 

Que comer, no faltaba; pero, ¡qué 
diaJblos . . . ! ! aquello no era para 
mí . . . 

La Plaza Matriz estaba llena Je 
zanjones, y las calles, sin empedrar, 
quedaban convertidas en lodazales 
cuando llovía. Recuerdo que para, 
llegar hasta La Matriz lo hacíamos 
por un caminito de piedras, que 
unía a la Metropolitana con la es- 
quina de enfrente, que hoy ocupa el 
Hotel Pirámides. 

¡Oh, las naranjas!! 

A los fondas de la Ciudadela ya 
era todo descampado, pues la ciu- 


— 86 


dad se circunscribía, puede decirse, 
hasta Sarandí y Juncal. 

— ¿Una impresión cualquiera que 
conserve de aquellos días? 

— En mi país se veían ppr enton- 
ces muy pocas naranjas y sólo las 
comían los muy ricos. Yo que las vi 
allá rarísima vez, siempre las miré 
como manjar de los dioses, reser- 
vado únicamente para los encum- 
brados. Pobre como era, tenía que 
resignarme a uno glotona contem- 
plación. 

Imagínese usted, mi buen señor, 
qué impresión babré recibido cierta 
mañana, que, habiendo ido a la Ciu- 
dadela, por compras, se me ofreció 
el deslumbrante espectáculo de ' r cr 
sobre el piso y como si no valieran 
nada, enormes montones de doradas 
y relucientes naranjas. 

Averigüé el precio. Aquello no 
valía nada. Las regalaban casi. Y 
asómbrese usted. Me comí una do- 
cena. . . 

— ¿Una docena de un tirón? 

— ¡Y con cáscara y tod'o. . . !! 

¡Qué impresión más deliciosa 
cu ardo mordí la primera naran- 
ja. ..! ! 

¿Yé usted señor, como era una 
pavada ese grato recuerdo que con- 
servo de mi vida de muchacha? 

— De ninguna manera. Es un epi- 
sodio que la pinta a usted de cuer- 
po entero: que ha sido usted mo- 
desta, muy fácil de contentar y muy 
goloso, sobre todo. 

— 'Efectivamente. Yo creo que mi 
longevidad la debo precisamente a 
mi carácter poco ambicioso. Yo soy 
muy fácil de contentar. . . 

Las primeras ocupaciones 

En mi juventud me dediqué a la 
costura; y después me coloqué en 
la casa de un español llamado don 
José G-ereda, establecido con regis- 
tro en la calle Cámaras (hoy Juan 
Cárlos Gómez). El señor (Gereda, 
muy blanco de opinión, había casa- 
do con una mejicana extraordina- 
riamente hermosa, muy colorada y 
muy riverista, íntima amiga de do- 
ña Bernardina Fragoso de Rivera, 
esposa del general,, cuya divergen- 
cia de opiniones en el matrimonio, 
daba 'lugar a frecuentes reyertas. 

— ¿‘Cuánto, ganaba usted en .sa 
casa? 

— Diez patacones. Un estupendo 
sueldo en aquel entonces; pero debe 


tenerse en cuenta que, como buena 
vasca, no tenía pereza para traba- 
jar. 

Guando entró Flores 

— ¿Vd. habló alguna vez con mi- 
sia. Bernardina? 

— -Sí, señor; en ocasión de ser el 
"día de su cumpleaños, y que mi pa- 
trono, la mejicana, le enviaba por 
mi intermedio, un presente. La es- 
posa del general, sumamente bon- 
dadosa me regaló algunas monedas. 

— ¿A qué militares u hombres de 
significación, conoció entonces? 

— A Flores, únicamente, cuando 
terminada la Cruzada Libertadora 
se encontraba en la Unión. Yo vivía 
para trabajar, nada más; y salía a 
la calle muy pocas veces. 

Recuerdo perfectamente bien que 
como se anunciara que la ciudad se- 
ría bombardeada porque los blancos 
no la querían entregar, yo y mi ma- 
rido, que estaba instalado con sas- 
trería en la esquina que forman las 
calles Sarandí y Cerro (hoy Barto- 
lomé Mitre), con el fin de evitamos 
los malos ratos del bombardeo, nos 
fuimos hasta la Unión, a la espera 
de los acontecimientos. Felizmente 
todo se arregló y nosotros pudimos 
volver a nuestro hogar a la reta- 
guardia de las huestes que acaudi- 
llaba Flores. 

¡Maneras de divertirse 

— ¿Cuáles eran sus diversiones 
predilectas? 

— ¡Oh, muy pocas, señor. . . ! ¡Te- 
nía muchas cosas que hacer! 

Cuando, por rara vez salía, me ex- 
tasiaba frente a la “Quinta de los 
Bichos”, en pleno campo, en lo que 
es hoy calle San José Chico, cuya 
propiedad pertenecía a ün italiano 
conocido por Nicola. 

— ¿Por qué le llamaban “Quinta 
de los Bichos”? 

— Porque como isu dueño era hom- 
bre de fortuna, se permitía el luja 
de poseer animales, tales como ma- 
cacos, avestruces, etc., etc. 

- — ¿No concurrió a bailes? 

— ¡Una sola vez y en día domin- 
go. En la calle Andes, entre las de 



— 87 — 


Uruguay y Mercedes, había una fon- 
da vasca qtie daba en los días de 
asueto a los connacionales, bailes a 
la usanza dél país lejano, a base de 
“chirulas” (flautas) y tamborines. 
Allí la gente se diverta muy sana- 
mente. . . 

— ¿Qué otra cosa del Montevideo 
viejo, nos puede decir? 

— A no ser lo de la venta de agua 
por las calles, mientras no se im- 
planté el servicio de aguas corrien- 
tes, — que se hacía en barrilitos a 
lomo de caballo, — uno de cada la- 
do como si se tratara de árganas. 
El agua la traían de los Pozos del 
Rey, allá por la Aguada, o de una 
cachimba existente en ‘donde hoy 
funciona el Teatro Royal y que por 
entonces era un corralón a cuyo pre- 
dio se entraba por un portón. Tam- 
bién tenía aceptación otro ojo de 


agua de la calle .Soriano entre las 
de Andes y . Convención, propiedad 
de un bearnés llamado Pedro Tre- 
jén. 

— ^Finalmente, señora, encontró 
Vd. en el Uruguay, su felicidad? 

— Es verdad; aquí me casé, for 
mando ün hogar venturoso, y casi, 
casi, me atrevo a afirmarle, que ni 
los años me pesan. 

Y nosotros salimos , convencidos 
que no llega a cien años el que no 
quiere, o quien no sea capaz de po- 
seer la suficiente dosis de filosofía 
que lo ponga a cubierto de los sin- 
sabores de la vida. . . 

Ni más ni menos, como esta bon- 
dadosa anciana, que es pura alegría, 
y que ha .sabido conformarse con la 
suerte que el Destino le ha depara- 
do. 


EVOLUCION DEL CRIOLLO 

LOS TRABAJOS QUE ANTES REALIZABA. — COMETIDOS REPU- 
DIADLES. — LOS HIJOS DE “GRINGOS” ARTESANOS. — EL 
CRIOLLO EN EL EXTRANJERO' 


Sesenta o setenta años atrás, ei 
peor insulto que podía inferírsele a 
un gaucho, peón de estancia, era 
ordenarle que fuera a arar la tie- 
rra. 

— ¡Mirá ! decía asombrado y 

en el colmo de la indignación, si 
un gaucho de güeña lay, se vá a 

convertir en un chacarero ¡Ese 

trabajo se deja pa los canarios ha- 
raganes...! ¡¿Ande se habrá visto 
en este país, que un oriental se 
giielva mulita pa arañar la¿ ¡tie- 
rra...? 

El hombre de campo no servía 
para otra cosa que para peón de es- 
tancia, tropero, domador, trenzador 
o carrero. Los demás trabajos, los 
consideraba indignos, deprimentes 
para su Idiosincrasia nativa. 

¡Cultivar verduras/ Jnlantar ár- 
boles frutales o de sombra? Elso 
nunca. No solamente no se les 
ocurría hacerlo a los peones sino 
que ni siquiera a Tos patrones el or- 


denarlo. 

Cuando mucho y al lado de “las 
casas” el ombú que como era “car- 
ne de perro” y prendía de gajo y 
ni la seca ni las hormigas le hacían 
mella, echaba sus ramasones, sin 
exijir del hombre otro esfuerzo — - 
si esfuerzo puede llamarse — , que 
plantar la estaca al lado mismo del 
barril del agua. 

Cuando empezaron a realizarse 
las trillas con máquinas, los criollos 
se iniciaron en una nueva labor: la 
úe simples peones ‘echadores” o 
acarreadores de paja y demás co- 
metidos en los cuales no hubiera 
que desenvolver un átono de inteli- 
gencia. Los maquinistas, foguista*, y 
encargados de las máquinas, eran 
extranjeros. No se concebía tampo- 
co, que un nativo pudiera tener 
meollo suficiente como para ama- 
ñarse, con el mecanismo de “tanto 
Derrería” y tanta “maquinaria”, al 



88 — 


decir de los mismos. 

Los alambradores, también eran 
"gringos”, especialmente italianos y 
vascos. 

En los centros de población, el 
criollo "de familia” si era regular- 
mente educado, desempeñaba un 
puesto publico, o entraba como. de- 
pendiente de tienda, ocupación que 
no era de mal tono desempeñarla; 
y cuando se trataba de muchachos 
sin mayores pretensiones, entonces 
ocupaban éstos, puestos de depen- 
dientes de una “pulpería” que, a la 
venta de comestibles, llevaba aco- 
plada siempre el expendio de bebi- 
das alcohólicas. Otras veces prefe- 
rían el desempeño de las funciones 
de cochero. 

Los deheredados de la suerte, se 
ocupaban en las faenas de los mata- 
deros o integraban las policías como 
guardias civiles, o prestaban servi- 
cio como repartidores de carne o de 
pan, de carretilleros etc. etc. cuan- 
do no iban a engrosar las filas de la 
tropa de línea, ya como voluntarios, 
o ya como "destinados” que así se 
les decía a los que llevaban por 
la fuerza, las célebres "levas” de los 
cuerpos de línea que tanto funcio- 
naron en la campaña a la caza del 
hombre. 

EJn muy raros casos el criollito 
entraba ^omo aprendiz de albañil, 
de herrero, carpintero, etc., etc. pa- 
ra aprender un oficio; y nos aven- 
turamos a creer, que los primeros 
oficiales uruguayos que hubieron 
en esos ramos, fueron precisamente 
los hijos de los dueños de los talle- 
res, obligados muy 1 Sensatamente 
por sus padres a hacerse hombres 
de provecho. 

Ofrecer a un pueblerito un pues- 
to de peón para trabajar en el arre- 
glo de los caminos públicos o en 
una vía férrea, era casi, casi como 
aplicarle una cachetada. 

— ¡No faltaba más...! — repetía 
cuando se le insinuaba i*, idea. Eso 
de andar con un pico y una pala, se 
deja pa los gringos...! 

Y así se explicaba como todos los 
componentes de esas cuadrillas de 
trabajadores, fueran, por regla ge- 
neral, italianos, quienes a su ve* 
murmuraban del criollo, como justa 
revancha: 

— Todos estos criollitos son in- 
nos compedritos -anche harraga- 


nes..! 

La instalación de ¡as, primeras, 
líneas tranviarias en Montevideo, 
abrió nuevos horizontes al criollaje 
metropolitano porque «d oficio de 
guarda o de cochero se adaptaba 
perfectamente bien, con su delica- 
deza "nacional”. Y vimos así en 
el pescante delantero de los coches, 
al ""compadrito” de clavel en la 
oreja y melena rizada, impregnada 
de aceite de "Oriza”, empuñar el 
látigo adornado a la mitad del 
mango con una especie de plumen- 
to. azotar a los matungos, no sin 
antes haber echado temos y cua- 
ternos a voz en cuello. 

Para los puestos do enfermeros y 
de basureros, no se concebía que 
hubiera quien los desempeñara me- 
jor que los gallegos; — y el criollo 
que por aquel entonces se hubiera 
atrevido a ocupar cualquiera de 
osos cometidos, muy particularmen- 
te el segundo, habría sido mirado 
ccn desprecio "por el círculo de sus 
relaciones. 

Un ingeniero o un maquinista 
tenía que ser por fuerza inglés; y 
un buen albañil, francés o italiano. 

La vida fácil y por ende, barata* 
no exigía la realiza ión de mayores 
esfuerzos para ¿levarla! sin estre- 
cheses. Un huen zoquete de carne 
y un par de panes por día interca- 
lados ccn el cosabido "cimarrón”, 
bastaban nara que nuestros biogra- 
fiados pudieran conservarse c-n ex- 
celentes condiciones. No habían por 
entonces mayores tentaciones que 
exigieran gastos:, — y p n lo que a 
vestimenta ser efiere, no obstante 
estar a bajísimo precio la confec- 
ción de trajes, estos eran mandados 
a hacer por los obreros, allá por 
muerte de un obispo, para ser lu- 
cidos solamente en las grandes so- 
lemnidades. 

El trabajador de nuestros días, 
viste al igual, o mejor si cabe, que 
el oficinista; — y vemos a aquel 
concurrir a sus obligaciones, vesti- 
do y calzado con toda elegancia, pa- 
ro, cambiarse en *1 taller ó en la 
obra, sus ropas de calle por las de 
faena. 

Hoy el criollo no le hace ascos a 
uingiin trabajo, desde el más com- 
plejo al más sencillo y humilde, que 
los ejecuta a plena conciencia, con 
verdadera contracción y con sobra- 



— 89 — 


da inteligencia. 

Nuestros profesionales, nuestros 
industriales y nuestros artesanos, 
no solamente han triunfado en el 
solar nativo, sino que también en 
el extranjero; — y es fama que, un 
“oriental” como se nos decía antes, 
o un “uruguayo” como se nos llama 
ahora, supo y sabe honrar a su País 


lejos del terruño, con su honradez, 
con su inteligencia y con su perse- 
verancia para el trabajo que dignifi- 
ca; y tanto que, bastaba solo decir 
en el extranjero — sobre todo en la 
Argentina, — “soy oriental” para 
cue se le diera preferencia en todas 
las actividades de la vida. 


Historia de la edificación en Montevideo 

LA PRIMERA OASA DE MATERIAL. — LAS PRIMERAS BALDOSAS. 
— MADERAS EMPLEADAS. — UNA OASA DE TRES PISOS. — 
LAS PRIMERAS DE “AZOTEA” 


Las primeras casas 

Ya lo hemos dicho en capítulos 
anteriores, que el primer poblador 
qué tuvo Montevideo, fué don Jor- 
ge Burgués, y gracia>3 a su decisión, 
poco después de su arribo se levan- 
taba en la península, entonces de- 
sierta, la primer casa de lo que, 
con el correr de los años, sería 
gran ciudad, con paredes de piedra 
en seco, y a cuya construcción si- 
guió un rancho. Este acontecimien- 
to ocurría en 1720. 

Treo años más tarde, esto es, en 
1723, Burgués rompía su aisla- 
miento con el refuerzo de otros ab- 
negados como él: Gronardo, Pisto- 
let y Galio, quienes, al igual del 
primer poblador, levantaron tam- 
bién construcciones para sus vivien- 
das. 

No transcurrió mucho tiempo sin 
que la tranquilidad de los fundado- 
res de Montevideo se viera inte- 
rrumpida con el arribo de un na- 
vio portugués, cuyos tripulantes en 
son de conquista, levantaron sin 
pérdida de tiempo, tiendas de cam- 
paña, iniciando la construcción de 
un reducto en la ribera Oeste del 
río, para procurarse medios de de- 
fensa- La ciudad de la Colonia, 
que ocupaban por entonces los i i 
sítanos, se encargó de proporcionar 
a los invasores ganados destínalos 
a atender la subsistencia de los 
mismos. 

Zabala, a ,1a sazón en Buenos 
Aires y en conocimiento de lo que 
ocurría, desalojó a I 03 intrusos, y 


en previsión de nuevas incursiones, 
amplió las obras de defensa ini- 
ciadas por aquellos y dispuso 
asimismo la construcción de loa 
primeros fuertes, para cuyas obras 
se trajeron mil indios misioneros. 

Materiales de constitución 

Las construcciones se levantaban 
a base de piedra en seco con techos 
de teja y pisos de tierra o de ladri- 
llos, y las maderas que se aplicaban 
como tirantes procedían del Para- 
guay. Cuando se trataba de ran- 
chos, la paja para los techos se 
traía de Santa Lucía, utilizando ;e 
como caballetes y tijeras, maderas 
de los montes cercanos, y ' en ma- 
nera muy especial, el sauce, que 
fué aprovechado igualmente en 
ciertos detalles de las obras de la 
Ciudadela. Algunos de estos ran- 
chos tenían (como puertas cueros 
de vaca. 

Después de construida la Ciuda- 
dela, re ién empezaron a levantar- 
se alguna que otra casa de las lla- 
madas de “azotea”. 

Las aguas pluviales 

Como detallé curioso de estas 
construcciones debe, consignarse el 
que se refiere a la • salida de las 
aguas pluviales; las casas de to- 
chos de teja, que eran de doo alas, 
tenían que arrojar la mitad de las 
aguas a la calle; y las de azotea 
echaban en cambio la totalidad de 
aquellas, por medio de caños, po- 
niendo a la miseria no solamente 



90 — 


a las calles, sino que también a los 
escasos transeúntes que tuvieran 
que pasar a su vera. 

Los zaguane^, siempre anchísi- 
mos, tenían como pavimento, el de 
ladrillos. 

Baldosa criolla 

La instalación de una nueva in- 
dustria en el país, — la fabrica- 
ción de baldosas, — hecho ocurrido 
allá por 1790, dió lugar a que la-¡ 
casas llamadas de lujo, sustituye- 
ran los pisos de ladrillos por los 
materiaks que proporcionaba la 
nueva industria. 

En cuanto a las casas de alto, — 

muy pocas por cierto, tenían las 

escaleras, en los patios, general 
mente, o bien al fondo de los enor- 
mes zaguanes. 

Un “i*aseacielo” 

A fines del siglo XVIII, Monte- 
video contaba aproximadamente 
con trescientas casas de azotea de 
un solo piso; y sesenta, de dos. De 
tres pisos, no había más que una,. 
“rascaci€lo” que se levantaba fren- 
te al Fuerte de Gobierno (hoy pla- 
za Zabala), conocida por la “casa 
de Cipriano”. El resto de la edifi- 
cación lo constituían viviendas de 
techos de teja y de paja. 

Primeros edificios de ‘'azotea” 

Los primeros edificios de azo- 
tea que tuvo Montevideo, de uno y 
dos pisos, eran de propiedad de los 
Sres. Cipriano de Mello (el de los 
tres pisos), Viana, Piedra Cueva, 
Zabala, Solsona, Gestal, Maciel 
Pozo, Quincoces, Chopitea, Vargas, 
Pereyra, Durán, Vidal, García de 
Zúñiga, Toribio, Fernández, Pérez, 
García, Secco, Vilardebó, Nabia, 
Balvín, Valleio, Magariños, Sostoa, 
Molina, Bianchi, Barreiro, Maza, 
Arraga, Díaz, Berbecet, Contuce, 
Giró, Saúco, Correa, Maturana, 
Massini, Juanicó, Camuso, Olave, 
Zamora, Cordones, Sienra, Lecoq, 
Araucho, Martínez, Zufriateguy, 
Larrobla, Vázquez, Lombafdini, Fa- 
jardo, Blanco, González, Otero, Vi- 
Uagrán, Ortíz, Chucarro, Méndez, 


Aldecoa, Montero, Valdivieso, Mal- 
donado, Do-bal, Gutiérrez, Cardoso, 
illa. Conde, Vizcaíno, Ocampo, La- 
gos, Baena, Aldana, Noble, etc. 

Los de teja 

Entre los edificios de techos de 
teja, — que eran la gran mayoría, 
— podemos enumerar, el primitivo 
Cabildo, la primera Matriz de la 
cpal nos hemos ocupado en los to- 
mos anteriores, el Hospital de Ca- 
ridad, que era un rancho de dos 
aguas, el Convento de San Fran- 
cisco, el Fuerte, el Coliseo, que más 
tarde dió lugar al San Felipe, el 
Cuartel de Dragones (hoy Escuela 
Naval) y otros que no vale la pena 
mencionar. 

Car acterí ticas de la edificación 

Las paredes ya fueran de piedra 
o de ladrillo, eran excesivamente 
anchas,, tanto que algunas propie- 
dades las llevaban hasta de unos 
cuarenta y dos a cuarenta y cinco 
centímetros de ancho, o más toda- 
vía. 

A estas construcciones se Ies do- 
taba de dos patios, el primero y el 
segundo, aquel con gran parral y 
éste con plantas de vista y medici- 
nales. El alelí, el parral, el heliotro- 
po, el jazmín del país, la ruda, el 
cedrón y el toronjil, vivían en .plena 
camaradería. Y al fondo, el corral 
para albergar a las lecheras, al ca- 
ballo "de andar” y patos y gallinas. 

El cuarto de baño, era cosa que 
no se sopechaba, siquiera. 

Aljibes, no 

Como no era frecuente la construc- 
ción de aljibes ya fuera por las di- 
ficultades que ofrecía el subsuelo pé- 
treo en una gran parte de la 1 planta 
urbana o bien porque se argumenta- 
ra (entre ellos el gobernador Bus- 
tamante y Guerra) que las excava- 
ciones para su construcción, reduci- 
rían la superficie de la ciudad, las 
aguas pluviales que correspondían al 
ala del edificio que caía sobre el in- 
terior d e la propiedad, iban a parar 
por medio de caños, o de troncos 
de pitas ahuecadas, a pipas que en- 
riaban de Europa, trayéndonos vino 
¿arlón. 



HOJARASCA 


Los insanos 

Hasta el año 1822 las personas 
atacadas de demencia eran hospitali- 
zadas en los conventos de Montevi- 
deo; y tratándose de lo que el vul- 
go llama “locos furiosos” estos eran 
recluidos en los calabozos de las 
cárceles o los cuarteles. Cuando ha- 
bía que vérselas con “locos mansos”, 
se les dejaba vagar por las calles 
en completa libertad de acción. 

A fines de 1822 se dió el primer 
paso hacia una medida humana y 
razonable, pues desde entonces, em- 
pezaron a asilarse los insanos en el 
Hospital de Caridad. 

El primer aniversario del desembar- 
co de los 33 

Corresponde a la ciudad del Du- 
razno el honor de haber sido la po- 
blación de la República que festeja- 
ra el primer aniversario del desem- 
barco d los Treinta y Tres Orienta- 
les, en la Playa de la Agraciada. 

En efecto: el entonces Pueblito 
del Durazno, festejó di 19 de Abril 
de 1826 la magna fecha, con la cele' 
bración de un Te Deum y un panegí- 
rico, que estuvo a cargo del sacerdo- 
te don Lázaro Gadéa, realizándose 
además un gran banquete a la crio- 
lla y por la noche, un baile. 

Por la instrucción pública 

En medio del caos que dominaba 
al país como una consecuencia lógi- 
Ctt die la lucha que sostenían nues- 
tros mayores por la obtención de la 
independencia nacional, no olvida- 
ron aquellos el sagrado deber de ve- 
lar por la instrucción de la niñez; 

y fué así como el 16 de Mayo de 
1827 se lanzó un decreto disponien- 
do el funcionamiento de escuelas 
públicas de primeras letras en los 
pueblos cabeza de departamento. 


Alcaldes Ordinarios 

Así mismo y con fecha 6 de Di- 
ciembre del mismo año, se decretó 
para las capitales de los departa- 
mentos, la creación de la justicia ci- 
vil con la denominación de Alcaldes 
Ordinarios, cuya jurisdicción era la 
misma que la que hoy corresponde a 
los Jueces Letrados Departamenta- 
les. 

Para el desempeño de tales fun- 
ciones, no era necesario que el fun- 
cionario fuera letrado, porque por 
entonces eran escasísimas las perso- 
nas que pudieran ostentar un diplo- 
ma universitario. 

Movimiento portuario 

Durante el año 1831 entraron al 
Puerto de Montevideo las siguientes 
embarcaciones: 

De ultramar: doscientos sesenta y 
cuatro. 

De puertos argentinos: ciento 

veintisiete. 

Y de puertos nacionales, doscien- 
tos. 

Lo que da un total de quinietas 
noventas y una embarcaciones. 

Comisión de censura de teatros 

En 1837 existía ya una Comisión 
de Censura e Inspección de Teatro, 
nombrada por el Gobierno y que in- 
tegraban los señores Bernardo P. 
Berro, doctor don Florentino Caste- 
llanos y el inmortal poeta, autor de 
la letra de nuestro himno patrio, 
don Francisco Acuña Figueroa. 

La Iglesia del Cordón 

La piedra fundamental en donde 
más tarde habría de levantarse la 
Iglesia del Cordón, fué colocada con 
las ceremonias del caso el 16 de Oc- 
tubre de 1842. 



IF’atn'bcismsLS y X_iolDison.es 


TIO BENEDÍTO NOS INICIA EN LOS MISTERIOS FANTASMAGO- 
RICOS Y LOBISONT1TICOS. — RECUERDOS DE MI PfUEHLO. 


AI toque de oración... 

Cuando desde el umbral de la 
puerta de calle en donde nos en con* 
trábamos sentados, veíamos pasar 
mementos antes de las nueve de la 
noche a tío Benedito,' un negro afri- 
cano» que 'había sido esclavo y que 
por entonces desempeñaba las fun- 
ciones de campanero “mayor”, rum- 
bo a la Iglesia de mi pueblo para 
dar los toques de oración, ya se 
nos ponía la carne de gallina, por-* 
que a lo s primeros tañidos de las 
campanas, nuestras imaginaciones 
infantiles veían por regiones sidera- 
les a brujas, cabalgando sobre esco- 
bas y a diablos saltando de pretil a 
pretil, sobre todo el ancho de la 
calle. 

Pcít vía de siluieita... 

Tío Benedito, cambiueta y medio 
retacón, que daba a su andar el ba- 
lanceo característico de los barcos 
cufíndo reciben la marejada de cos- 
tado, apoyado siempre en nudoso 
bastón de membrillo, ataca la ca-* 
beza con amplio y florido* pañuelo 
de los llamados de hierbas que re- 
mataba con un viejo sombrero, — 
al describirnos la s marchas, mazur- 
cas y ¡valses que a él se le antoja- 
ba ejecutar con sus tres únicas 
campanas y aína de ellas, rajada, 
nos hablaba también de las cosas 
sobrenaturales que solía ver desde 
su encumbrado puesto en las horas 
en que “tocando ánimas”, llamaba 
a* sosiego a los habitantes del pue- 
blo. . . 

Por el ex exclamo bozalón nos 
iniciamos en los misterios de los 
“lobisones”, así llamados lo«s sépti- 


mos hijos varones de un matrimo- 
nio. 

El labteión 

Eli Destino ¡había deparado a 
quien hubiera tenido la mala ocu-* 
rrencia de nacer en tales condicio- 
nes, una broma por demás pesada. 
Todos los viernes, al toque de áni- 
mas, quedaba convertido en donde 
quiera que se encontrase, en perro 
o en chancho; — y lo que es peor, 
arrastrando generalmente una ca- 
dena, cuyo ruido constituía el te- 
rror de la gente de los suburbios 
que creía a pies juntillas en tales 
brujerías. Guardias civiles hubieron 
que abandonaron sus puestos de vi-* 
gilancia, cuando cualquier Viernes 
de noche, creyeron percibir el rui- 
do metálico de la cadena, o vieron 
acercársele a un mastín meditabun- 
do o decepcionado de los amoríos 
perros de la vida...; — y si cualquie- 
ra, en tan fatídica noche, se cru- 
zaba con un can voluminoso, le ha-» 
cía por la. s dudas la señal de la 
cruz, mientras que, musitando un 
exorcismo para el caso, trataba de 
obtener el alejamiento del lobisón. 

Para hacerlo desaparecer 
Per-o había casos en que al perro 
se le ocurría seguir al asustado ve- 
cino quien entonces rogaba: 

— Váyase Manuel, váyase con 
Dios. Déjeme tranquilo, que yo nun- 
ca le he hecho mal ni nunca, tam- 
poco, me he reído de Vd. 

Y ese mismo vecino- contaba des^ 
pués que el lobisón desaparecía co- 
mo por encanto, como» si se lo hu- 
biera tragado la tierra... 

Otro, más guapo o que creyó me- 



93 


jor en la eficacia do un buen ga- 
rrote que n© en santiguados y exor- 
cismos, afirmaba que al dar el golpe 
“con alma y vida” al pobre lobisóm, 
éste, después de aullar de dolor, no 
había podido menos que exclamar a 
la vez que emprendía rápida dispa- 
rada: 

— ¡Qué bárbaro...! ! ! 

En las primeras ¡horas de la ma- 
cana, antes de que la aurora nada 
propicia para solidarizarse con es- 
tas agorerías desvaneciera las últi- 
mas sombras de la noche, el lobi-| 
son volvía a reencarnarse en su ca- 
parazón humana, hasta eli toque de 
ánimas del próximo Viernes; — pe- 
ro, durante .todo el resto de la se- 
mana, era mirado por la gente ig- 
norante con temor supersticioso; y 
por nada en el mundo eran capaces 
los creyente s de atraerse ni su con- 
tacto ni su mala voluntad 

Con los lobisones, — decían con la 
mayor sinceridad, — no hay que ju- 
gar...! ! ! 

Y había quienes afirmaban que 
cualquiera que se atrajera la mala 
voluntad del hombre que se volvía 
oh ancho o iperro, éste se tomaba su 
revancha yendo por la noche de un 
Viernes a arañarle la puerta, de su 
cara, en donde aullaba a todo pul- 
món, a la vez que arrastraba, larga 
y pesada cadena, el complemento in- 
dispensable para ser un buen y per- 
fecto lobison. 

Mientras que las aveis de corral 

Es natural, que en algunas de la s 
noches fatídicas se vieran por los 
su t urbios, perros de distintos ipela-i 
jes y tamaños, arrastrando cadenas; 
— y tal circunstancia daba lugar a 
que los prestigios del lobisón acre- 
cieran, por cuanto el vulgo que co- 
mentaba sus correrías, le daba ma- 
yores cualidades sobrenaturales, — 
no solamente de ubicuidad, sino que 
también transformativas. En reali- 
dad no se trataba de otra cosa que 
de bromas de algunos vecinos “avD 
sades” que con el fin de atemorizar 
a los más crédulos o de comer ga- 
llinas ajenas, seiltabam a sus perros 
con las correspondientes cadenas, 
cuando no las arrastraban ellos 
mismos, aeazarándose, — para el 
mejor éxito y la mayor impunidad 
en sus visitas a l-o s gallineros del 
prójimo. ; i ' , 


Como todas las cosas cambian en 
la vida, debemos decir que desde 
hace años y con el fin. — posible- 
mente, — de concluir de una vez 
por todas con tan desatinadas le- 
yendas, los presidentes de la Na- 
ción Argentina, vienen aceptando 
los padrinazgos que se les ofrecen 
para todo séptimo hijo varón de un 
matrimonio. 

Los fantasmas 

Para ser fantasma no era nece- 
sario reunir la condición del lobi- 
són. Cualquier cachafaz o “cacha- 
faza” podía serlo. 

Había fantasmas de diversas cla- 
ses: con zancos — que eran los más 
importantes; — sin ellos, los sin ca- 
bezas, que las ocultaban en amplí- 
simo gabán, y las que eleivaban sus 
cuerpos ficticios, esgrimiendo un 
palo con un travesaño en el extre- 
mo superior, desde donde caía lar- 
ga sabana. 

¡Elsto no obstante, sesenta o- se- 
tenta años atrás, los vecinos de mi 
pueblo vivieron seriamente alarma- 
dos ante la aparición de un fantas- 
ma original, cuyas formas hasta 
entonces, no eran conocidas. 

El fantasma del Oemeaitierio 

Aparecía en el Cementerio, que 
por entonces tenía los muros muy 
bajos, saltaba las tapias y a poco, 
se perdía éntre el lujurioso cardal 
de la cuchilla. 

Quiene s lo habían visto, — desde 
lejitos, por cierto, — no siabían 
precisar la forma real del fantasma, 
que tan pronto caminaba echado ha- 
cia atrás o empinado hacia, adelan- 
te. Otras veces, alto y tieso; y otras, 
andando con todo eil largo de “su 
cuerpo”, en forma paralela al sue- 
lo. De pronto se recogía y de pron- 
to se elevaba rn proporciones real- 
mente fantasmagóricas. 

Hacia que un día la policía ha- 
ciéndose de coraje y conveniente- 
mente retorzada por un piquete de 
“urbanos” provistos de “terce- 
rolas”, — armas de fuego de la 
épcca y agasapándore desde las pri- 
meras horas de la nodhe por entre 
los cardo a y detrás de las tapias del 
“camposanto”, se propuso atrapar a 
tan original fantasma. 

De pronto vieron policianos y. ur- 
banos que un individuo, saltando el 



— 94 — 


muro penetraba al cementerio- para 
ra¡ remover -una fosa en donde ho- 
ras antes había sido enterrada una 
persona, cuyo cadáver, desalojado 
del cajón, volvía a la madre tierra. 
mientra s que el féretro, -cargado por 
el “fantasma” encarnado en la per- 
sona del sepulturero y cajonero fú- 
nebre a la vez, — un napolitano, — 
volvía nuevamente a la casa de su 
procedencia ubicada en las orillas 
del pueblo, — en donde al día siguien- 
te el mismo ataúd podría Ser ofre- 
cido en venta para “un nuevo ca- 
dáver”. 

Lo, s cambios de “posturas” que 
adoptaba para su mayor comodi- 
dad esta hiena humana, daban lu- 
gar a que, quienes lo vieran mar- 
char en tales condiciones, con la 
complicidad, de las sombras de la 
noche y con la impresión de verla 
salir del cementerio, le atribuye- 
ran facultades inverosímiles para 
andar. 

Y es lógico suponerlo: hubo pri- 
sión para rato. 

Con zancos 

Todo el pueblo estaba albor j- 
tado. 

— ¿No ha visto el fantasma que 
aparece a eso de la media noche 
por las Tres Esquinas?, se pregun- 
taban los vecinos, misteriosamente 
todas las mañanas. 

— No lo he visto, no señor, perc 
he oído decir a don Cosme, que * j 
vió, que es tremendo de grandote. 
Figúrese si será grande que para 
descansar tiene que «sentarse en los 
pretiles de las azoteas... 

Tales eran las preguntas y res- 
puestas que se cruzaban entre los 
buenos vecinos de mi pueblo, jus- 
tamente alarmado por tan inquie* 
tante aparición. 

Como no había quien se le atre- 
viera al fantasma, éste realizaba 
sus excursiones hasta en las noches 
de luna llena; — y desde el campa- 
nario de la iglesia, a medio kiló- 
metro del lugar de los sucesos — 
tío Benedito, que vivía también 
por las Tres Esquinas, la vió más 
de una vez “bóulevardiar” sobre 
sus altos zancos por aquellos andu- 
rriales. 

iSe hacían ñiil comentarios alre- 
dedor de la aparición:, y alguien 
que* sin quererlo y «sin pensarlo, se 
dió de buenas a primeras con ella 


y disparó sobre la misma un pisto- 
letazo, tiro que por temblar el pulso 
no diera en el blanco, creó a aque* 
lia una aureola de invulnerabilidad 
para las balas. 

Preparando las trampa 

La autoridad policial tomó car- 
tas en el asunto, finalmente, pro- 
poniéndose dar caza al temido fan- 
tasma; — y para ello, recurrió a un 
expediente que, puesto en práctica 
en otras oportunidades había dado 
excelentes resultados. 

Desde los cuatro postes de las 
boca-calle se cruzaran sogas bien 
tirantes, un buen rato antes de la 
hora en que habitualmente hacía 
su aparición el fantasma que siem- 
pre realizaba el mismo recorrido; 
mientras que los policianos y urba- 
nos quedaron en acecho en lugares 
próximos y ocultos. Llegó el ser 
“sobrenatural”, encaramado sobre 
sus largos zancos, cubierto con la 
inevitable túnica blanca; y al pre- 
tender cruzar la calle, tropezando 
en la trampa que le habían prepa- 
rado, dió con su humanidad en tie- 
rra, en donde fué recogida con 
algunos magullones en el cuerpo. 

Y ¡asómbrese el lector quien po- 
dría ser el fantasma! Una mujer, 
— una china marimacho de esas de 
cuestión. Y de suma importancia, 
cuchillo en la liga, — que gozaba 
después entre sus comadres y com- 
padres al oír referir en forma abul- 
tada las hazañas, que en noches 
anteriores había realizado, con la 
complicidad del temor y de la cre- 
dulidad de la gente. 

Por aquellos días en que la poli- 
cía se encargaba de establecer pe- 
nalidades a su modo, sin entrar a 
especificar la clase de delitos que 
pudieran cometerse y sin temer 
tampoco que la justicia ordinaria 
pudiera entablarle jluicio de com- 
petencia de juridicción, tocó a la 
china purgar su falta o delito, en 
forma bien original por cierto. 

La china Cleta 

La mañana siguiente a la noche 
en que se hizo tan buena presa, fué 
de gran alboroto para los pacíficos 
habitantes del pueblo. Hombres y 
mujeres se largaron a la calle a 
inquirir datos sobre tan importante 
suceso. 



— 95 — 


— ¿No sabe, vecina, que han ca- 
sado al fantasma de las Tres Es- 
quinas? 

— ¡Que han de cazarlo...! A los 
fantasmas no hay quien los agarre. 
Y menos a ese, que anda en “an- 
cos”, y... que ha corrido a mucha 
gente... 

— Pues para que Vd. sepa. Ano- 
che mismo lo cazaron con unas pio- 
las que, mu y tirantes, lae dejaron 
cruzadas en la boca calle de las 
Tres Esquinas. ¡Y si Vd. supiera 
quien había sido el desalmado. 

— ¡Quien, vecina...? 

— Pues, nada menos que la chi- 
na Cleta....! 

— ¡La china Cleta? 

— 'La misma; ¿y porque nó? 

— No; garras para eso y para 
mucho más, tiene esa sabandija. 
Cuente como fué la cosa... 


¡Pobre fantasma...! ! ! ! 

Bien amarrada a las rejas de _ 
una casa ubicada en el mismo cam- 
po de operaciones en donde reali- 
zaba sus correrías, encaramada so- 
bre suis zancos y cubiertas sus hom- 
bros con la larga túnica blanca que 
tantos sustos ocasionara, la china 
Cleta perfectamente custodiada por 
la policía y a cara descubierta, per- 
maneció desde muy temprano has- 
ta altas las horas de la tarde, en 
expectación pública para que todo el 
vecindario pudiera apreciar la 
inconsistencia de la credulidad en 
esta clase de “aparecidos”; ejem- 
plar castigo que tuvo la virtud de 
llevar la tranquilidad a toda una 
población; — y decimos “a toda”, 
porque los mismos que no creían 
en duendes ni en la intangibilidad 
de los fantasmas, — por nada en el 
mundo querían vérselas con esos 
andariegos de la noche. 

Habíamos pensado poner aquí, 
punto final 

En verdad: habíamos dado por 
fitiquilcda la crónica de hoy; — pe- 
ro ai releerla antes de entregarla 
al taller, nos hemos dado cuenta 
que no hablamos mencionado a los 
fantasmas sin cabeza?. Naturalmen- 


te, que para quienes no estén tan 
“profundizados” como nosotros en 
tan deletéreo asunto, nuestra omi- 
sión sería imperdonable y hasta 
inquietante, si ee quiere . 

El fantasma sin cabeza, es el 
más pobre diablo de los fantasmas. 
Casi, casi, un desgraciado fantasma. 

Provisto de amplísimo eobreíodo, 
coloca el cuello de éste cobre la 
cabezá'y tratá de escurrirse al am- 
paro de los cercos arbolados de los 
rancheríos de los suburbios, par?, 
aeí, protegido por las sombras de 
la noche, densificadas aún más por 
las proyectadas por las cinas-cinas 
o tunas, llevar a las mentes de los 
pobres cerebros de la gente de loe 
rancheríos, espíritus siempre ‘¡dis- 
puestos a aceptar como perfecta- 
mente lógicos los disparates más 
grandes que puedan concebirse so- 
bre “aparecidos”, — una impresión 
gráfica de su existencia, en éste 
picaro mundo de los vivos y de los 
tontos, sin la existencia material 
de ese complemento del cuerpo 
humano que se llama cabeza. 

La aparición del fantasma <sin 
cabeza provocaba la dispersión de 
toda la familia, que cenaba en esos 
precisos momentos, — para ence- 
rrase a rezar e.n una de las piezas 
de la casa o deí rancho. 

Pero... ¡oh, misterios de las co- 
sas terrenas y ultra terrenas...! La 
aparición del fantasma sin cabeza 
siempre coincidía con robois de 
chorizos y salchichones que espera- 
ban su sazonamiento, colgados, al 
calor de la lumbre del fogón cuan- 
do no la propia comida de esa noche. 

¡El hombre sin cabeza, comía...’ 


El último fantasma de estas ca- 
racterísticas a quien le tocó correr 
una noche el que estas líneas escri- 
be en unión de otros muchachos. — 
ya que íbamos de auxiliares de la 
policía de cuyos representantes no 
nos alejábamos mayormente; — era 
un pobre moreno que, cansado o 
avergonzado al fin de ser fantasma 
de tan poco rango, fué acometido 
de “sourmenage” tal, que dió con 
su humanidad en el Manicomio Na- 
cional, ai í llamado entonces al hoy 
Hospital Vilardebó. 





LOS BATALLONES CUANDO PASEABAN 


I EVITA Y GALERA DE FELPA. — A FALTA DE SALONES DE 
LUSTRAR OALZADO. — LOS UNIFORMES DE ENTONCES. — 
LAS TORTURAS DEL CALZADO Y DE UN AFIRMADO MA- 
LO. — (IOS ¡HACHEROS. — LAS BANDAS DE MUSICA. — QUIE- 
NES PRECEDIAN A LOS BATALLONES. — REDOBLANDO CON 
COSTILLAS. — RIVALIDADEIS DE BARRIOS. — LAS GUE- 
RRILLAS. — EL BATALLON DESFILA BAJO LOS BALCO- 
NES DE LA CASA DE GOBIERNO 


¡ Se lustra . . . ! ! 

Montevideo va perdiendo a medi- 
da <¡jue pasan los años, muchos cua- 
dritos anime. dos de sus viejas mo- 
dalidades en las cuales, la Natura- 
leza y las cosas, ponían simpáticas 
pinceladas de vida y de animación. 

Cuando no existían todavía salo- 
nes de lustrar calzado con las com- 
plicadas combinaciones de. pomadas, 
ceras y otros ungüentos que se em- 
plean ahora para dar “brillo y es- 
plendor” al calzado, y que un arra- 
piezo cualquiera, arrimando el ca- 
joncito al cordón de la acera, obte- 
nía idénticos resultados con sólo un 
par de cepillos, un poquito de be- 
tún que se ablandaba con unos sa- 
livazos. mediante la retribución de 
un vintén y sin propina, nuestros 
hombres de pro vestían desde que 
se levantaban hasta cpie se acosta- 
ban, trajes de levita con el com- 
plemento de la galera de felpa. 

Era indispensable 

No se concebía tampoco que un 
médico, un abogado o un escribano, 
saliera a la calle en el ejercicio de 
su respectivo cometido profesional, 
con la democrática americana y el 
sombrero blando de ahora. 

Para la muchachada bien, para 
los “dandvs”. era indispensable el 
uso de la levita aue se alternaba 
con el de jacket, acompañado de la 
galera de felpa o de la galerita re- 
donda, que a veces resultaba un 
si es o no cuadrada, término medio 
entre la primera y la segunda. 

Ctolita en un Jacket 

Jóvenes había que iban a la es- 
cuela de jacket; y un compañero de 


prensa habrá de recordar si es que 
llega a leernos que en el primer día 
de su ingreso a determinado cole- 
gio y estando la clase en funciones 
frente al pizarrón, colocó una cola 
de papel en los faldones de aquella 
prenda de vestir que llevaba un 
condiscípulo, que habría de morir 
años más tarde v alientemente en la 
acción de Tres Arboles, sirviendo 
bajo las órdene's del coronel don 
Ricardo Flores. 

Esa travesura^ que se descubrió 
cuando el malogrado amigo pasó a 
hacer una demostración en el pi- 
zarrón. determinó una severa peni- 
tencia a todos los alumnos que se 
negaron a denunciar al culpable, 
castigo que no alcanzó al “debutan- 
te” porque el maestro — - mal psicó- 
logo en el caso — no podía conce- 
bir qiue a los pocos minutos de su 
ingreso, pudiera aquél ser capaz d© 
tanta audacia. 

Cadete con todas las de la ley 

No era tampoco cosa del otro 
mundo ver a un perjenio de diez 
y. siete años vestir levita y galera 
de felpa; y de esta aseveración po- 
drá dar fe uno de nuestros genera- 
les más ilustrados, que ha ocupado 
la jefatura del Estado Mayor, quien, 
siendo cadete de la Elscuela Militar, 
ansiaba que llegara el día de salida 
para lucir su esbelta silueta por 
esas calles de Dios, entallada con 
tan aristocrática prenda de vestir y 
con el complemento de pantalones 
de fantasía. 

Todo pasee 

Gradualmente la levita fué ce- 
diendo paso al jacket. hasta tal 

punto que después no se usaba más 

7 



98 — 


que para asistir a los entierros, 
ceremonia q(ue llevaba implícita- 
mente la obligación de- vestirla. 

Y a tanto llegó su desuso, que 
hoy sólo la llevan algunos viejos 
cocheros como uniforme funerario. 

£1 prlseo die los batallónos 

Por entonces era corriente tam- 
bién, aue los batallones alternán- 
dose en sus salidas, realizaran pa- 
seos por las calles más centrales 
de la ciudad: y que los pobres ofi- 
ciales y soldados se estropearan los 
pies en la aspereza de la pavimen- 
tación que, a base de empedrado 
de cuña, era la corriente en la ciu- 
dad. 

¡Y había que ver las proezas de 
equilibrio ame tenían que realizar 
los militares para guardar la pro- 
sopopeya marcial de la marcha, al 
pisar la bravura de las piedras de 
punta!!! 

No era ur despropósito en aque- 
llos días, que los hombres presu- 
mieran de ser poseedores de pies 
chicos y angostos, contando para 
ello como es consiguiente suponer- 
lo. con la complicidad de los zapa- 
teros, ya que nadie, o muy pocos, 
eran los que se compraban el cal- 
zado' hecho, tan cómodo alhora con 
sus formas desahogadas. *Con este 
simple detalle queda dicho el mar- 
tirologio por el cual habrán pasa- 
do los oficialitos presumidos, qme 
hoy ostentan las charreteras de co- 
ronel o ¡as palmas del generalato. 

La. indumentaria, militan 

La indumentaria de los soldados 
era muy distinta a la de ahora. En 
Verano, vestían amplias bombachas, 
tan almidonadas hasta ponerlas rí- 
gidas y barullentas en las marchas; 
casaquilla, kepí y polainas altas, to- 
do de brin blanco; y aparte del ar- 
mamento y del correaje, llevaban 
además en sus espaldas, una mo- 
chila de cuero, en cuya parte pos- 
terior y sujeto con una correíta, 
brillaba un plato de lata. Ein el in- 
terior de aquélla, se llevaban cu- 
biertos, cepillo para la ropa, y al- 
gún otro chirimbolo de uso domés- 
tico. a todo lo que se llamaba en 
términos cuarteleros “la masita”. 

Los oficiales vestían pantalón y 
casaquilla de brin blanco. 

En el Invierno la indumentaria 
en lo qipe á la bombacha, casaqui- 


lla y kepí se refiere, cambiaba, pues 
el brin era sustituido por el casi- 
mir azul. Los oficiales gastaban ca- 
simir negro. 

El traje de parada para la tropa 
era verdaderamente lujoso, pues lo 
constituía amplia bombacha de rico 
paño color lacre, levita azul oscuro, 
alta polaina blanca y kepl duro q¡ue 
remataba con un pompón verde pa- 
ra la infantería y rojo para la ca- 
ballería y artillería. Los oficiales 
vestían levita negra, cruzada a la 
cintura con faja roja, pantalón la- 
cre y kepí duro con penacho de plu- 
mas. Las charreteras de los solda- 
dos coincidían con el color del pom- 
pón y eran de lana. La de los jefes 
y oficiales, de gusanillo de oro. 

Los batallones de antes 

Cada unidad militar la consti- 
tuían quinientos, seiscientos o más 
hombres de tropa; y todas ellas 
rivalizaban' en ten-er la más nume- 
rosa y mejor instrumentada banda 
de música, que era el orgullo, no 
solamente del batallón, sino qife 
también del barrio en donde el 
mismo tuviera eu cuartel. Muchos 
que nos lean habráD de recordar 
con cariño a ios viejos maestros 
Spinelli, Savini, Julián Silva, .Ca- 
lazza, Narbona y otros que ascapan 
a nuestra memoria. 

Los hacheros 

Durante el gobierno del general 
Santos se dió a cada unidad de in- 
fantería un motivo más de curio- 
sidad pública, con el agregado de 
una “escuadra de gastadores”, a 
los que el pueblo dió en llamar 
“hacheros” y que constituían un 
grupo de doce hombres de tropa y 
un sargento, por batallón, elegidos 
entre los de más alta talla (con 
preferencia indios) y que, a la ca- 
beza del mismo, marchaban arro- 
gantes, vestidos con pantalones ro- 
los con guarniciones de gamusa, 
polainas blancas por debajo de los 
mismos, casaquilla azul escuro con 
vivos verdes, largo delantal y peto 
de cueros do tigre y llevando en 
vez de kepíes, altos morriones pe- 
ludos con carrilleras de escamas Je 
bronce estampado. El arma que es- 
grimían estos soldados eran sendas 
hachas de metal bien bruñido con 
guarniciones de bronce para la de- 
fensa del filo, que rechazaban eo 



99 — 


mil Irradiaciones a fuerza de bri- 
llo. los destellos solares que que- 
braban en ellas su poder lumínico. 
Cada bachero llevaba además so- 
bre el costado izquierdo del cuerpo 
un machete curvo. 

“Cuerpo d© v»ngnand(ia/’ 

Los batallones al salir a la ca- 
lle eran precedidos por un cente- 
nar de muchachos del barrio a 
que perteneciera el cuartel, para 
acompañarlos en sus excursiones 
al son de la música y alternando 
la marcialidad de la marcha que 
trataban de imitar a ratos a ks 
soldados, con las piruetas propias 
del estado jubiloso une los domi- 
naba; y cuando cesaban los sones 
de los instrumentos para dar .lugar 
a que los tambores rompieran en ale- 
gres redobles, aquéllos secundaban 
el rítmico sonido de las cajas, con 
un repiqueteo que sacaban de pe- 
dazos de costillas de vacunos, las 
cuales, colocadas do? en cada ma- 
no entre los dedos índice, mayor y 
anular, producían, convenientemen- 
te agitadas, el ruido característico 
de las castañuelas. 

El 2.o de Cazadores 

Así por ejempllo, hasta 1897, la 
muchachada de la Aguada tenía al 
2.o de Cazadores que mandaba ei' 
bizarro coronel don Ricardo Flo- 
res, como al batallón de mayores 
prestigios en todo Montevideo; y 
que al ser aniquilado por las ba- 
las fratricidas de Tres Arboles en 
la Revolución de 1897, habría de 
cubrirse de gloria por su temera- 
rio arrojo. El . barrio Guruyú tenía 
al 3.o; los del Cordón y Figurita 
al 4.o; y así por el estilo. 

¡Y había que ver el apasiona- 
miento con que se discutía entre 
muchachos y hombres de barrios 
distintos, respecto a cuál era la 
unidad mejor, por su vestimenta, 
por su disciplina, por sus bandas 
de música y lisa y hasta por la es- 
tampa de los caballos de sus je- 
fes! 

Las guerrillas 

Era tal el entusiasmo que domi- 
naba el espíritu de ios muchachos. 


que habían realizado los paseos, 
que después de dejado en su cuar- 
tel al batallón, el ardor bélico los 
llevó a trenzarse en guerrillas de 
piedras con elementos | del barrio 
por donde aquél hubiera realizado 
su recorrido. 

Hubo guerrillas de tal magnitud 
aue iniciadas por muchachos, se 
generalizaba más tarde con hom- 
bres, quienes sustituían a las pie- 
dras arrojadas con manos y con 
hondas, por garrotes y cuchillos^ en 
las cargas “a la bayoneta”, porque 
en estas clases de contiendas se 
producían también sus entreveros. 

El barrio de Palermo, por ejem- 
plo, con los hermanos Lema a la 
cabeza, cuatro de los cuales tuvie- 
ron trágico fin, fué el más 
célebre entre todos los demás no 
solamente por el. número de sus 
componentes, sino que también por 
la bravura de los mismos. Hubo ca- 
sos en que la policía fué impotente, 
para dominar él ardor de los gue- 
rrilleros. 

Como en la época que comenta- 
mos el movimiento de vehículos no 
era muy intenso que digamos, pues 
aparte del tranvía de tracción a 
sangre que marchaba cada quince 
minutos, circulaba alguno que otro 
vehículo, estos paseos militares re- 
sultaban siempre muy del agrado 
del público y no ocasionaban por 
otra parte mayores trastornos al 
desenvolvimiento del tráfico, por 
las razones ya dichas. Al pasaje del 
batallón las ventanas se abrían pa- 
ra dar paso al elemento femenino 
que no quería perderse el intere- 
sante espectáculo. 

Potr la Casa de Gobierno 

En casi todas estas excursiones, 
la unidad militar pasaba por la 
Casa de Gobierno; y a su aproxi- 
mación, sálía a los balcones el Pre- 
sidente de la República, acompa- 
ñado de sus ministros, quienes in- 
terrumpían sus: labores guberna- 
mentales para responder a las sa- 
lutaciones de las unidades milita- 
res que, con paso marcial y a ban- 
dera desplegada rendían así un ho- 
menaje más al primer mandatario 
de la Nación. 



DESDE 1829 A 1843 


EN 1829 

En el año 1829 se celebró un nue- 
vo censo de población en el país, 
que por entonces lo constituían solo 
nueve departamentos, con el si- 
guiente resultado: 


Montevideo . . 

14.000 habitantes 

Canelones . . . 

11.000 

U 

Maldonado . . 

11.000 

«l 

San José .... 

7.000 

tt 

Colonia .... 

7.000 

M 

£oriano 

7.000 

»• 

Paysandd .... 

7. (TOO 

>• 

Durazno 

5.000 

•> 

Cerro Largo . 

•5.000 


Total . . 

74.000 

habitantes 


Que la suspicacia del cronista no 
ofenda a nuestros mayores y en ma- 
nera muy especial al encargado o 
director del trabajo céffsal; pero 
mucho nos tememos, teniendo en 
cuenta la “redondez! de las cifras" 
— que el recuento de los poblado- 
res de esta patria chica, se hizo a 
ojos de buen cubero. 

EN 1885 

En 1835 se levantó un nuevo 
censo respecto al cual nada tenemos 
que objetar, pues a juzgari por la 
variedad de cifras numéricas que 
nos brindan los datos oficiales, pa- 
rece que no se hizo una repartija 
más o menos equitativa de habitan- 
tes entre los departamentos como 
em el caso anterior; y q.ue si hubo 
ojos de buen cubero, ellos no fue- 


ron tan absolutos como seis años 
antes. 


El censo arrojó esta vez un total 
de población de ciento veinte y ocho 
mil trescientos doce habitantes, dis- 


tribuidos así! 
Montevideo . . 

23.404 

habitantes 

Soriano 

13.200 

• f 

Canelones . . . 

7.800 

tt 

San Luis .... 

8.080 

tt 

Colonia 

9.706 

• t 

Paysandú . . . 

27.900 

• » 

Cerro Largo . 

10.100 

t 1 

Maldonado . . 

21.296 

tt 

Durazno .... 

6.286 

tt 

Total . 

128.312 

habitantes 


EN 1848 

Otro censo levantado en Montevi- 
.deo, solamente, en Octubre de 1843, 
arrojó una población de treinta y 
un mil ciento ochenta y nueve habi- 
tantes, descompuestos así: 

Orientales 11.431 

Extranjeros . . . . 19. 759 

Eil dato oficial que nos sirve para 
estas breves referencias, consigna 
que dentro del total de los 31.189 
habitantes, figuran 1.344 negros 
africanos, que el censo no los toma 
ni como orientales ni como extran- 
jeros. ; 

Y se explica!; Los pobres more- 
nos eran esclavos: un término me- 
dio entre el más desgraciado de los 
hombres y 1 la bestia. 



EL CERRITO DE LA VICTORIA 

SU PRIMITIVO NOMBRE. — MONTEVIDEO CHIQUITO. — SITIOS 
QUE DESDE ALLI SE IMPUSO A MONTEVIDEO. — HASTA 
EXi LLEGARON LOS FRANCISCANOS Y LAS FAMILIAS 
EXPULSADAS POR VIGODET 


Montevideo Chiquito 

No todos nuestros lectores ten- 
drán conocimiento de que esa pin- 
toresca eminencia Q|U© se levanta ® 
las puertas de la capital y que, es 
hoy uno de sus barrios sub urbanos 
con la denominación del iClerrito de 
la Victoria, haya sido conocido bas- 
ta los albores de nuestra vida inde-i 
pendiente, con el nombre de Mon-) 
tevideo Chiquito, apareciendo así en 
un mapa de la época cuya copia he* 
mos tenido a la vista. 

¿Por qué el nombre de| Montevi- 
deo Chiquito? 

Seguramente, porque muchos, al 
referirse al Cerro lo llamaban Mon- 
tevideo, involucrándolo así a la ini 
cipiente ciudad; y para distinguir 
a la otra eminencia menor medite- 
rránea, se dió en llamarla Mon- 
tevideo Chiajuito, hasta que la vic- 
toria de Rondeau, obtenida contra 
las fuerzas españolas mandadas por 
Vigodet el 31 de Diciembre de 1812 
sustituyó el diminutivo nombre pon 
el que hoy lleva a tan buen título. 

Resultaba más agradable para los 
patriotas al referirse a la pintores- 
ca localidad, rememorar la hazaña 
de Rondeau dando a aquélla el ha- 
lagüeño calificativo de la Victoria, 
en vez del casi despreciable de •Chi- 
quito, que basta entonces tenía. 

Aparte de este acontecimiento el 
Cerrito es digno de que se le preste! 
atención por más de un concepto. 

El primer sitio 

El 21 (te Mayo del 1811, antes de 
la victoria de Rondeau, Artigas, 
después de haber obtenido el mag- 
nífico triunfo de Las Piedras, esta- 
bleció allí su campamento para po- 
ner sitio a Montevideo, regido por 
el Gobernador Ello, a quien el jefe 
de los orientales, después de habed 
canjeado prisioneros, para obtener 


la liberación de los qiue habían caí- 
do en poder de los españoles duran- 
te la desgraciada campaña de Bel- 
grano al Paraguay, intimó la ren- 
dición de la plaza. 

Las salidas intentadas por los es- 
pañoles fueron todas rechazadas por) 
las fuerzas patriotas; y esos reve- 
ses provocaron una desenfrenada 
ira en Elío, quien, incapaz de sofo- 
car la justa rebelión, que en afanes 
de independencia brotaba por todos 
los ámbitos del país, decretó la ex-* 
pulsión de nueve franciscanos del! 
convento en donde Artigas recibie- 
ra su instrucción. 

En la noche del mismo 21 de 
Mayo los sitiados distinguían per- 
fectamente desde las azoteas de sus 
casas y desde las almenas que re* 
mataban los muros de la Cindadela, 
los fogones en donde vivaqueaban! 
las fuerzas artiguistaS; y sus cen- 
tinelas oían también con, toda cla- 
ridad las provocaciones que les di- 
rigían aisladamente y pon su cuenta 
los gauchos, que, llegando hasta los 
mismos portones y circundando los 
fosos, invitaban a los “godos” á 
pelear mano a mano. 

En' nombre del rey 

Los sacerdotes estaban reunidos 
en la noche del 23 en una de las 
dependencias del convento, tal vez 
comentando los acontecimientos de 
esos días, cuando de pronto sonó 
con estrépito la aldaba dej la puer- 
ta de calle. 

— ¿ Quién va? — preguntaron 
desde adentro. 

— ¡Abrid en nombre! del rey! 

Y como al conjuro de una pala* 
bra mágica se dejó oír en el silen- 
cio de la noche, el ruidoi de trancas 
Hue sé descorrían y el chirrido ca*' 
racterístico de enorme llave giran- 
do en el interior de la cerradura! 
de la casa conventual. 



— 102 — 


Xa puerta quedó abierta de par 
en par. 

— 'Pasad, - caballeros, dijo el su- 
perior del Convento. 

Un oficial seguido de fuerte es- 
colta y con gesto adusto pasó ai 
interior de. la finca, mirando' de 
soslayo a todos lados. - 

— íSe os acusa de estar en con- 
nivencia con los rebeldes. 

— Orábamos, señor, cuando fui- 
mos interrumpidos por vuestro lla- 
mado. ... 

— De orden del excelentísimo se- 
ñor Virrey debéis seguirme - . 

— Muy bien; arreglaremos pri- 
meramente nuestras cosas. . . 

— ¡Nada de eso! Tendréis que 
acompañarme d!e inmediato, sin un 
segundo de dilación y así como es- 
táis. . . 

— ¿Sin llevar nada? 

— iSin llevar nada. Obedeced, sin 
replicar. Las órdenes son termi- 
nantes y severas. 

Y los frailes, que en ge|alida.ú 
eran decididos patriotas, con José 
Benito Lamas a la cabeza, quien 
habría de ser poco después uno de 
los hombres más útiles a Artigas, 
'siguieron al oficial español por la6 
desiertas y oscuras calles de Mon- 
tevideo, hasta el Portón de San Pe- 
dro, que daba precisamente sobre 
lo que es hoy Plaza Independen- 
cia. La fuerza era precedida por un 
roldado que llevaba en su diestra 
un farol de mano para alumbrar 
el recorrido. 

Váyanse qon sus matrero 8 !! 

Llegados que hubieron al lími- 
te de la Cindadela se impartieron 
las fuerzas artiguistas; y sus cen- 
brevísimas órdenes; y, de nuevo, 
sintióse el chirrido de llaves en 
funciones. El postigo practicado en 
■el Portón de San Pedro quedó 
abierto para dar paso, en primer 
término, al .soldado que portaba el 
farol, a quien siguió el oficial que 
mandaba el piquete y que llevaba 
su espada desenvainada; — y seña- 
lando con la punta de la misma los 
fogones patriotas a los frailes qn* 
lo habían seguido hasta el exterior, 
dijo con tono de mando y tratan- 
do de dar a su voz la inflexión 
de los criollos: 

¡Váyanse con sus matreros;:... 

Y desde esa misma noche, el 
ejército patriota, contó ccn nueve 
soldados más. 


Ello no paró ahí. Impotente 
como lo 1 hemos dicho, para la ob- 
tención de un triunfo sobre los 
“matreros" como él les llamaba 
hizo salir igualmente de los muros 
y en, la misma forma violenta como 
lo hiciera con los franciscanos, en 
la noche, subsiguiente a cuarenta 
familias sindicadas como patrio- 
tas, entre los cuales se encontraba 
la die Artigas, — actitud que 
provocó la indignación de la po- 
blación en general y que determi- 
nó el mayor acrecimiento de las 
fuerzas artiguistas. 

Los Treinta y Tres 

Los Treinta y Tres orientales, 
multiplicados ya después de los 
triunfos obtenidos en la campaña, 
hollaron también con sus plantas, 
las gramillas del Cerrito de la. 
Victoria, para imponer sitio a Mon- 
tevideo a la vez que obtenían de 
la plaza incorporaciones de hom- 
bres y el auxilio de algunos per- 
trechos . 

En nuestras contiendas civiles 

Nuestras desdichadas contiendas 
civiles tuvieron también como pun- 
to estratégico para sus demostra- 
ciones bélicas, el glorioso Cerrito . 
Allí hizo su alto el ejército rosista 
al mando de Oribe cuando la Gue- 
rra Grande, para anunciar a la 
Plaza con una salva de veinte 7 
un cañonazos, su aparición. 

Flores, triunfante en su Cruza- 
da Libertadora en 1865, mostró a 
la ciudad desde la eminencia a sus 
pujantes' lanceros; etn Noviembre 
de 1870, Timoteo Aparició volvió 
a hacer lo mismo y aún más: a, 

tomar hasta ocuparla, la Fortaleza 
del Cerro. 

Pero, el Cerrito de la Victoria 
es uno: el de Artigas y el de Ron- 
deau, que regaron con la sangre 
generosa los patriotas que manda- 
ban sin otra aspiración que la úni- 
ca de hacer Patria, patria grande 
para todos los orientales. 

Por eso es que las margaritas 
silvestres más rojas y más hernio- 
sas que nacen en el País, son las 
que en Primavera brotan eu las 
laderas del Cerrito, cuya tierra 
fertilizaron para toda una eterni- 
dad ccn las savias de sus vidas, 
los primeros gauchos que impu- 
sieron con las puntas de sus chu- 
zas los primeros jalones de núes- 
tra emancipación. 



DESDE LOS DIAS DE SO LIS HASTA CIEN AÑOS 

ATRAS 

JUAN DIAZ DE SOLIS Y LOS SUYOS — EN EL CERRO — UN DO- 
CJUMENTO INTERESANTE — CIVILIZAR ES POBLAR — NO 
OLVIDARSE DE LA HORCA — EL SUEÑO DE NUESTROS 
ABUELOS - LAS RELOJERAS — LOS LADRONES — 

COMO OPERABAN. 


Muchas veces nos liemos ocupado 
de algunos detalles que tienen re- 
lación con los prolegómenos de la 
vida del coloniaje; pero, hasta aho- 
ra, habíamos omitido las instruc- 
ciones que se daban a los descubri- 
dores y Conquistadores de estas tie- 
rras americanas, respecto a los pro- 
cedimientos que debían seguir en 
los actos de toma de posesión, cere- 
monias que revestían siempre apa- 
ratosas solemnidades. 

Juan Díaz de Solís y los suyos 
Juan Díaz de Solís que con los 
suyos desembarcó en el Cerro, ar- 
mados todos como se usaba en aque- 
llos remotos tiempos, — de pies a 
cabeza, — después de clavar en tie- 
rra el estandarte real y de ver a 
algunos de su guerreros, que de ro- 
dillas desenvainaban sus largas espa- 
das con gesto fiero, para dar mayor 
solemnidad al acto, — traía escritas 
las siguientes instrucciones, cuya 
ortografía y puntuación respeta- 
mos: 

“La manera que habéis de tener 
“ en el tomar de la posesión de las 
" tierras e partes que descubriéra- 
“ des ha de ser, hagais ante escri- 
“ baño público y el mas número de 
“ testigos que pudiéredes e los mas 
“ conocidos que hubiere, un acto de 
“ posesión en nuestro nombre, cor- 
“ tando árboles e ramas, e cavan- 
" do o haciendo, si hubiere dispo- 
“ sición, algún pequeño edificio, é 
“ que sea en parte donde haya al- 

gún cerro señalado ó árbol gran- 


“ de, é decir cuantas leguas está 
“ en la mar, poco mas ó menos ó 
“ á que parte é que señas tiene y 
“ hacer allí una horca, y que al- 
“ gunos pongan demanda ante vos, 
“ é como nuestro capitán ó juez, 
“ lo sentenceis y determinéis de 
“ manera que en todo toméis la di- 
“ cha posesión, la cual ha de ser 
“ por aquella parte donde la tomá- 
“ redes, é por todo su partido é 
“ provincia ó isla, é de ello saca- 
“ reis testimonio sinado del dicho 
“ escribano en manera que haga fé. 
" (Pecho Mancilla a 24 días del mes 
“ de noviembre de 1514 años. — 
“ Yo el Rey”. 

Con testigos propios 

Dicho esto de un tirón, cabe su- 
póner que Solís no habrá tenido ma- 
yores dificultades para encontrar el 
Cerro y aún mismo, para cortar ár- 
boles y ramas; pero, en eso de los 
testigos, “e los más conocidos”, sus 
anhelos se vieron frustrados, pues 
nos suponemos a los indómitos cha- 
rrúas presenciando los ceremonia- 
les desde lejitos y ocultos, para dar 
después a los conquistadores, el 
golpe que habría de quitar la vida 
al intrépido navegante y a muchos 
de sus compañeros, en las inmedia- 
ciones de Martin Chico, 

La horca 

En lo que no se mostraban tar- 
dos ni perezosos los visitantes era 
en el levantamiento de la horca pa- 



— 104 — 


ra las ejecuciones capitales, a cuyo 
fin pairaban los palitroques corres- 
pondientes, junto a los locales que 
sirvieran de “cabildos” y de tem- 
plos. 

Habría sus asesinatos, no lo po- 
nemos en duda, pero en lo que a 
ladrones se refiere, cuando Mon- 
tevideo ya tenía sus casas de ven- 
tana® con rejas, aquellos emplea 
ban procedimientos asa® rudimen- 
tarios para las sustraciones. 

Bien sabido es que en un princi- 
pio, no se conocía el servicio de 
alumbrado público; y que más tar- 
de se empezó a. dar laz ccn aceite 
•de potro y velas de sebo de» las 
llamadas de “baño”, lo que quie- 
re decir, que hasta le. media no- 
che, habría, en las calles más hu- 
mo apestoso, que luz. 

IiOs “cacos” 

Los “cacos” que no utilizaban 
los buenos servicios de las gan- 
zúas, dada las enormes proporcio- 
nes de las cerraduras y porque, no 
obstante ello, los moradores asegu- 
raban por dentro las puertas con 
sólidas trancas, lo que hacía impo- 
s <ble abrirlas r -.esidle afuera, se inge- 
niaban aunque en forma muy ru- 
dimentaria e “inocente”, si se 
quiere, para cometer sus roba- 
cheos. 

Nuestros abuelos al igual de 
nosotros, sentían también, la ne- 
cesidad en las noches de estío, de 
respirar la brisa pura y vivificante, 
ya fuera ella la salitrosa del mar 
o ya la perfumada de tierra 
? dentro; y como no habían tran- 
vías que armaran el estrepitoso 
ruido de los de nuestros días, — 
ni grupos de muchachos Que ento- 
naran las canciones del último car- 
naval, ni cornetas de automóviles, 
ni pitos de guardias civiles, por- 
que no había ni lo uno ni lo otro, 
estaban bien seguros de poder dor- 
mir a pierna suelta, a poco de ane 
se acostaran, que lo hacían mo- 
mentos después de recogerse las 
gallinas. Y para ello dejaban 
abiertas las ventanas de su® dor- 
mitorios resguardadas por verjas 
de gruesos barrotes de hierro. 


Las relojeras 

Los antiguos jamás dejaban el 
reloj y la larga cadena en los bol- 
sillo® del chaleco. En la pared y 
junto a la cabecera de la cama, 
colgaba la relojera de confección 
casera, en forma de corazón o de 
zapatilla, para guardarlos. 

¡Oh, las relojeras con su arma- 
zón de cartón, forradas de- pana a 
de raso,.* bordadas, combinadas con 
gusanillo de oro o de plata y len- 
tejuelas, con su bolsillo en la par* 

te inferior para guardar el reloj 

entonces de llave — y en la parte 
superior y un poquito más abajo 
del lacito que se abrazaba al cla- 
vo, para no caer, el ganchito me- 
tálico que sostenía el barrote de 
la cadena la cual, al ser usada, se 
aseguraba con aquel cruzado por 
detrás de un ojal del chaleco!... 

Por entre las rejas 

¡Cuántas veces esas relojeras 
con reloj y todo, desaparecieron en 
las horas de la noche, pese a las 
seguridades q r ae en contrario ofre- 
fieran los gruesos barrotes de las 
verjas y las sólidas trancas de las 
puertas! . . . 

El "caco”, junto á la® rejas y 
haciendo el menor ruido posible 
introducía por entre los barrotes, 
una larga caña de cuya punta aso- 
maba un gancho, el cual buscaba 
ccn tiento y con la complicidad de 
la luz de la luna, la presa codicia- 
da. Y así llegaren a poder le los 
ladrones, no solamente relojes y 
•relojeras, sino que también pren- 
das de \estir de ambos sexos y 
chirimbolos de usos domésticos y 
fáci. mente prendibles al rapaz an- 
zuelo de tales pescadores de lo 
ajeno. 

Así procedían antaño, los “ladro- 
nes de la madrugada”, a'iinque con- 
viene destacar tamfcién para la me- 
jor concepción de estas noti- 
cias, que, para nuestros abuelos, 
— impertinentes madrugadores, — 
aquella empezaba a las once ce la. 
noche. 1 ; ya que como lo hemos di- 
clho ce acostaban a poco de penar- 
se el sol . . . 



LOS NEGROS ESCLAVOS 

COMO SE IMPORTABAN. — PREPARANDOLOS PARA LA VENTA. 

UBRES AL FIN 


La escasez de brazos 
Allá por el año 1790 era tal la 
falta de brazos en amibos pueblos 
del Plata, que el Rey de España, en 
el deiseo de intensificar la inmigra- 
ción sin tener en cuenta la forma 
de conseguirla, dictó una iReal Cé- 
dula dando grandes facilidades a 
los buques de todas las banderas 
ique introdujeran esclavos en sus 
colonias de la América. Y fueron 
tan ha agüeñas las facilidades otor- 
gadas que, solamente Montevideo 
con su escasísima población que ya 
hicimos conocer en capítulos ante- 
riores, recibió en el plazo de tres 
años, dos mil seis cientos ochenta 
y nueve africanos, que se vendie- 
ron a un promedio de dos cientos 
cincuenta a quinientos patacones 
cada uno. 

La caza, de negros 
La ottención de los desdichados 
morenos se hacía en el Continente 
Africano de distintas maneras: La 
guerra entre las tribus de aquellos 
países de selvas, aportaban siempre 
sus buenos contingentes de prisio- 
neros que los vencedores se encar- 
garen de vender mas tarde a las 
empresas traficantes de carne hu- 
mana o a los capitanes de los bu- 
ques negreros, así llamadas las 
embarcaciones que se dedicaban a 
tan inhumano comercio. Y cuando 
no habían prisioneros de guerra, los 
caciques y aún los miembros de las 
Emilia'- de las víctimas elegidas no 
titubeaban en determinados casos 
pa*a enajenar bajo cualquier pre- 
texto y a cambio efe algunos cihi- 
r'mbo'cs de relumbrón pero siem- 
pre de escasísimo valor, algunos 
ejemplares de fus parientes, prefe- 
rentemente jóvenes de ambos sexos, 
perqué en pleno vigor de la Vida re- 


presentaban un mayor precio. 

Otras veces eran los gobernado- 
res europeos que representando en 
el Africa “la civilización” realiza^- 
ban los más pingües negocios, aso- 
ciándose a las compañías negreras 
y a los mercados próveedores, re- 
presentados elstos por los caciques 
indígeneas más poderosos. 

Y cuando no, eran los propios ca- 
pitanes que, operando por su exclu- 
siva cuenta, realizaban sus desem- 
barcos en cualquier punto de la cos- 
ta, para dedicarse a la caza de los 
pobres negros. 

Llenadas las bodegas de los bu- 
ques con los ! esclavos, eran estos 
atados por los pies con cadenas, 
para hacerlos así completamente 
inofensivos; y la nave buscaba en- 
tonces el horizonte de la nueva 
América, encerrando en sus ventru- 
dos e inmundos cascos, faltos de ai- 
re, de luz y de toda higiene, la for- 
tuna de un aventurero capitán mer- 
cante, la de un pirata, o el aumen- 
to del capital de toda, una impor- 
tante compañía portuguesa, ing’esa, 
francesa, española o italiana, que 
eran estas nacionalidades las que 
con mayores entusiasmos y mejores 
rendimientos se dedicaban a tan 
infamante ccmercio. 

Y así fueron transplantados des- 
de las exhuberantes selvas africanas 
a las incipientes poblaciones ameri- 
canas, en la mísera condición de 
“animales para la venta’”, reyes 
que perdieron el cetro entre el fre- 
nético griterío de los vencedores, 
princesas que fueron tomadas por 
sorpresa en el remanso de un río, 
cerca de la costa del Océano, por 
un astuto pirata; y pobres diablos 
que, por rivalidades, odios o ven- 
ganzas de caciques o de miembros 



— 10G — 


de sus propias familias, llegaron a 
convertirse para los mismos, en per- 
¿c-nas pocos gratas... 

Optaciones de compara venta 

Llegado el esc avo a poder de una 
persona, lo primero que ésta hacía 
era darle un nombre y¡ su apellido, 
pero no como un honor, ni tampoco 
como un acto de benevolencia para 
el infeliz, sino como 'de mayor ga- 
rantía de su propiedad. Las opera- 
ciones de compra venta de los des- 
dichados morenos Se garantizaban 
per medio de recibos en los cuales 
se consignaba el nombre del infeliz, 
si era sano o enfermo; y si el mis- 
mo llegaba a. tener algún defecto 
físico, tuerto, rengo o manco, por 
ejemplo, no escapaba tampoco la 
consignación de tal detalle. 

Algunos morenos obtuvieron su 
libertad antes de que Suárcra los li- 
bertara, por acto expontaneo de sus 
dueños, en recompensa de alguna 
noble acción o bien por disposicio- 
nes testamentarias; pero, general- 
mente, riño siempre, los libertos 
prefirieron continuar viviendo al la- 
do de las familias de sus amos. 

Un caso de estos, nos lo ofrece la 
esclava María Magallanes, adquiri- 
da por don Antonio Magallanes, pa- 
dre del general mismo apellido, mo- 
rena que no quiso nunca abandbnar 
a sus buenos amitos. 

Un docun^nto de\ compra 

He aquí el documento que justi- 
ficaba la propiedad de ésta imorena, 
que nos ha sido proporcionado por 
el general don Juan V. Magallanes, 
quien recuerda con cariño a la es- 
clava fallecida hace años en Sarandí 
del Yi, en casa de miembros de su 
familia, a la edad de setenta años y 
que fué durante toda su vida, un 
ejemplo de abnegación y de íeai- 
dad. 

“Río de Janeiro 11 de Octubre de 
1840. — íSeñor Don Saturnino Re- 
buelta. — Muy señor mío: — Por 
la goleta Oriental Aguila, remito a 
usted la negrita que usted me en- 
cargó le comparara aquí -se llama 
María nasión . congo de 12| a 13 años 
de edad cuyo importe lo he recibido 
que son quinientos pesos. 

iCon tal motivo saluda a usted su 
afto. y S. S. Adolfo Silva/» 


“Digo yo el abajo firmado que be 
vendido a don Antonio Magallanes, 
vecino de Pintado una negra de mi 
propiedad llamada María y que ex- 
presa el presente documento a enti- 
lo de Fresia y en la cantidad de 
quinientos pasos plata. — Montevi- 
deo Junio de 1842 Saturnino Re- 
buelta”. 

Como se vé, la negrita prometía 
porque por dos veces se dió por ella 
Ja cantidad de quinientos peses. Su 
conducta posterior, no desmintió ta- 
les presunciones. 



La esclava María Magallanes en sus 
últimas años de vidai, dedicó “a su 
amito Juan V. Magallanes”, esta: 
fotografía. 

Se crea la Junta de Sanidad 
Es fácil imaginar que viajes rea- 
lizados en las pésimas condiciones 
higiénicas, que ya hemos descripto 
y agravados más aún, por la enor- 
me demora de la travesía que se 
realizaba a la vela, navegación su- 



— 107 — 


jeta siempre a la voluntad de los 
vientos, tuvieran fatales consecuen- 
cias pana los esclavos, muchos de 
los cuales morían ‘antes de ver nue- 
vas tierras; y a los que no tocaba 
esa suerte, llegaban sino enfermos, 

— generalmente de sarna o viruela 

— en condiciones tales de .postra- 
ción, que daba lástima verlos. 

Este estado de ^osas determinó a 
las autoridades de Montevideo a 
crear la Junta de Sanidad que ve- 
nía a ser algo así como lo que es 
hoy el Consejo Nacional de Higiene, 
para que dispusiera entre otras me- 
didas, la obligatoriedad de prácti- 
cas inspecciones personales en el 
pasaje de las embarcaciones que nos 
llegaban en forma tan inescrupulo- 
sa 

M caserío de lcp negros . 

Y fué así como la (Compañía de 
Filipinas, una de las más fuertes en 
el comercio negrero construyó en 
el año 1798 una especie de depósi- 
to o lazareto, en donde hoy es la 
Playa Capurro, que con el correr de 
los años fué conocido con el nombre 
de “Caserío de los Negros’’. Otro 
depósito análogo se construyó a la 
altura del Arroyo Seco, lugar que 
por entonces ofrecía la característi- 
ca de que hubieran grandes méda- 
nos de arena, los cuales fueron des- 
apareciendo gradualmente a medi- 
da que la edificación exigía la con- 
tribución de ese material de cons- 
trucción . 

En esos caseríos quedaban los 
morenos reponiéndose del largo 
viaje, sometidos a un régimen dé 
baños de mar para la curación: de 
sus lacras y alimentados a base de 
•carne, hasta que, con aspecto ya de 
buena salud, eran ofrecidos a la 
vtnta, porque no era de darlos “por 
menos de nada, por deficiencias del 
engorde’’. 

Casos de insubordinación 

En el año 18(0)3 era tal el númerd 
de negros que, puede afirmarse, 
constituían la tercera parte de la 
población de Montevideo, empezan- 
do recién entonces a producirse al- 
gunos casos de insubordinación ha- 
cia sus amos, que tenían sobre ellos 
los mismos derechos que ahora pue- 
da tener cualquier mortal sobre un 


perro. Y a tal grado llegaron las 
insubordinaciones, que muchos mo- 
renos cansados de castigos y de pri- 
vaciones, huyeron al campo a hacer 
vida de matreros y no Sin que co- 
metieran en algunos casos desde su 
punto de arranque o sea desde el 
primer paso' de la escapatoria, algu- 
nas tropelías. La repetición de he- 
chos de tal naturaleza movieron al 
virrey a levantar una horca en ple- 
na plaza pública (la Matriz) como 
saludable mecida preventiva. 

Trabajos que realizaban 
Los hombres eran dedicados a 
los trabajos más rudos y tenían co- 
mo -única retribución, la, comida y 
los trajes viejos de los patrones; 
las morenas de edad, servían para 
cocineras o lavanderas; y para éste 
último cometido cargaban sobre sus 
cabezas los atados de ropa y 
la batea, para realizar el trabajo 
en La Estanzuela (hoy Parque Ro- 
dó), o bien en los pozos de la Agua- 
da. Las tareas del lavado debían 
darse por terminadas antes de Va 
puesta del sol, porque, después de 
disparado el cañonazo de la plaza, 
quedaban cerrados los portones de 
la ciudad, no ■ consintiéndose desde 
ese (momento, qjue 'absolutamente 
nadie entrara o saliera de ella. 

Otra tarea que se las encomen- 
daba a los morenos era la de ir en 
las horas de la noche hasta la costa 
a echar al río las materias fecales 
que se guardaban en las fincas du- 
rante ql día, en barriles, porque no 
había obras de saneamiento y por- 
que no en todas las casas también, 
habían pozos negros. 

El recado de l’aimifa 
Las morenitas más jóvenes, ha- 
cían las veces de mucamas y! niñe- 
ras y tenían a su cargo además de 
los surcidos de las ropas, cebar y 
“acarrear” mate, cuya tarea les ab- 
sorbía todo el día, porque todo el 
día la familia hacía uso y abuso de 
la bombilla. Estas mismas moreni- 
tas eran también las encargadas de 
“llevar los recados”, así llamadas 
las comisiones o mandados que les 
encargaban su amitas para las per- 
sonas de su relación y respecto a 
cuyos cometidos se dában previa- 
mente las respectivas lecciones, 



que, palabra más, o palaibra menos, 
pueden traducirse en las siguientes 
frases, si se trataba del envío de 
un presente: 

— iGü'enos días tengan vuesas 
mercedes. Manda decir l’amita que 
como están -por aquí, que por allá 
están giienos a Dios gracias; y que 
les manda este tr abajito de bordado 
hecho por ella para la señora ma- 
yor. Qué disculpen que no le «alió 
como ella lo deseaba y ustedes se 
la merecen, etc., etc. 

Señal de buena educación 

Todas las morenas salían a la 
calle con un rebozo, generalmente 
de 'lana, sobre las cabezas; y, era 
tenido como grave irrespetuosidaid, 
Si al ir a hablar con una persona de 
la razai blanca, no dejaban caer so- 
bre sus espaldas descubriendo el 
moterío, tal prenda de vestir. Ningu- 
na persona de color, tampoco, fuera 
del sexo y edad que fuera, se permi- 
tía el lujo de tomarse el lado de la 
pared, cuando andando por la calle 
se cruzaba con alguién que no fue- 
ra de su propia raza. MáS, todavía? 
reverente, haciendo toda clase de 
cumplidos y salutaciones, bajaba a 
la calzada como señal de respeto y 
acatamiento. 


Los domingos y días de fiesta, las 
esclavistas con sus vestidos de zara- 
zas floreadas acompañaban a sus 
patronas a la iglesia, llevando las 
sillas 1 y alfombritas piara sentarse y 
arrodillarse, ya qu,e por entonces los 
templos no contaban con: los bancos 
reclinatorios que se usan ahora. 

Arco iris de humanidad 

Producido el movimiento arti- 
guista, muchos esclavos acompaña- 
ron a sus amos o a los hijos de é&- 
tos en la patriada; y desde ese mo- 
mento dejaron de ser “objetos” pa- 
ra convertirse en soldados y en 
compañeros de glorias y desventu- 
ras de quienes habían sido sus se-- 
ñores. 

Por feliz declaratoria de la 
Asamblea de La Florida del 7 de 
Setiembre de 1825, se dió el primer 
paso hacia la liberación de los po- 
bres morenos, prohibiéndose el co- 
mercio de los mismos; y por ley del 
lí de Diciembre de l|8l42, dictada 
durante el gobierno del ilustre pa- 
tricio don Joaquín Suárez y gracias 
a su feliz inspiración, dejaron de 
haber esclavos en todo el territorio 
de la República. 






INDICE 


Pág. 


¡Aura si, alcáncenme una divisa 5 

Cementerios, velorios y; lutos . 6 

El naufragio del “América” . 10 

Las Bóvedas 12 

La Laguna 13 

Como surgió el Hospital Maciel 15 

Un guayaquá de Rivera ... 16 

Documentos de Navegación . . 20 

Las academias 21 

Origen de las divisas partidarias 26 

Metamorfosis del alumbrado pú- 
blico *28 

La manca Ciriaca 29 

De Sargento a Teniente .... 30 

Medio siglo atrás 31 

De todo un poco 36 

¿Es Vd. curioso? 38 

La víbora de la cruz 41 

Montevideo en gestación ... 44 

Del Montevideo antiguo .... 46 

La vieja Ciudadela 47 

Punta Carreta, trágica .... 47 

Orígenes del Cordón y La 

Aguada 48 

Paso del Molino 48 

Buceo 48 

Una silueta de Zabala 49 

El Fandango 49 

El rapé 50 

Los primeros jueces de campaña 50 

Grajea antigua 51 

La primera medalla conmemora- 
tiva . . . 51 

Psicología gaucha 52 

La historia de la imprenta en la 

América Española 63 


Pág. 


El 1er. faro del Río da la Plata 54 

La iglesia y los hombrea ... 56 

Carne y verduras 55 

Los blandengues 56 

Rincón de las Gallinas ... 68 

Con una centenaria 60 

La vacuna • . . . 66 

El primer barco construido en 

el país 66 

E¡1 faro del Cerro 66 

Un nuevo censo 67 

Telegrafía antigua 67 

Teatralerías 67 

La Capitanía del Puerto .... 68 

Hisitoria de una virgen .... 68 

La Masonería en el Uruguay . . 69 

La Masonería y la instrucción 

pública 73 

Buenos Aires y la muy fiel 

y reconquistad ora 75 

¡Gringos!! 77 

Amor de india 78 

Napoleón y nosotros 79 

Civilación y Barbare 80 

Con una casi centenaria ... 82 

Evolución del criollo 87 

Historia de la edificación en 

Montevideo 89 

Hojarasca 91 

Fantasmas y lobisonés .... 92 

Los batallones cuando paseaban 97 

Desde 1829 a 184.3 100 

ESI Cenrito de la Victoria . . . 101 

Desde los días de So lis hasta 

cien años atrás 103 

Los negros esclavos 105